El Evangelio de las Cenizas 47
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Lo que se pierde no se pierde entero. Queda la forma del hueco, y la forma del hueco es también noticia. Por eso el que copia no miente cuando completa: pone piedra donde había piedra. Solo miente quien dice que no falta nada.

La llamó un jueves a las ocho y media de la mañana y le dijo que si podía estar en Nanterre el viernes.

—¿Para qué?

—Para una firma.

—Puedo mandarle una opinión por correo si me manda una imagen.

—Prefiero que lo vea con el papel delante —dijo Cazenave—. Y hay una parte que no le puedo mandar por correo.

En el despacho había, encima de la mesa, una carpeta nueva con una etiqueta impresa, y al lado, la carpeta vieja de siempre.

—Nos lo han dado ellos —dijo—. El martes.

Por correo certificado, con una carta de dos páginas de maître Rieutord en la que dice que la Fundación colabora con la investigación desde el primer día y que aporta espontáneamente la documentación de procedencia de las dos piezas reclamadas, en aras de la transparencia y para evitar que se difundan versiones inexactas.

—¿Después de dos años?

—Después de dos años y a cinco meses de la vista. Es lo que yo haría en su lugar y es lo que hace un buen abogado. —Puso la mano encima de la carpeta y no la abrió—. Ahora escúcheme un minuto, porque quiero que sepa exactamente qué es lo que va a mirar.

Se lo explicó de pie, sin dramatizar nada, con las dos manos en el respaldo de la silla.

En un pleito de restitución no se discute quién robó: eso está fuera de plazo y está fuera del alcance de cualquiera.

Lo que se discute es si el que tiene la cosa hoy podía o no podía saber de dónde venía.

La Fundación sostiene que sus piezas entraron en 1948 con una procedencia declarada anterior a la guerra, y que esa declaración estaba respaldada por dictámenes de peritos independientes.

Si los dictámenes son buenos —si existen, si están firmados, si el que los firmó era alguien— entonces la Fundación es una institución que compró de buena fe hace setenta y ocho años y no se le puede tocar.

Si los dictámenes no valen, se cae la buena fe, y con la buena fe se cae todo.

—Es decir —dijo Inés—, que ese papel es su escudo.

—Ese papel es su título. Y por eso lo han guardado setenta y ocho años y por eso me lo mandan ahora.

Abrió la carpeta.

Eran dos certificados, cada uno en su funda.

El segundo era de una tabla que a ella no le decía nada.

El primero era un pliego doble con membrete de una notaría de Foix, escrito a mano por las dos caras de la primera hoja, con la tinta pasada a marrón y el papel bien conservado, con dos dobleces antiguos y una marca de clip oxidada en la esquina.

Fechado el 3 de octubre de 1946.

Los dos primeros párrafos eran una descripción técnica de una tabla flamenca pequeña: soporte de roble, medidas, marca de gremio, estado de conservación, repintes en el manto, barniz del XIX, y una atribución prudente a un obrador de Amberes del primer tercio del XVI.

Estaba muy bien escrito. Era exactamente lo que hoy escribiría un buen técnico, con ochenta años de antigüedad y sin una palabra de más.

El tercer párrafo tenía tres líneas.

El abajo firmante declara haber examinado la presente tabla en el año 1937, en colección particular del departamento del Ariège, y haberla vuelto a examinar en el día de la fecha, siendo la misma pieza.

Y debajo, la firma.

Inés se quedó mirando aquello el tiempo que se tarda en leerlo cuatro veces.

—Lo que necesito de usted es esto —dijo Cazenave, que seguía de pie—. Uno: si el documento es de la época o es de anteayer. Dos: si la firma es de quien dice ser. Y tres, si puede: si el texto y la firma son de la misma mano y del mismo momento.

—Lo primero se lo digo ya. El papel es de la época y la tinta también. Esto no se ha hecho anteayer: una tinta ferrogálica tarda décadas en pasar a este tono y no hay manera de acelerarlo que no se vea en el borde del trazo.

—Bien.

—Lo tercero también, y es que sí: mismo instrumento, misma carga, mismo ritmo. Esto se escribió de una sentada, incluida la firma.

—Y lo segundo.

Inés abrió el bolso y sacó una carpeta de gomas.

