El Evangelio de las Cenizas 44
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Estuvo nueve días en París y trabajó los nueve, y de esos nueve el asunto ocupó una hora y cuarto.

Pidió los volúmenes el primer día, cuatro de golpe, de la misma serie y correlativos, porque el que pide un volumen va a por una cosa y el que pide cuatro está haciendo un trabajo.

La papeleta es un impreso estrecho de un talonario, con su casilla para la cota, la fecha, el número de puesto y el nombre, y se firma abajo a la derecha.

La rellenó de pie en el mostrador con el lápiz que había allí atado con un cordel.

El auxiliar la arrancó por la línea de puntos y se quedó con ella, y la copia se quedó en el talonario, marcada por el papel carbón.

Le dieron el puesto veintitrés, en la fila del medio, y le dieron cuatro atriles de gomaespuma.

Trabajó los tres primeros días con normalidad y con provecho, y el tercero por la tarde localizó el folio, lo miró dos minutos y siguió con lo suyo.

El cuarto día se quedó a la hora muerta.

La sala se vacía entre las doce y media y las dos.

No del todo: quedan tres o cuatro, y son siempre los mismos.

Pero el jefe de sala baja a comer, el auxiliar se queda solo en el mostrador con los pedidos de la tarde, y de las filas de puestos que tiene delante ve bien la primera y ve mal la segunda, porque en la segunda le da el reflejo de la ventana alta en las gafas.

Eso lo había comprobado los tres días anteriores desde el puesto veintitrés sin moverse del sitio.

A las doce y cuarenta bajaron a comer cinco personas. A la una menos cinco, el auxiliar se puso de espaldas a poner unos volúmenes en el carro de las devoluciones.

En la pared del fondo, encima del mostrador, hay un cartel enmarcado con seis líneas, y la cuarta dice que está prohibido escribir con tinta en la sala.

Lleva ahí desde antes de la guerra y no hace falta: se entra con lápiz, se deja el abrigo abajo y no se registra a nadie, porque lo que preocupa a esa casa es lo que pueda salir, no lo que entre.

Sacó el estuche de las gafas.

Dentro iba el mango de un portaplumas cortado a la mitad, con la plumilla ya montada: una plumilla de acero pequeña, de las de contabilidad, que había recortado y repasado con piedra de afilar hasta dejarle una punta de un cuarto de milímetro.

Y en el bolsillo del chaleco, dentro de una caja de pastillas metálica, un tubo de vidrio de dos dedos con tapón de goma.

La tinta llevaba desde febrero en aquel tubo y ya no cambiaba de color.

Puso el volumen abierto por el 211 vuelto, con las dos cuñas y con el peso de tela cruzado por el margen de dentro, que es como se sujeta y lo hace todo el mundo. Acercó la silla. Se sacó el pañuelo y se lo puso encima del muslo derecho, para la plumilla.

Después estuvo un minuto sin hacer nada, con las dos manos en la mesa, mirando el blanco de dos dedos que había entre el final de la deposición del tejedor y la capital de la siguiente.

Ese blanco lo había medido en marzo, en Pamplona, con una regla, encima de una fotografía: veintiséis milímetros de alto. En veintiséis milímetros, a la caja de aquella mano, caben siete líneas apretadas y no cabe ninguna más.

Destapó el tubo, cargó la plumilla en el borde y empezó.

La primera línea es la que decide. Si la primera línea sale con el ángulo bueno y la carga buena, las otras seis salen detrás porque la mano va sola. Escribió Item dixit quod audivit y ya supo que iba a salir.

Tardó siete minutos.

Escribió despacio, con el antebrazo apoyado y sin respirar hondo, cargando cada línea y media y limpiando la plumilla en el pañuelo. Al final de la tercera línea le tembló la mano un instante y se paró tres segundos con la punta en el aire, y no se le cayó gota, y siguió.

Cuando llegó al nombre no dudó nada, porque el nombre lo llevaba escrito de memoria desde el invierno.

Terminó a la una y cuatro minutos.

Y entonces vino la parte peor, que es la que no se cuenta nunca cuando se cuentan estas cosas: hay que esperar.

Una tinta de agallas no se seca en un minuto, y sobre papel verjurado del XVII, que chupa, tarda de cinco a ocho.

Y no se puede secar con papel secante, porque el papel secante levanta el brillo y deja la huella de su propio grano.

Se espera. Se deja el volumen abierto y se espera con las manos quietas.

Estuvo once minutos sentado delante de un volumen abierto, con el estuche de las gafas cerrado encima de la mesa y las manos encima del estuche, mirando la sala.

A la una y cinco entró una señora mayor y se sentó en la primera fila.

A la una y nueve, el auxiliar levantó la cabeza y lo miró, y él le devolvió el gesto con la barbilla, como se saludan dos personas que llevan cuatro días viéndose, y el auxiliar volvió a lo suyo.

A la una y quince sopló, muy flojo y de lejos, dos veces.

A la una y dieciocho pasó el dorso del meñique a un centímetro del renglón, sin tocarlo, para notar si quedaba humedad en el aire, y no quedaba.

Cerró el volumen.

Lo cerró como se cierra un volumen de casi mil páginas, despacio y sujetando el bloque, y lo dejó encima de la mesa con los otros tres, y estuvo la hora siguiente trabajando de verdad con el segundo de los cuatro, y sacó de él dos fichas.

A las tres menos cuarto devolvió los cuatro en el mostrador. El auxiliar los contó, miró la etiqueta de cada uno, hizo una marca en su hoja y los puso en el carro.

Nadie abrió ninguno.

Salió a las tres y cinco y se fue a comer a una brasserie de la esquina, donde comía cuando venía a París desde el año treinta y cinco: sopa, hígado de ternera con puré, media botella de agua y un café.

Se le pasó por la cabeza, mientras esperaba el segundo plato, la pregunta técnica: si alguna vez, alguien.

Y la contestó en dos minutos y con lo que sabía, que es lo que sabe cualquiera de su gremio.

Que a simple vista no se ve, porque él había pasado cuatro meses en eso.

Que con lupa se ve el trazo, y el trazo era el de la mano de aquel volumen, hecho miles de veces.

Que debajo de una lámpara de cuarzo la tinta nueva y la vieja no se comportan igual, y eso lo sabe cualquier perito calígrafo de juzgado.

Y que para poner un volumen de Colbert debajo de una lámpara de cuarzo hace falta un expediente, una firma y un motivo, y sobre todo hace falta que alguien haya tenido, antes, la idea de sospechar.

Y para tener esa idea hay que haber leído a la vez ese folio y otra cosa que en el mundo tenía un solo ejemplar, dentro de una caja, en la segunda planta de una casa de la calle del Carmen de Pamplona.

Le trajeron el hígado y estaba bueno.

Pidió el volumen otra vez el día siguiente, y el día siguiente también. Las dos veces pidió aquel solo, porque los otros tres ya los había acabado, y firmó las dos papeletas con la misma letra que la del lunes.