El Evangelio de las Cenizas 42
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Las tres hojas estuvieron nueve días encima de la mesa, entre los dos fieltros, antes de que se atreviera a ponerlas al lado del códice.

A la izquierda, el pergamino de la cueva: hoja setenta y ocho, columna única, la letra pequeña y apretada. A la derecha, el papiro: hoja ochenta y nueve, el mismo pasaje, con la lámpara al lado y sin pantalla.

El pergamino se está quieto. El papiro no: hay que sujetarlo por los dos lados con los fieltros, no se le puede poner nada encima, y cuando pasa un carro por la calle la hoja acusa el aire.

Los tuvo a un palmo el uno del otro encima de una mesa con hule, con el flexo bajado, porque la luz del techo le daba la sombra de la mano encima del renglón.

Le costó tres semanas y le salió esto.

De cuarenta y un lugares comparables, treinta y ocho coincidían. En doce de esos treinta y ocho coincidían además contra lo que se sabía por otras vías, que era lo que a él le importaba, porque dos testigos que se equivocan igual son parientes.

Y en tres lugares no coincidían. Y los tres estaban en el mismo sitio: en el pasaje.

En el suyo, el hacedor del mundo dice que es dios y que no hay otro, le contestan que en eso mintió porque quien cela confiesa, y le dan sus nombres.

En el de la cueva pasa lo mismo, con las mismas palabras, hasta el celo.

A partir del celo hay una frase de más, hay una palabra cambiada en el argumento, y el nombre está escrito de otra manera.

Un texto en romance de mediados del XIII contra un códice copto del IV.

Cualquiera habría dicho lo evidente: el testigo antiguo manda. El copto es cuatrocientos años anterior y está escrito en la lengua en que se compuso, y el otro es una traducción de una traducción hecha en una tierra de pastores.

Y él, en el fondo, pensaba lo mismo. Pero pasó tres semanas dándole vueltas al detalle que no encajaba, y el detalle era este: lo de la cueva no parecía una traducción mala.

Parecía un texto dicho. Tenía repeticiones de hombre que habla, tenía dos frases donde el copto tenía una, y en dos sitios se paraba y volvía a empezar la idea con otras palabras, como cuando uno cuenta algo y ve que no lo ha contado bien.

De ahí sacó la conclusión que le convenía, y que le conviniera no lo pensó: que aquel libro no lo había copiado nadie de un ejemplar. Que alguien lo había recitado y otro lo había escrito. Y que donde el que recita se cansa, se salta o rellena, lo que queda es el recuerdo de un texto y no el texto.

Es decir: el bueno era el suyo.

La objeción se la sabía, y era buena. Si lo de la cueva es un texto dicho, lo que no coincide puede ser lo que el que hablaba recordó mal; pero puede ser igual de bien lo que el copto arregló cuatrocientos años antes, porque el que copia también arregla, y arregla más callado.

Un texto dicho falla donde el hombre se cansa.

Un texto copiado falla donde el copista entiende. La primera avería se ve. La segunda no.

Anotó la conclusión en la cuartilla de aquel día, con esas palabras. La objeción no la anotó, y no hubo ninguna decisión de no anotarla: se hizo la hora de cenar y bajó a cenar.

El plan lo pensó entero entre agosto y noviembre, andando por la muralla a mediodía, y lo escribió en una sola noche de diciembre en cuatro páginas que después quemó.

El problema, planteado bien, era este: él tenía una verdad y no tenía un sitio de donde pudiera salir.

La verdad era que un texto de la familia egipcia se leyó en voz alta en Occitania en el siglo XIII. Lo sabía porque había tenido las dos cosas encima de una mesa, y no lo iba a saber nadie más nunca, porque las dos cosas venían de sitios de los que él no podía hablar.

Y la disciplina no funciona así. En la disciplina, una idea sin documento es una ocurrencia.

Él llevaba once años sosteniendo, en veintidós páginas que casi nadie había leído, que el librito de los suyos, la Cena secreta —la copia del XV, la edición del dominico de 1691, el original perdido para siempre— no era una invención búlgara del año mil, sino la punta de una cosa que venía de mucho más al sur y de mucho más atrás.

Y le habían contestado, con razón, que le faltaba el eslabón: un solo texto de esa familia, leído o citado en Occidente antes del siglo XIII.

Ahora tenía el eslabón en un cajón y era exactamente eso, y no lo podía enseñar.

Así que la pregunta dejó de ser cómo demostrarlo y pasó a ser dónde podría haber estado.

