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Hizo falta la partida de bautismo de él, que había que pedir a Auch; un certificado del consulado; la dispensa por lo de la diferencia de edad, que eran veinticinco años y que a la señora del despacho parroquial le pareció mucho y no dijo nada; y un papel de ella que no existía y que hubo que rehacer desde el registro civil de su pueblo, con dos cartas y una espera de nueve semanas.
Se casaron a las ocho de la mañana, un sábado, en una capilla lateral, con don Fermín y con la patrona de la pensión de testigos. Desayunaron los cuatro en un café de la plaza. Él llevaba corbata gris y estuvo hablando toda la mañana.
Ella tenía veintitrés años y él cuarenta y ocho.
La casa siguió siendo la de la calle del Carmen, y siguió teniendo dos habitaciones y una cocina, y la habitación de dentro siguió siendo la habitación de dentro.
Ahí no entraba ella. No porque se lo hubieran prohibido —él no le prohibió nada nunca, ni una vez—, sino porque el primer mes preguntó dos veces si limpiaba allí y las dos veces él dijo que ya lo hacía él, y ella era una mujer que a la segunda vez entiende.
Trabajó con él hasta el verano del 51 y luego dejó de cobrar y siguió haciendo lo mismo.
La niña nació el 9 de febrero de 1952, en casa, con comadrona, a las cuatro y diez de la madrugada. Pesó tres kilos cien. La inscribieron con el nombre de la madre de él.
En abril, la niña dormía cuatro horas seguidas y no más.
La noche del 22 se despertó a las tres menos cuarto. Marcelle se levantó, le dio de mamar en la habitación de delante, con el chal por encima, la cambió, la volvió a acostar y se quedó de pie un rato al lado de la cuna, que es lo que se hace para que no se despierte en cuanto te vas.
Luego salió al pasillo, y por debajo de la puerta de la cocina había luz.
Ni le extrañó. Él dormía cinco horas y llevaba durmiendo cinco horas los cuatro años que llevaba en aquella casa.
La puerta estaba entornada un palmo. Marcelle no la empujó. Se quedó en el quicio, descalza, con el pasillo a oscuras detrás.
En la mesa de la cocina, retirado el hule, había un paño verde extendido, y encima del paño, ordenado como él ordenaba las cosas, esto:
Un flexo de brazo articulado, bajado hasta un palmo de la mesa, con el foco puesto de lado y no de frente.
Cinco o seis recortes de papel viejo, cuadrados, del tamaño de la palma, y otros tantos de una cosa parda y estriada que ella conocía porque llevaba cuatro años viéndola en aquella casa, y en todos ellos había renglones sueltos escritos y tachados y vueltos a escribir, unos más oscuros y otros más claros, con una fecha pequeña en el ángulo.
Tres frascos pequeños con tapón, dos llenos y uno a la mitad.
Un plato con dos plumillas y un trapo manchado.
Y delante de él, sujeta con dos pesas, una hoja larga y estrecha, de un color hueso, que no era papel.
Estaba escribiendo.
Escribía muy despacio, con la cara a un palmo, con el codo apoyado y el meñique haciendo de patín, y paraba cada dos o tres letras. Antes de cada renglón miraba a la izquierda, donde tenía una fotografía apoyada contra el frutero, y volvía.
Y la letra que salía de aquella pluma no era su letra.
Ella conocía su letra mejor que la suya propia: se había pasado tres años sujetándole legajos mientras él copiaba, y le había visto llenar cuatrocientas cuartillas con una letra pequeña, inclinada a la derecha, rápida, con la ge cerrada en dos tiempos.
Lo que estaba saliendo en aquella hoja era otra cosa: recta, chata, apretada, con las letras separadas y de un tamaño igual.
Estuvo en el quicio contando. No contó el tiempo: contó los renglones. Hizo cuatro.
Después volvió a la cama.
Se quedó boca arriba, con la niña respirando a dos metros, y calculó al revés, que es como se calcula cuando las cuentas no dan de frente.
Lo de arriba está.
Lo del paquete de diciembre está. Lo llevó ella. Nadie más. Doce mil francos, seis por delante y seis a la entrega, de mano de un señor de setenta años que a estas alturas ya no se acuerda de la cara de nadie. Pero se acuerda ella, y una cosa que se sabe ya no se puede dejar de saber.
Y lo del 19 de junio del 48 está: subieron los dos, entró ella primero, pasó ella primero por el agujero, y las fotografías de aquella cueva las hizo ella con sus manos, apoyando la cámara en una losa y contando en voz alta para que él no se moviera.
Así que si mañana ella entra en un cuartel de la Guardia Civil de esta ciudad y cuenta lo que acaba de ver por el hueco de una puerta, tiene que empezar cuatro años antes, y en esos cuatro años el nombre que sale en todo es el suyo.
La que cruzó la frontera cerrada. La que subió. La que hizo las fotos.
Contó hacia atrás y contó bien, que era lo que sabía hacer, y le salió lo mismo que le salía siempre en el collado: que la hora de estar abajo había pasado hacía rato y que ya solo se podía seguir.
A las cuatro y veinte oyó la puerta de la cocina y la luz del pasillo, y el ruido del grifo, y luego los pasos.
Él entró, se metió en la cama con cuidado para no despertarla, se quedó quieto un minuto y le puso la mano en la cadera, por encima de la sábana, como todas las noches.
—¿Ha comido bien? —dijo en voz baja.
—Ha comido bien.
Y se durmieron los dos.