El Evangelio de las Cenizas 48
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El artículo lo escribió en la mesa de la cocina, porque en aquella casa el despacho lo tenía la niña a la hora de la siesta.

Salió en el número del segundo semestre del boletín de una sociedad de estudios del departamento.

Tirada, cuatrocientos ejemplares. Suscriptores de verdad, ciento cuarenta, de los cuales unos ochenta eran bibliotecas de intercambio y el resto notarios jubilados, curas y dos o tres profesores. Doce páginas.

Se titulaba Sur un passage obscur d'une déposition languedocienne du XIIIe siècle .

Empezaba con dos páginas de contexto que no le hacían falta a nadie y que él puso a propósito, porque un artículo que va directo al grano llama la atención y un artículo que empieza aburriendo se lee entero solo si interesa.

Después venía el documento, con su fecha, su folio y su lugar en el volumen, descrito con la sequedad que se usa para estas cosas: cláusula «Item dixit…» añadida al pie de la deposición de un tejedor de Laurac recibida el 4 de mayo, en el blanco que el copista dejó antes de la deposición siguiente.

Y a continuación, en cuerpo menor y sangrado, las siete líneas, transcritas enteras, con las abreviaturas desarrolladas entre paréntesis y con dos notas al pie sobre la puntuación.

Item dixit quod audivit dictos hereticos legentes in quodam libro…

Y el nombre, en la sexta línea, tal como estaba en el folio.

Las tres páginas siguientes eran el comentario, y en el comentario está todo lo que hizo aquel hombre, que fue no decir.

Estableció, con cuatro citas, que la doctrina del pasaje —el hacedor del mundo que se proclama único y la refutación por el celo— está bien documentada en el Mediodía y no tiene nada de extraordinario.

Señaló, con dos citas más, que el nombre propio del hacedor del mundo sí es extraordinario, porque no aparece en la literatura occitana ni en la polémica antiherética latina de la región.

Dijo que la forma del nombre presenta una particularidad gráfica que conviene no corregir.

Recordó que el nombre, en cambio, es conocido de la patrística antigua y está impreso desde el siglo XVI, y que por tanto la vía erudita no puede excluirse.

Y concluyó, en la última página, con una frase que le costó cuatro días:

No estando en condiciones de identificar la obra a la que remite el deponente, y en ausencia del original medieval del registro, nos limitamos a señalar el pasaje a la atención de quienes trabajan sobre la transmisión de los apócrifos dualistas, y a describirlo, provisionalmente, como cita de un apócrifo dualista no identificado.

En doce páginas no aparece la palabra Egipto.

No aparece ni una sola vez, ni en el texto, ni en las notas, ni en la bibliografía, y eso fue lo que más trabajo le dio: cortó dos párrafos buenos, quitó una nota que le gustaba y sustituyó tres adjetivos, hasta dejarlo de manera que un lector avisado tuviera que dar el paso él solo.

Los dos párrafos que cortó decían esto, y los había escrito porque eran verdad.

El primero observaba que la refutación por el celo no está en la patrística latina accesible y que sí se documenta, en cambio, en literatura oriental de la que últimamente se hablaba mucho y se leía poco.

El segundo se preguntaba, en condicional y con dos interrogaciones, qué habría que concluir si un día apareciera un testimonio antiguo de esa familia en el que los tres elementos —bravata, refutación y nombres— se dieran en ese mismo orden.

Los cortó los dos el mismo día, con lápiz rojo, y luego rompió la cuartilla en cuatro y la tiró.

Porque el paso era de un palmo.

Cualquiera que hubiera tenido delante los papeles del Alto Egipto y esas siete líneas el mismo día lo daba en cuatro minutos.

Y él estaba convencido —lo pensaba de verdad, no era una excusa— de que alguien iba a tenerlos delante los dos el mismo día antes de cinco años, y de que entonces habría una nota, y luego una discusión, y luego un congreso, y de que en algún momento de esa discusión alguien diría: esto ya lo señaló Sarremejane en el 54 .

Las pruebas de imprenta le llegaron en junio y las corrigió tres veces.

La tercera la hizo con una regla, línea a línea, comparando la transcripción impresa con su propia copia, letra por letra y signo por signo, y tardó una hora y media en siete líneas.