Y eso ya no era una pregunta moral. Era una pregunta técnica, y él era, de todos los hombres vivos, el que mejor podía contestarla.

Lo primero que decidió fue lo que no iba a hacer.

No iba a fabricar un manuscrito. Un manuscrito nuevo se somete a examen y hay diez maneras de cazarlo, y además obliga a explicar de dónde ha salido, que era el problema que estaba intentando resolver.

Y no iba a inventar un deponente.

Eso era lo tentador y era lo suicida. Un nombre nuevo en un registro de inquisición es un hombre que no está en ningún otro sitio: ni en la deposición de su vecino, ni en la de su cuñado, ni en la lista de los que abjuraron, ni en la de los reconciliados.

Esos registros son una red. La primera cosa que hace cualquiera con un nombre es buscarlo dos volúmenes más allá, y si no aparece, ya está mirando con lupa.

Un deponente que ya consta, en cambio, aparece donde tiene que aparecer, porque aparece de verdad.

Y a un deponente que ya consta se le puede añadir.

Porque así son esos textos: el notario levanta la deposición, la cierra, y luego, cuando el hombre se acuerda de algo o cuando le vuelven a preguntar, escribe al pie Item dixit quod… y sigue. Está lleno de cláusulas así. Una más no es una anomalía: es la forma normal del documento.

Eligió el registro en enero y lo eligió por una sola razón, que se la habría dado igual cualquier colega si se lo hubiera podido preguntar: porque de aquel registro no queda el original medieval.

Se perdió, y lo único que sobrevive es la copia que un magistrado mandó hacer en el siglo XVII para un pleito.

No hay contra qué cotejar. Y quien diga que aquella cláusula no estaba en el original tendrá que explicar cómo lo sabe.

Le gustó, además, la simetría, y anotó la simetría en la cuartilla y la subrayó: el librito de la Cena secreta tampoco tiene original. En este campo se lleva doscientos años discutiendo sobre textos que nadie puede ver. Un testimonio más sin original no llama la atención de nadie.

Del deponente ya se había ocupado.

Era un tejedor de Laurac que declaró en mayo, un hombre corriente, con su mujer, sus vecinos y su oficio, que aparece citado además en otras dos deposiciones del mismo cuaderno, y que dice lo que dicen todos: que oyó, que estuvo, que comió con ellos.

Y que le leyeron en un libro. Eso lo dicen tres o cuatro por volumen. Es lo más normal del mundo.

Lo demás fue oficio y fue el invierno entero.

La tinta: ferrogálica, de receta vieja, agallas machacadas y en remojo nueve días, vitriolo, goma arábiga y agua de lluvia, hecha en una olla en la cocina, y probada en catorce papeletas hasta dar con la que envejecía al tono pardo del volumen y no al negro azulado de las modernas.

El papel: hojas de guarda en blanco de tres libros del XVII comprados por cuatro pesetas en la Estafeta, del mismo verjurado y del mismo grosor.

Los tres eran libros de nada —un devocionario desencuadernado y dos tomos sueltos de una obra en octavo—, y aun así le costó cortarles las guardas, y los cascos vacíos los fue quemando en tres noches distintas para no hacer humo de una vez.

La mano: cuatro meses. Dos horas casi todas las noches, con las fotografías delante y una lupa, hasta que el módulo, la inclinación, la abreviatura de -us y la manera de rematar la m al final de la línea le salían sin pensar.

Escribió esas cuatro palabras miles de veces.

Los ejercicios los quemaba, y en cuatro meses no se le ocurrió ni una sola vez tirarlos a la basura.

Y el texto lo escribió en marzo, en limpio, en un papel cualquiera, para verlo.

Empezaba como empiezan estas cosas: Item dixit quod audivit dictos hereticos legentes in quodam libro… Y luego el hacedor del mundo diciendo que no hay otro, y la respuesta del celo, y detrás los nombres.

Cuando llegó al nombre, se paró.

Tenía la hoja ochenta y nueve del códice a la izquierda, encima del fieltro, con la lámpara al lado, y en la hoja ochenta y nueve el nombre estaba escrito con sus dos sílabas del medio cambiadas de sitio, y en el cuaderno, debajo de su copia, las dos rayas de lápiz que él mismo había hecho en una pensión de El Cairo en abril del 47, y al lado, en el margen, con su letra: lectura propia de este testigo, no corregir .

Escribió lo que decía el suyo.

Siete líneas. Las contó porque las líneas se cuentan.

En abril pidió permiso para dos semanas en París, con el pretexto de una cosa que sí necesitaba de verdad, y sacó el billete el mismo día que le contestaron.