El Evangelio de las Cenizas 45
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Cazenave subió a Toulouse por otra cosa y le pidió cuarenta minutos entre el juzgado y el tren.

Se vieron en la cafetería de la estación, en la mesa del rincón, con dos cafés y con las carpetas ocupando el sitio de las tazas.

Ella entregó primero, porque lo llevaba encima desde mayo: cuatro páginas y un anexo con mil filas. Los siete lotes de la abreviatura rara, el octavo de Burdeos, las fechas ordenadas y una conclusión de cuatro renglones que había reescrito tres veces para que no dijera ni una palabra de más.

Cazenave leyó las cuatro páginas allí mismo, sin hablar, en nueve minutos.

—¿Esto lo ha hecho usted sola?

—Y en mi casa.

—¿Cuántas horas?

—No las he contado.

—Cuéntelas —dijo—. Yo no le puedo pagar nada, pero llegará un día en que alguien pregunte de dónde ha salido este trabajo, y ese día conviene tener una cifra.

Se guardó las cuatro páginas en la carpeta de dentro, que era la que no soltaba, y sacó la suya.

—Yo le traigo esto y es lo contrario: es un trabajo aburridísimo y solo lo puede hacer usted.

—¿Y por qué ahora?

—Porque la vista civil es el 5 de noviembre y en septiembre hay que decir qué se aporta.

—Se tocó la carpeta—. Y porque lo que yo aporte tiene que ser una cosa que un magistrado entienda en cuatro minutos.

Yo no le puedo llevar a un tribunal la historia del expolio en Europa.

Le tengo que llevar tres papeles y una frase.

Y la frase, si consigo escribirla, va a ser esta: que la buena fe de esa fundación descansa en unos certificados, y que quien los firmó no tenía manera de saber lo que certificaba.

—Eso es una acusación a cinco muertos.

—Eso es una acusación a una institución viva que sigue teniendo las piezas —dijo Cazenave—. A los muertos los deja en paz el código penal y los deja en paz la prescripción. Yo con los muertos no puedo, y no lo digo con pena.

Eran tres folios grapados con treinta y cuatro nombres.

Se los explicó en jerga, que era como hablaba: del fondo documental de la Fundación no tenía nada, porque llevaba dos años pidiéndolo; lo que sí tenía, por vía de la reclamación civil, era la correspondencia del patronato depositada en su día en el expediente de la prefectura y las actas de las juntas, de 1948 a 1975.

De ahí había sacado, con un becario, todos los nombres propios que aparecían dos veces o más.

—Y ahora tengo treinta y cuatro señores y no sé cuáles son de verdad.

—¿De verdad en qué sentido?

—En el sentido de si son gente que sabía de esto o gente que estaba de adorno.

Un patronato de provincias mete en las actas al alcalde, al notario, a dos catedráticos y a un cura, y a los treinta años parece un consejo científico.

Yo necesito saber cuál de estos treinta y cuatro podía mirar una tabla flamenca y decir algo que valiera dinero.

Inés cogió el bolígrafo de él, que era un bolígrafo de comisaría con el capuchón mordido, y empezó por arriba.

Le fue poniendo letras al margen. A , los que eran gente seria en su campo y su campo era ese. B , los que eran gente seria en otra cosa. C , los eruditos locales, que en esa región son muchos y algunos muy buenos y ninguno tasador. D , adorno.

Tardó veinte minutos y disfrutó, que era lo malo.

—El cuatro es un arqueólogo de verdad, prehistoria, nada que ver con pintura.

El siete es un aficionado de Foix que publicó una historia del valle en tres tomos y no se equivoca casi nunca, pero de tablas no sabía.

El once es un anticuario, y que un anticuario esté en el patronato de una fundación que recibe piezas es una cosa que a usted le dirá algo y a mí no.

El doce es un cura de Pamiers que sabía de epigrafía romana.

El diecinueve es el único de los treinta y cuatro que había trabajado en un museo, y tres años, y de conservación preventiva.

—¿Y de tablas flamencas?

