El Evangelio de las Cenizas 51
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El lunes se levantó a las siete, se hizo café, apartó los platos del desayuno de Bea y montó la mesa del salón con las tres cosas que había apuntado en mayo en el reverso de un papel de embalar.

La primera decía: el uso real de gazarii en los procesos alpinos, no lo que dicen de él los manuales .

Tardó dos días.

Lo hizo como se hace: una tabla. Seis columnas. Lugar, año, tipo de documento, quién lo escribe, en qué lengua, y la palabra exacta con su contexto. Nada de resúmenes: la palabra dentro de su frase, copiada.

Fue reuniendo entradas de las ediciones que tenía en el ordenador y de las tres que le mandó por correo, en dos horas y sin preguntar para qué, una compañera de Lausana a la que no escribía desde hacía cuatro años.

Al final del lunes tenía veintitrés entradas. El martes a mediodía, cuarenta y una.

Y las cuarenta y una decían lo mismo.

Aquella palabra — gazarii , y sus primos gazari , gazares , gaziers — aparece en los Alpes occidentales entre 1420 y 1450 aplicada a gente acusada de volar de noche, adorar a un demonio en forma de animal y matar niños. Es decir: a brujas.

Y aparece siempre en la misma clase de papel. Actas de tribunales de inquisición, tratados escritos por inquisidores, y cartas entre inquisidores. En latín. Nunca en un documento notarial. Nunca en un testamento. Nunca en una carta privada. Nunca en romance.

La entrada número diecinueve la copió entera y la dejó arriba de la tabla, porque era la que mejor lo enseñaba: un acta de un valle alpino, de 1438, en la que el notario del tribunal escribe, con toda naturalidad y sin explicar nada a nadie,

…contra quosdam gazaros, qui de nocte ad synagogam vadunt…

y a continuación, en la línea siguiente, recoge lo que declara una mujer de cuarenta años en su lengua, traducido al latín por el mismo notario, y en lo que declara la mujer no hay ni una palabra de secta, ni de obispo, ni de doctrina: hay un animal, un prado, un ungüento y una vecina.

El nombre lo pone el que escribe arriba. La mujer no lo ha dicho.

Nunca la usa un vecino.

Eso, la primera vez que lo vio, lo anotó y siguió. La segunda vez que lo vio, en la columna de en qué lengua, con cuarenta y una filas todas iguales, se levantó y se puso a andar por el salón de Bea.

Porque una palabra que sobrevive en la gente sobrevive en la boca de la gente, y deja rastro en los sitios donde la gente escribe sin querer: en un pleito de pastos, en un insulto recogido en una denuncia, en un apodo.

Y una palabra que sobrevive en una oficina sobrevive en los papeles de la oficina.

Aquella estaba solo en los papeles de la oficina.

El martes por la tarde hizo la comprobación que le faltaba, que era la geográfica, y esa la hizo con un mapa y con un lápiz.

Marcó los lugares donde el tribunal usa la palabra para las brujas. Marcó, en otro color, los lugares donde consta que hubo comunidades de buenos hombres en los siglos XII y XIII.

Los dos mapas no se parecen.

Hay sitios con la palabra y sin la menor noticia de que allí hubiera habido nunca nada: valles altos, de pastores, sin ciudad, sin comercio, donde no consta un solo predicador ni una sola casa ni un solo proceso anterior.

Y hay comarcas enteras que estuvieron llenas de aquella gente en 1250 y donde en 1430 nadie llama gazarii a nadie.

La palabra no siguió a la gente. Siguió a los libros de los que preguntaban.

Y ahí se le cayó, y se le cayó entera y de golpe, porque en cuanto se ve el mecanismo se ve también lo que hay dentro.

Un inquisidor del Piamonte en 1430 tiene en su casa dos o tres tratados del siglo XIII sobre los herejes de Lombardía, porque son los manuales de su oficio y son lo que hay.

En esos tratados, a los herejes se les llama gazari .

Cuando a ese hombre le llega un asunto nuevo —unas mujeres de un valle que confiesan cosas de noche—, tiene que ponerle un nombre, y le pone el nombre que tiene a mano, que es el de la herejía organizada de la que hablan sus libros.

Y a partir de ahí lo escribe así en el acta, y el siguiente lo copia del acta, y en veinte años la palabra es de uso en el oficio.

Ella había leído esa palabra en un tratado alpino en su primer año y había pensado: si los siguen llamando así en 1430, es que en 1430 quedaba algo .

Y lo que había en 1430 no era una supervivencia. Era un archivador.

Se sentó y escribió lo que quedaba, que fue lo más fácil de todo.

Que del último perfecto conocido a la primera denuncia del valle hay doscientos ochenta y siete años sin un solo papel, en una zona con dos inquisiciones trabajando y con visitas pastorales cada década.

Que toda la geografía de los refugios documentados va hacia el este, hacia Lombardía, hacia el Pallars y hacia Berga, porque hacia allí era donde había iglesia, y que hacia el oeste no hay nada de eso y nunca lo hubo.

Y que el estereotipo que confiesan los de Zugarramurdi en 1610 —el aquelarre, el sapo, el macho cabrío, el ungüento— no viene de ninguna montaña: viene de la costa de al lado, importado dos años antes por un magistrado francés con poderes especiales, y viene con el cuestionario impreso.

Cerró el ordenador a las once y media de la noche del martes.

Después sacó la caja de zapatos, que la había traído desde Toulouse en la maleta, y la vació encima de la mesa para hacer tres montones.

En el primero, lo que se salvaba: los catorce nombres, las cotas, las transcripciones de las deposiciones del XIII, la línea del notario de 1256. Ocho fichas y cuatro carpetas. Es un artículo bueno y es de ella.

En el segundo, lo que no se salvaba pero había que guardar: el esquema de papel de embalar, la hoja de las dos columnas, la fórmula del pan, el memorial del concejo de 1611 leído del revés. Eso no se tira, porque es la prueba de por dónde se equivocó y algún día alguien le va a preguntar.

Y en el tercero, dos cosas: la nota de 2024 y la respuesta que escribió en marzo de 2024 y no mandó, grapada detrás de la reseña.

La respuesta la leyó entera por primera vez en dos años. Tres folios. En el segundo preguntaba, con retórica, si el reseñista había leído los documentos o solo el resumen.

La rompió en cuatro, la tiró, y la reseña la volvió a meter en la carpeta.

Bea entró a las doce menos cuarto, con el mono de trabajo en la mano.

—¿Y esa cara?

—Es que se me ha caído una cosa.

—¿Grande?

—Tres años.

Bea dejó el mono en la silla, se sentó en el brazo del sofá y estuvo un momento sin decir nada.

—¿Y era tuya?

—¿El qué?

—La cosa que se te ha caído. Que si era tuya o de otro.

—Era mía.

—Ah, bueno —dijo Bea—. Entonces la has tirado tú y la puedes recoger tú. Anda, ven a cenar algo.

El miércoles por la mañana, Inés escribió dos correos.

El primero, a la revista de Iruña, para decir que el texto de septiembre lo iba a mandar igual pero que iba a ser otro texto, y que si les servía uno de tres mil caracteres explicando por qué la continuidad no se sostiene.

El segundo, a la técnica del Archivo General, pidiéndole los legajos 3, 7 y 9 para su próximo viaje, si todavía era posible, y dándole las gracias por habérselos señalado en mayo.