Puso encima de la mesa, al lado del certificado, las fotocopias de cinco cartas del archivo diocesano de Albi, fechadas entre 1951 y 1963, y sus dos transcripciones a mano.

Y las comparó como se comparan, que es despacio y por partes, sin mirar el conjunto, porque el conjunto engaña y las partes no.

El ángulo de inclinación. El módulo. La manera de arrancar una mayúscula sin ligarla con la letra siguiente.

La ese final. Los grupos de dos eles, pegados por abajo.

Y la ge, que se cierra en dos tiempos, con un levantamiento de pluma que casi nadie hace y que él hacía siempre, en 1946, en 1951 y en 1963.

Tardó doce minutos.

—Es su letra —dijo.

—¿Segura?

—Todo lo segura que se puede estar sin instrumentos. Si me lo pide con instrumentos, tardo tres semanas y le diré lo mismo.

Cazenave se sentó por fin y se quedó un momento con los ojos en el documento.

—Bien. Pues esto es lo que tenemos, y es malo para mí. Si el certificado es auténtico y el perito era una autoridad, entonces en 1946 hubo alguien serio que declaró por escrito que esa tabla estaba en el Ariège en 1937. Y con eso, la fundación gana.

—A no ser que sea mentira.

—A no ser que sea mentira. Que es lo que yo creo desde hace dos años y lo que no puedo probar.

Para probarlo tendría que saber dónde estaba ese señor en 1937 y qué colecciones vio, y eso estaba, precisamente, en la caja que se quemó en Albi.

—Se pasó la mano por la cara—. Por cierto: usted lleva encima material de comparación de este hombre. ¿Por qué?

Y ahí estaba, y había tardado siete segundos en llegar.

—Porque lo pedí en Albi en marzo.

—¿Y por qué lo pidió?

Inés puso las dos manos en el borde de la mesa.

—Comandante, tengo que decirle una cosa que le tenía que haber dicho hace tres semanas, en Toulouse, cuando usted me puso delante una lista con treinta y cuatro nombres y yo le puse una letra al margen del veintinueve.

Cazenave no se movió.

—Henri Sarremejane era mi abuelo. El padre de mi madre. Y esa —señaló con la barbilla el pliego— es la letra que yo he visto en las tres cartas y en dos dedicatorias, y es la única letra de un muerto que yo reconocería en una sala llena de gente.

Hubo un silencio de los que se miden.

—¿Por eso está usted en Toulouse? —dijo él.

—Estoy en Toulouse porque salió una plaza y porque los fondos que me interesan están ahí. Y los fondos que me interesan están ahí porque él los trabajó. Las dos cosas son verdad y llevo veinte años sin saber en qué orden.

Cazenave cogió el certificado por la funda, lo levantó un poco y lo volvió a dejar en el mismo sitio.

—Entiéndame usted a mí ahora —dijo, y lo dijo sin ninguna dureza, con la voz administrativa de siempre, que era mucho peor—.

Yo no le voy a decir que se vaya. Pero usted acaba de dejar de poder firmarme un informe pericial sobre este documento, y no por lo que sepa o deje de saber: por el parentesco.

Cualquier abogado lo tumbaría en una línea, y Rieutord lo tumbaría en media.

Así que lo que usted acaba de decirme, y lo que le queda por decirme, lo voy a tener que buscar otra vez por otro lado y con otra persona.

—Lo sé.

—Y hay una segunda cosa, y esta se la digo como consejo, que no es mi oficio. Desde este minuto, todo lo que usted encuentre va a ser sospechoso de dos cosas contrarias a la vez: de que quiere hundirlo o de que quiere salvarlo. Y usted no va a poder demostrar ninguna de las dos.

Inés recogió las fotocopias, las metió en la carpeta de gomas y cerró las gomas.

—¿Me manda una copia del certificado?

—No.

—Vale.

—Le mando una copia del segundo párrafo, sin la firma y sin el tercero —dijo Cazenave—. Y del tercero le mando la transcripción. Es lo que puedo hacer sin que me lo tiren encima el día de la vista.

Ella dijo que le parecía bien y le dio las gracias, y a las doce y veinte estaba en la calle, en Nanterre, delante de un edificio de oficinas, con el bolso colgado del hombro y las dos manos encima del bolso, calculando el tiempo que tardaría en llegar a la estación.