—De tablas flamencas, en esta lista, no hay nadie. Se lo digo con todas las letras: ni uno. Los once certificados que usted tiene los firmaron cinco señores y esos cinco no están aquí.

—Los cinco están muertos y los he mirado. Dos eran de Burdeos y tres de Toulouse.

—Pues eso.

Iba por el veintiséis cuando llegó al veintinueve.

29. SARREMEJANE (Henri), professeur, Toulouse. Conférence 1953. Corresp. 1954-1961 (7 pièces).

Inés le puso una A al margen y siguió con el treinta.

Del treinta y del treinta y uno dijo lo que había que decir. Del treinta y dos dijo que era un pariente del once. Del treinta y tres y del treinta y cuatro, que no le sonaban de nada y que probablemente fueran del ayuntamiento.

Le devolvió los folios y el bolígrafo.

—Resumen: dos A , cinco B , once C y dieciséis de adorno.

—¿Y las dos A ?

—El diecinueve, el del museo. Y el veintinueve.

—El veintinueve —dijo Cazenave, y buscó con el dedo—. Sarremejane. Este me suena de haberlo visto en Albi.

—Es normal que le suene. Es el fondo que se quemó.

—Ah, es el mismo.

—Es el mismo. Era el medievalista de esta ciudad durante treinta años.

En cualquier lista de gente relacionada con cualquier cosa cultural del suroeste entre 1935 y 1970 va a aparecer ese apellido, y va a aparecer también en los patronatos de dos museos, en el consejo de dos revistas y en los premios de la Academia de aquí.

Daba conferencias en todas partes. Estaba en todo.

—¿Y era bueno?

—Era muy bueno.

—Entonces le pongo una A .

—Ya se la he puesto yo.

Cazenave dobló los folios en tres, se los guardó, miró el reloj y dijo que tenía el tren en catorce minutos. Pagó los dos cafés con el móvil, se levantó, le dio la mano y le dijo que lo de las cuatro páginas se lo agradecía de verdad y que lo iba a usar.

Y se fue andando deprisa hacia los andenes con la carpeta debajo del brazo, y no volvió a preguntar por el veintinueve.

Inés se quedó en la mesa doce minutos más.

Después cogió el tranvía, se bajó dos paradas antes de la suya y anduvo el resto.

En casa cenó de pie. A las once se acostó y a las doce y veinte se levantó, encendió el flexo de la cocina y abrió el portátil, y estuvo hasta las dos y media en el catálogo de la biblioteca municipal buscando, sin ninguna razón, si había quedado impreso el programa de un ciclo de conferencias de 1953 en Foix.

No había nada. Ni programa, ni reseña, ni una línea en la prensa local digitalizada, que de todos modos empieza en 1968.

Lo que sí hizo, antes de cerrar, fue sacar del cajón de abajo la carpeta de Albi.

Dentro estaban las fotocopias de las cinco cartas del archivo diocesano y las dos que ella había copiado a mano.

Las puso encima de la mesa de la cocina y las miró un rato con el flexo, no para leerlas, porque no dicen nada, sino para verlas.

La letra pequeña, inclinada a la derecha.

Las mayúsculas separadas del resto. La ge cerrada en dos tiempos.

Iré en junio con una escalera de tijera y con mi mujer, que hace las fotografías mejor que yo y más deprisa.

Las volvió a meter en la carpeta por orden y la carpeta en el cajón.

A las dos y media cerró el ordenador y se quedó sentada en la cocina a oscuras.

Cuarenta minutos con una lista delante de un policía, veinte de ellos hablando, y no había dicho la frase.

Cuatro palabras: es mi abuelo, comandante .

No las había dicho, y no las había callado tampoco, porque callar es un verbo activo y aquello no lo había decidido nadie: había puesto una A al margen y había pasado al treinta.

Se lo diría el lunes. Era lo lógico, y además se lo iba a decir cualquiera antes que ella, y quedaba mucho mejor dicho por ella.

Se acostó a las tres menos veinte y el lunes no se lo dijo.