El Evangelio de las Cenizas 43
49%

43

En Ostabat se juntan tres caminos y por eso hay barro hasta en agosto.

Bajan de tres sitios distintos y se meten en la misma calle, y por esa calle pasa en un día más gente que por Usson en un año.

Ese día había cuarenta o cincuenta durmiendo en el pueblo: dos frailes, una familia entera con un carro, media docena de mujeres de una cofradía del norte, un hombre con dos hijos que iban por una promesa, tres arrieros, y el resto pobres de camino con una calabaza y un palo.

Del pueblo de arriba quedaba la mitad.

Se veía desde abajo: un anillo de casas nuevas puestas encima de un anillo de casas viejas, y entre unas y otras, tirados por la ladera, sillares grandes y bien labrados que no eran de ninguna casa.

El rey los había mandado echar abajo hacía dieciséis años, cuando aquella gente quiso murallas y fueros y el rey decidió que no.

Ahora los vecinos usaban aquella piedra para levantar cuadras, y por eso había cuadras con esquinas de castillo.

Se lo contó todo un chico que les enseñó dónde estaba el hospital, en dos minutos y sin que le preguntaran.

Llegaron el 11 de septiembre, cincuenta y dos días después de Oloron.

En cincuenta y dos días habían comido en veintiséis.

Duran había levantado dos paredes, segado un prado, cavado una zanja y cargado leña; Guiraut había acarreado lo que se acarrea sin ver.

Las botas de Duran eran ya dos trapos atados con correa de la capa de Hugon, cortada.

A Guiraut se le había caído una muela sin dolor, comiendo pan.

En el hospital daban pan y sitio en la paja a todo el que llegara sin dinero, y a los que llegaban con dinero les daban lo mismo y les pedían algo. Ellos entraron por la puerta de los que no tienen. Pan, agua, una escudilla de nabos, y una manta para los dos.

En aquel patio se hablaban cinco o seis lenguas y nadie se extrañaba de ninguna.

Los del carro hablaban una del norte con muchas erres.

Las mujeres de la cofradía, otra. Los del pueblo, la de allí, que no se parece a nada.

Y luego estaban los que hablaban como ellos, que eran cuatro o cinco, porque por ese camino baja media Occitania.

Y ahí estaba el problema, y Guiraut lo llevaba pensando desde el Adour: que en aquella tierra el que no entiende a nadie no llama la atención, y el que entiende sí. Duran, que no se enteraba de nada, era un chico. Él, en cuanto abría la boca, era un hombre de un sitio.

Y allí, en el patio, después de comer, con el sol todavía en la pared del oeste, pasó lo que pasó.

Guiraut le pidió agua a un hombre que estaba junto al pozo.

Fueron cuatro palabras. El hombre le pasó el cazo, se quedó mirándolo, y sonrió como se sonríe cuando uno reconoce una cosa de su casa a mil leguas.

—Tú eres del Lauragais.

Guiraut cogió el cazo con las dos manos.

—De por allí.

—De por allí no. De entre Castelnaudary y Fanjeaux. Yo tengo el oído para eso, hombre, no te asustes. —Se rio—. Es la ese. La ese y lo que hacéis con la o final. Yo he estado ocho años carreteando desde Tolosa hasta Baiona y me sé de dónde es cada uno por cómo dice el agua.

Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, ancho, con una cicatriz vieja en la ceja y las manos de llevar bestias. Se sentó en el brocal.

—Yo soy de Rabastens. ¿Y tú de dónde eres, de verdad?

—De Saint-Michel.

—¿De Saint-Michel de cuál?

—Del de arriba.

—Ah.

El hombre asintió despacio y se quedó un momento callado, y luego siguió, porque aquello no era un interrogatorio: era un hombre lejos de su casa que se había encontrado a otro.

Preguntó a qué iban. Guiraut dijo que a Santiago. Preguntó si iban por promesa o por penitencia. Guiraut dijo que por promesa. Preguntó por quién, y Guiraut dijo que por un hermano.

Preguntó qué le pasaba al hermano y Guiraut dijo que se había muerto, y eso lo dijo igual que lo demás, con la voz de siempre, sin que le costara más ni menos que decir que quería agua.

