52
Duran empezó a toser en Ostabat y en el puerto llevaba doce días tosiendo.
Era una tos seca de dos golpes, siempre igual, que le venía cuando se paraba y no cuando andaba. Por la noche era peor. Se le oía desde el otro lado del fuego, y cuando Guiraut le preguntaba, decía que era el polvo del camino.
Es un puerto largo y no es duro. Se sube por una loma pelada, sin bosque, con hierba corta y con piedras puestas de trecho en trecho para que se vea el camino cuando hay nieve.
Suben mulas, sube gente y suben rebaños.
Ese día iban por delante ocho o diez peregrinos y por detrás un arriero con cuatro bestias cargadas de sal.
A media subida hay una cruz de piedra y un hombre sentado al lado cobrando.
Cobra por bestia y por fardo, no por persona. A ellos no les cobró nada: los miró de arriba abajo, vio lo que llevaban y les hizo un gesto con la mano para que pasaran.
Duran se paró tres veces en la subida. La tercera se sentó en una piedra y estuvo un rato con las manos en las rodillas.
—¿Qué?
—Nada. Que voy a mi paso.
Arriba había viento y se veía todo.
Guiraut ya no veía todo. A esas alturas veía manchas: lo verde abajo, lo gris de la piedra, lo blanco del cielo, y las cosas grandes cuando estaban quietas. Las caras no. A diez pasos, un hombre era un bulto con una capa, y si el hombre hablaba, Guiraut sabía quién era por la voz.
Así que se lo hizo contar a Duran, que era lo que hacían desde julio.
Abajo, al sur, un valle ancho, con niebla en el fondo. Bosque, y más bosque, y al fondo unas sierras. Casas dispersas, de esas de tejado grande, cinco o seis a la vista, con humo en dos. Ninguna villa. Ninguna muralla. Ni una sola torre.
—¿Campanarios?
—Uno. Pequeño, allá abajo a la derecha, casi en la niebla.
—¿Y a la izquierda?
—A la izquierda no hay nada. Bosque hasta las sierras.
Guiraut estuvo un rato de cara al viento sin decir nada.
Ahí abajo no había nadie de los suyos.
Y esto no era una impresión: era una cuenta que él había hecho muchas veces y que sabía hacer, porque se había pasado veinte años yendo de casa en casa y sabía dónde había casas.
Al este de Tolosa, y bajando al Ariège, y de allí a Aragón, y de Aragón al condado y a Pallars y a Castellbò y a Berga, hay una cadena de sitios donde uno llama a una puerta y le abren y le dan de comer sin preguntar, porque hace cien años que se hace y porque la gente lo tiene por bueno. Esa cadena se acaba en Berga.
Al oeste de Berga no hay nada.
No es que los hayan echado: es que no llegaron nunca.
Nadie predicó allí. Nadie fue de dos en dos por esos valles.
Los que están abajo son cristianos de los de siempre, con su cura y su monasterio, y lo que sepan de los herejes del otro lado de las montañas lo sabrán por lo que les hayan contado, si es que les han contado algo.
Un hombre como él, ahí abajo, no es un perseguido. Es un forastero.
Bajaron por la ladera del sur y a la hora y media, en un rellano, vieron el humo grande.
—Es una casa muy grande —dijo Duran—. Con dos tejados y una iglesia. Y hay gente entrando.
Era la casa de los canónigos, la del puerto, la que el hermano del llano les había nombrado en julio: la del otro puerto, la de Roncesvalles, la que se apartó de los suyos hacía ciento y pico años y ahora tenía más tierras que ellos y más de todo.
Se veía desde el camino y el camino iba derecho a ella.
Allí, aquella noche, había cama, lumbre, caldo caliente y alguien que sabe de enfermos. Dan a todo el que llega. No preguntan de dónde vienes. Es lo que hacen y llevan haciéndolo desde antes de que ninguno de los dos naciera.
Duran se paró en mitad del camino.
—Yo entro.
—No.
—Guiraut, yo entro. Dos noches. Me tomo algo caliente y salimos el jueves.
—No.
—¿Por qué no?
Y Guiraut se lo dijo, y se lo dijo entero, porque el chico tenía derecho.
Que aquella no era la casa del llano, con un hermano y un cojo y once en la mesa.
Que aquella era la casa grande del camino, por donde pasan mil al año, con canónigos, con enfermería, con libro de entradas y con gente que lleva la vida entera viendo llegar a todo tipo de personas y sabiendo distinguirlas.
Que a un enfermo lo meten en la enfermería y lo tienen quince días, y a los quince días el que lo cuida ya sabe qué come y qué no come.
Que allí, tarde o temprano, alguien pregunta. Y que si preguntan, no pasa nada, y si vuelven a preguntar, tampoco, y a la tercera hay una carta a alguien.
Y que él, además, no podía entrar. Porque para entrar hay que hablar, y en cuanto él abriera la boca sería otra vez lo de Ostabat, y esta vez delante de gente que escribe.
—Entonces entro yo solo.
—Entonces entras tú solo, y yo te espero fuera, y a los quince días bajo yo a preguntar por ti y me ven a mí.
Duran se quedó callado un rato largo, con la tos parada, mirando el humo.
—Vale —dijo.
Rodearon la casa por arriba, por el monte, y les costó media jornada y una noche a la intemperie.
Bajaron al valle del este y estuvieron allí las tres semanas siguientes.
Duran trabajó lo que pudo: dos días en una era, uno cavando, uno acarreando leña.
Comieron ocho de veintiún días. Dormían en pajares cuando les dejaban y en el bosque cuando no.
La tos se le puso húmeda a principios de octubre y le empezó la fiebre por las tardes, primero un día sí y dos no, y luego todos.
El libro llevaba siete meses debajo de una camisa.
Guiraut lo sacaba cada dos o tres días, cuando había sol y no había gente, y lo abría de canto encima de una piedra y lo dejaba un rato. Lo hacía a ciegas, con las manos, porque leerlo ya no lo leía: le pasaba el pulgar por el corte para separar las hojas y notaba lo que había que notar.
Y lo que había que notar iba a peor. El cuero de la tapa se había cuarteado por el lomo y había perdido dos tiras del cosido, y las hojas de los cuadernillos de fuera estaban onduladas y duras por los cantos de haber cogido humedad y haberse secado encima de un cuerpo, muchas veces.
Dos se habían pegado por la esquina de abajo.
No las separó, porque separarlas a ciegas es romperlas.
Un libro es una cosa que dura setecientos años si está en un arca y en una casa con techo. Fuera, con lluvia, con sudor y con hielo, dura lo que dura un par de botas.
Y en el valle empezaron a mirarlos.
Dos forasteros que se quedan tres semanas y no van a ninguna parte no son dos peregrinos. Una mujer les preguntó, con las manos y con dos palabras, si iban a Santiago, y señaló el oeste. Duran dijo que sí. Ella se rio y señaló otra vez el oeste, porque el oeste estaba detrás de ellos.
El 19 o el 20 de octubre, en un pajar, Duran se lo dijo.
—Aquí abajo no podemos pasar el invierno.
—No.
—Arriba sí. En estos montes hay chozas de pastores por todas partes, y hay cuevas, y en invierno no sube nadie porque no hay nada que hacer. Con leña y con algo de comer, se pasa.
—¿Tú puedes subir?
—Yo puedo subir.
Subieron el 22 de octubre por la mañana, hacia el hayedo grande del este, con media hogaza, un puñado de habas, la yesca de Poitevin, la capa de Hugon, un libro y una tos.