Encontró dos erratas. Una era una coma. La otra era una i larga donde iba una breve, en una palabra que no importaba nada, y escribió al secretario de la sociedad una carta pidiendo que se corrigiera, y el secretario la corrigió, y le contestó que había pocos autores tan escrupulosos.

Le mandó separatas a diecinueve personas.

Entre ellas, a dos de París, a uno de Burdeos, a uno de Lieja, a tres colegas de aquí, al director de la institución de Pamplona, a don Fermín, a un cura de Foix que le pedía todo lo que publicaba, y a Aimé Combelles, en los archivos del Tarn, que se las agradecía siempre con una postal de dos líneas.

Contestaron nueve. Ocho dieron las gracias. Uno, el de Lieja, escribió una carta de tres párrafos elogiando la transcripción y preguntándole por otra cosa que había en la nota 14.

Y de las siete líneas, nadie dijo nada.

Aquel verano hizo la cuenta de por qué, y la hizo sin ninguna amargura.

Uno: de lo del Alto Egipto no había publicado nadie nada.

Se sabía que existía —lo había en los periódicos desde el 48—, se sabía que estaba repartido, se sabía que había planchas fotográficas prometidas y anunciadas.

Pero un hombre que quisiera leer aquellos textos en 1954, sentado en una biblioteca de Europa, no podía.

No existía el libro. Se hablaba de cosas que nadie había visto.

Dos: lo de allí abajo se había cerrado. Primero la ley del 51, que apretó lo que se podía tener y lo que se podía sacar, y que dejó a los que compraban con papeles esperando permisos que ya no llegaban.

Y luego, en el 52, la revolución, y con la revolución un gobierno nuevo con otras urgencias y con la idea, muy razonable, de que lo que sale del suelo del país es del país.

Lo que estaba dentro se quedó dentro y pasó a manos del Estado, y a partir de ahí todo lo que hubiera que hacer con aquellos papeles se iba a hacer despacio y por conducto oficial.

Y tres, que era el bueno: los que leen copto no leen deposiciones occitanas.

No es que no puedan. Es que no hay ninguna razón para hacerlo.

Un hombre que ha dedicado la vida al copto trabaja con material de Egipto, publica en revistas de orientalismo y va a congresos de orientalismo, y no abre en su vida un boletín de una sociedad de estudios del suroeste de Francia con una tirada de cuatrocientos ejemplares.

Y al revés: los seis o siete que en Europa se sabían de memoria esos registros eran gente de aquí, de archivo, y para ellos el nombre de la sexta línea no era una pista, era una rareza gráfica.

Aquello no era un escondite. Estaba impreso, con su signatura y su folio, en una biblioteca de intercambio de ochenta ciudades. Estaba a la vista.

Y hubo una cuarta cosa aquel año, y esa la siguió en la prensa como se sigue una enfermedad de la familia.

Se hablaba de un procedimiento nuevo para fechar cosas viejas, americano, del que se había empezado a hablar hacía cinco años y que ya se había usado, con mucho ruido, en la tela que envolvía unos rollos del desierto de Judea. Medían no sabía qué en la materia orgánica y de ahí sacaban un siglo.

Estuvo dos semanas nervioso y después leyó lo suficiente para tranquilizarse.

Fechaban la tela. Fechaban el lino, o el papiro, o la madera.

Es decir: fechaban el soporte, la planta que se cortó, el animal que se mató.

No fechaban lo que hay escrito encima, porque lo escrito no es materia orgánica que muriera en una fecha: es una capa de sales de hierro y goma puesta después, y ese después puede ser un año o pueden ser seis siglos.

De manera que aquel procedimiento, aplicado a un volumen de París, diría con toda solemnidad que el papel es del siglo XVII.

Y era del siglo XVII.

En noviembre le llegó el ejemplar de autor, encuadernado en rústica azul, y lo puso en el estante de los suyos, entre el del 47 y el del 51, y Marcelle lo cogió aquella noche y lo estuvo hojeando en la cocina mientras se enfriaba la sopa.

—¿Esto es lo de Pamplona?

—Esto es una cosa pequeña.

—Aquí hay latín.

—Ahí hay una deposición del XIII.

Marcelle lo cerró, lo dejó encima del aparador y siguió con la sopa, y la niña vino a enseñarle una cuchara.