—Que Dios lo tenga —dijo el hombre—. ¿Y este?

—Este es mi sobrino.

—Este no ha abierto la boca.

—Este no habla.

El hombre miró a Duran y Duran le sostuvo la mirada con la cara de un chico corto, y el hombre hizo un gesto de disculpa con la mano y no volvió a mirarlo.

Después habló él, que era lo que quería, y habló media hora.

Habló de los precios, que estaban imposibles. De los peajes, que eran un robo. De que en Baiona hay ingleses y con los ingleses se trabaja bien y se cobra mal. De un cuñado suyo. De la mujer del cuñado.

Y de lo de la primavera.

Lo contó como se cuenta lo que ya ha contado uno veinte veces en veinte posadas, sin bajar la voz, con la satisfacción de traer noticias a un sitio donde no las tienen.

Que en marzo cayó el castillo de la montaña.

Que estuvieron diez meses de asedio y que al final pidieron tregua y se la dieron.

Que a los quince días bajaron a los que no quisieron abjurar.

Que fueron más de doscientos, hombres y mujeres, y que los metieron en un cercado de estacas al pie del monte y no hizo falta ni atarlos, porque bajaron andando. Que se vio el humo desde tres leguas.

—Doscientos —dijo—. Y hay quien dice doscientos veinte.

Guiraut escuchaba con el cazo vacío en la mano.

—Y luego está lo que se cuenta, que a saber.

—El hombre se acercó un poco y bajó el tono, no por miedo sino porque lo bueno se dice más bajo—.

Dicen que unos días antes descolgaron a cuatro por el muro, de noche, con una cuerda.

Y que se llevaron el dinero. Todo el dinero, el de los herejes, que dicen que era una fortuna en oro.

Y que los andan buscando por todas partes.

—¿Y los han cogido?

—Qué van a coger. Esos están en Lombardía desde mayo, comiendo bien. —Se rio y escupió al suelo—. O están debajo de una piedra. Yo, con todo el respeto a los muertos, no sé qué le ven a un dios que deja que le quemen a doscientos y no aparece.

—Ya —dijo Guiraut.

—¿Tú qué crees?

—Yo creo que se está haciendo de noche.

El hombre se rio otra vez, le dio una palmada en la rodilla, se levantó y se fue a hablar con los arrieros, y no volvió a acordarse de ellos.

Se acostaron en la paja, en el rincón del fondo, uno al lado del otro.

Guiraut estuvo hasta la medianoche con los ojos abiertos, oyendo.

Oyó al hombre de Rabastens contarles a los arrieros lo del castillo otra vez, y en esa versión ya eran doscientos veinte y ya bajaban cantando.

Oyó a los frailes rezar completas. Oyó toser.

Oyó a una mujer discutir con su marido en una lengua que no era ninguna de las que él conocía.

Duran no dormía tampoco. Se lo notaba en la respiración.

—Nos vamos —dijo Guiraut.

—Se cierra la puerta hasta el alba.

—Por el corral.

Salieron a las tres, por encima de la tapia del corral, con las alforjas en la mano para no hacer ruido con la hebilla.

De noche Guiraut ya no veía nada, y nada quiere decir nada: ni el camino, ni el borde, ni a Duran a dos pasos.

Habían encontrado la manera dos semanas atrás, en un robledal, y era esta: Duran delante, con un extremo de la cuerda de esparto liado en la muñeca, y Guiraut detrás con el otro extremo en la mano, a paso y medio, y Duran diciendo en voz alta lo que había en el suelo. Piedra. Raíz. Sube. Baja. Agua.

Anduvieron así hasta que empezó a clarear, y en dos horas Guiraut se cayó una vez, de rodillas, y se levantó él solo.

A media mañana, en un alto, Guiraut se paró.

—Yo, con esta gente, no vuelvo a abrir la boca —dijo—. Habla tú.

—Yo no sé.

—Tú di que sí y que no. Y si te preguntan por mí, di que soy tu tío y que estoy sordo.

—¿Y si te preguntan a ti?

—Que me pregunten.