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En el tren hasta Hendaya hizo la lista de lo que ya no podía hacer.
No podía firmar un informe pericial sobre la letra de su abuelo.
No podía firmar tampoco, con dos dedos de honradez, ninguna cosa que tocara la Fundación Sarradour, porque el parentesco alcanzaba a todo aquello.
No podía pedir un análisis físico del folio, porque para pedirlo hacía falta un proyecto y una institución, y su institución acababa de aprender que ella era nieta de quien era.
No podía llamar a Nanterre a preguntar cómo iba, porque ya no era nadie en ese expediente.
Lo que sí podía hacer, y lo podía hacer sola, y no había en el mundo cuatro personas que lo hicieran mejor, era leer procesos.
La semana la había armado en tres tardes de mayo, y la había armado bien.
Escribió a cuatro sitios. Al Archivo General de Navarra, al diocesano de Pamplona, al Archivo Histórico Nacional para lo de la Inquisición, y a un archivo municipal del valle.
Del Archivo Histórico Nacional y del municipal del valle le contestaron lo que ya sabía y lo que no le servía.
Del diocesano le contestó un canónigo con una lista de tres series y una frase que le hizo sentarse: entre las visitas pastorales de 1611 y 1613 hay dos referencias a conventículos en la zona que quizá le interesen.
Y del Archivo General le contestó una técnica con una lista de once legajos de tribunales reales, ordenados por materia, con una nota profesional al final: le señalo también, por si acaso, los legajos 3, 7 y 9, que son de procesos por sortilegios de la misma comarca y de fechas próximas, y que suelen consultarse juntos.
Inés leyó los cuatro correos el mismo día.
El del diocesano lo contestó en veinte minutos, pidiendo cita para el miércoles y el jueves.
El del Archivo General lo contestó al día siguiente, pidiendo los legajos 1, 2, 4, 5 y 11, que eran los de la comarca y los de las fechas que a ella le interesaban, y no pidió el 3, ni el 7, ni el 9, y no contestó a esa parte del correo.
Durmió en casa de Bea, que era lo natural y lo que las dos dieron por hecho sin hablarlo.
El primer día estuvo bien. Cenaron, contaron cosas, Bea le enseñó un vídeo de un potro recién nacido intentando levantarse en un prado y lo vieron tres veces.
El segundo día Bea salió a las siete menos cuarto y volvió a las nueve y media de la noche, y encontró a Inés en la mesa del salón con el ordenador, dos libretas y una taza de la mañana.
—¿Has comido?
—He picado.
—Eso no es haber comido.
Bea se hizo unos huevos, se sentó enfrente y estuvo un rato mirándola trabajar.
—Oye. ¿Tú estás aquí doce días?
—Doce.
—Y de los doce, ¿cuántos son de esto?
Inés levantó la cabeza.
—Nueve. Y al final de todo tengo lo del poder de mi madre.
—Vale —dijo Bea, y no lo dijo mal, y eso fue lo peor—. Te lo pregunto para organizarme yo, que si no me pido días y luego estás.
En el Archivo General estuvo el martes y el miércoles por la mañana.
Los cinco legajos eran lo que son esas cosas: pleitos, denuncias, testificales, cuadernos cosidos con hilo, letra procesal de las malas, y dentro de cada uno, doscientos folios de nada y tres de algo.
Sacó dos.
El primero, de 1595, de un tribunal real, contra dos mujeres de un lugar del valle por sortilegios, y dentro, en la declaración de un testigo, una fórmula de bendición del pan que ella copió entera y que era, palabra por palabra, la que había defendido en su nota de 2024.
El segundo, de 1611, un memorial de agravios de un concejo contra un comisario, en el que se dice, de pasada y para otra cosa, que en aquellas casas «había costumbre antigua de no comer carne en ciertas noches».
Los transcribió los dos, con su cota, su folio y su fecha, y a la segunda transcripción le empezaron a temblar un poco las manos, que es lo que pasa cuando uno está contento.
La fórmula del pan la copió tres veces: una diplomática, con las abreviaturas sin desarrollar y las grafías tal cual; otra normalizada; y la tercera en una hoja aparte, a lápiz, al lado de la fórmula occitana del ritual del XIII, escritas las dos en columnas, para verlas juntas.
Puestas en columnas se parecen mucho. Y llevaba tres años sabiendo por qué se parecen mucho, y lo tenía escrito en la carpeta de gomas, en la reseña de 2024, en dos líneas que se sabía de memoria: porque las dos vienen del mismo sitio, que es el Evangelio, y porque en Europa hay ocho o diez tradiciones de bendecir el pan y todas se parecen a esas dos.
Dobló la hoja de las columnas y la metió en el cuaderno de todas formas.
El miércoles por la tarde, en casa, se puso con el texto de la revista de Iruña, que eran seis mil caracteres y que llevaba prometido desde enero.
Se le fue la tarde en el primer párrafo, y se le fue en una cosa que a un lector no le parecería nada: los números.
Del auto de fe de Logroño de noviembre de 1610 se pueden dar varias cifras y todas son verdad.
Que salieron cincuenta y tres reos. Que de esos cincuenta y tres, veintinueve lo eran por brujería y los demás por judaizantes, luteranos y otras cosas.
Que de los veintinueve, once fueron relajados: seis quemados en persona y cinco en estatua, porque se habían muerto en la cárcel esperando.
Escribió el párrafo cinco veces.
En la primera versión abría con los cincuenta y tres, y el efecto era un auto de fe grande y un asunto de muchas materias.
En la quinta abría con los once y con los seis, y el efecto era una comarca en la que ardió gente.
Dejó la quinta. Los cincuenta y tres los puso en una nota al pie.
El jueves, en el diocesano, el canónigo le sacó las dos visitas pastorales, y las dos referencias a conventículos eran dos referencias a conventículos, y una de ellas estaba a nueve kilómetros de Zugarramurdi.
El viernes por la mañana, antes de coger el coche para Logroño, hizo la maleta de trabajo, y en ella metió la carpeta de gomas de Albi, que la llevaba a todas partes desde marzo sin ninguna razón.
Y en el correo, sin abrir desde el lunes, seguía el mensaje de la técnica del Archivo General preguntándole si quería que le dejaran preparados para el lunes siguiente los legajos 3, 7 y 9, que ella había mencionado por si acaso.
Inés lo leyó de pie, con las llaves del coche en la mano, y contestó que muchas gracias, que de momento no, que iba muy justa de días.