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En Logroño, el sitio donde ardieron está debajo de un aparcamiento y de una calle con dos bancos y una farmacia.
Se quedó los doce minutos porque le pareció que había que quedarse, y después se fue a comer un pincho de tortilla y se sintió idiota.
A Zugarramurdi subió el sábado por la mañana.
Es un pueblo de doscientos y pico habitantes con una cueva grande al lado, y la cueva es de verdad una cueva grande, con un arco por el que pasa un arroyo y por el que cabría una iglesia.
Había cuarenta o cincuenta personas aquel día.
Un grupo escolar de Baiona. Dos parejas mayores.
Un hombre haciendo fotografías con un trípode.
En el museo del pueblo, que está en el antiguo hospital, la explicación está bien puesta: las paredes cuentan el proceso, y lo cuentan como lo cuenta la historiografía seria, que es como un desastre judicial y no como un aquelarre.
Y allí conoció a Maite.
Llevaba el centro de documentación del valle, tenía cincuenta y tantos años, y llevaba treinta trabajando sobre aquellos legajos.
Le había escrito Inés en mayo, y ella le había contestado con dos folios y con una bibliografía, y con la frase que las citaba: cuando venga, avíseme y le enseño lo que tengo, que es poco pero está ordenado .
Estuvieron cuatro horas y media, y las cuatro horas y media fueron una pelea educadísima.
Empezó bien. Inés le contó lo de los fugados hacia el oeste, y Maite escuchó con interés de verdad y le pidió las cotas y las apuntó.
Le contó lo de la fórmula del pan y Maite dijo que eso ya se lo habían discutido y que la reseña tenía razón, y lo dijo sin ninguna maldad, como quien devuelve una herramienta.
Y luego, cuando Inés llegó a la continuidad, Maite puso las dos manos encima de la mesa.
—A ver. Yo te voy a contar cómo empieza esto, que es lo que llevo treinta años mirando, y tú me dices dónde metes tu cadena.
Y se lo contó por orden.
Que en 1608 vuelve al valle una chica que ha estado sirviendo al otro lado, en la costa labortana, donde ya se acusaban unos a otros y donde al año siguiente pasa lo que pasa: un juez del rey de Francia, con poderes especiales, que en unos meses levanta una causa enorme contra la brujería y deja la comarca en una histeria de la que se hablaba en las dos vertientes.
Que esa chica cuenta cosas. Que una vecina la denuncia. Que empiezan las confesiones en el pueblo, antes de que llegue la Inquisición, en asamblea de vecinos, con reconciliaciones públicas y con gente pidiéndose perdón en la iglesia.
Que cuando el tribunal se mete, se mete con su cuestionario. Y ese cuestionario, que está impreso y se conserva, pregunta por el aquelarre, por el sapo, por el macho cabrío, por el ungüento y por el vuelo.
—Y la gente contesta lo que se le pregunta —dijo Maite—.
Sobre todo los críos. De los mil ochocientos y pico que se acogieron después al edicto de gracia, más de mil trescientos eran niños de catorce años para abajo.
Mil trescientos. Y todos describen el aquelarre, y todos lo describen parecido, y por eso parece una secta.
—O porque lo era.
—O porque el que pregunta lleva el molde en el bolsillo.
Inés aguantó y sacó lo suyo: lo de la carne, la costumbre antigua de no comer carne en ciertas noches, el memorial del concejo de 1611.
Maite se levantó, buscó en un archivador y le puso delante una fotocopia.
—Eso lo dice ese concejo en un memorial contra un comisario, para acusarlo de haber destrozado el pueblo. Es un documento de parte y está diciendo: aquí no había nada raro, aquí lo que había eran costumbres viejas de ayuno. Es su defensa, Inés. Lo estás leyendo del revés.
Y era verdad, y a Inés le costó cuatro segundos verlo, y en esos cuatro segundos no dijo nada.
—Y ahora te digo lo otro —dijo Maite, ya con las tazas puestas—, porque si no te vas de aquí pensando que te he despachado.
Lo de los catorce nombres le parecía bueno.
Le parecía, dicho literalmente, «lo mejor que me han traído en diez años», y no por la teoría: por el material.
Nadie había hecho la lista de los que tiraron al oeste después del 44.
Nadie. Los que trabajan aquellos registros trabajan de Tolosa hacia el este, porque hacia el este es donde está la documentación, y hacia el oeste no hay nada y por eso nadie mira.
—Ahí tienes un trabajo de verdad —dijo—. Catorce hombres, cinco de los cuales no vuelven, y una frase de un notario que dice ultra montes versus occidentem . Eso es un artículo, y es un artículo que puedes defender en cualquier sitio, y es tuyo.
—Y no llega a 1610.
—No llega a 1610 ni de lejos. Pero es que 1610 ya lo tenemos, Inés. Aquí lo que falta no es explicar de dónde vinieron las brujas: es que a la gente de este valle le devuelvan las trescientas páginas donde consta que confesaron por miedo. Yo llevo treinta años en eso y por eso me pongo pesada.
Después Maite se ablandó del todo, hizo más café y estuvieron un rato hablando de otras cosas: de los turistas, de que en el pueblo hay opiniones sobre el museo, de que a las víctimas del proceso no se les puso un nombre en una lápida hasta hace muy poco.
Y al final le enseñó lo que le quería enseñar desde el principio, que era por lo que la había hecho venir.
—¿Has leído el memorial de Salazar entero?
—He leído las partes que se citan.
—Léelo entero. Aquí tengo la edición.
Se lo puso delante, abierto, con dos señales de papel.
Alonso de Salazar y Frías, el tercer inquisidor de aquel tribunal, el único de los tres que en el auto de 1610 votó en contra.
El hombre al que después mandaron al valle con el edicto de gracia, de mayo del 11 a enero del 12, ocho meses andando de pueblo en pueblo, tomando declaración a mil ochocientas y pico personas.
El que volvió con once mil folios y con las cuentas hechas.
El que fue a mirar los sitios donde decían que se habían untado, y las cuevas, y los frascos.
Inés lo leyó de pie, apoyada en la mesa alta del centro, sin sentarse, y tardó cuarenta minutos.
Está todo. Está que los untos que le entregaron eran, analizados, agua sucia y hollín.
Está que interrogó por separado a los que decían haber estado juntos y no coincidían en nada comprobable.
Está que los que se acusaban a sí mismos de haber matado niños señalaban niños que estaban vivos.
Está la aritmética fría de un hombre que ha ido a mirar.
Y está, en el memorial que firmó el 24 de marzo de 1612, esta frase:
«No hubo brujas ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos.»
Inés la leyó, siguió leyendo dos páginas más, y volvió a ella.
Maite estaba al otro lado de la mesa, fregando dos tazas en la pila del rincón, de espaldas.
—Está bien, ¿eh —dijo, sin volverse.
—Está muy bien.
Salió a las siete y media. Hacía todavía sol y el aparcamiento del museo estaba lleno.
Se sentó en el coche y no arrancó. Sacó del bolso el cuaderno, lo abrió por donde tenía la hoja doblada de las dos columnas —la fórmula del pan de 1595 y la del ritual del XIII, escritas una al lado de otra con su letra—, y la estuvo mirando un rato con el motor apagado y las ventanillas subidas.
Luego la volvió a doblar, la metió en el cuaderno, arrancó y bajó al valle.