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Lo primero fue la mano.
Antes de leer una palabra, con el cuero todavía en las rodillas y la linterna encima del hombro, Henri miró el trazo y supo tres cosas, porque para eso llevaba veinticinco años.
Es una gótica libraria del sur, de módulo pequeño, sin ninguna pretensión: la letra de alguien que escribe cuentas y contratos y que aquí está escribiendo despacio y con cuidado, como escribe un notario cuando le encargan un libro.
La a de dos cuerpos. La d con el astil tumbado.
El signo tironiano cerrado y con la barra baja.
Eso, a ojo y sin miedo a equivocarse en veinte años, es mediados del siglo XIII.
Y no era latín.
Fue lo segundo, y le entró por el oído antes que por el ojo, porque estaba leyendo en voz baja sin darse cuenta: aquello era la lengua de los legajos que tenía encima de la mesa del archivo de Pamplona, la de las cuentas del burgo, la de su tierra.
Un libro entero, en romance, escrito por una sola mano.
Estaba sin tapas: alguien había cosido los cuadernillos por el lomo con una tira y lo había envuelto en un cuero de vaca, y así llevaba lo que llevara.
Ciento veintiocho hojas, las contó después.
La primera arrancada por el pie. Manchas de humedad en los cantos y una lengua de moho negro en las esquinas de abajo, de haber estado apoyado en algo húmedo mucho tiempo.
Empezó a leer por donde se abrió.
Y a las tres líneas ya no estaba en una cueva.
Lo que había ahí dentro era lo que él llevaba once años diciendo en veintidós páginas que alguien tuvo que haber tenido: los mismos eones, el mismo padre desconocido, la misma madre que se mueve sobre las aguas, la misma caída, el mismo hacedor del mundo que se cree solo.
Y no era un resumen de polemista, ni una acusación de un inquisidor, ni la lista de errores de un manual.
Era el texto. Era lo que se leía en voz alta en las casas, puesto en la lengua que hablaba la gente de aquellas casas.
Habló solo un rato largo, en francés, y Marcelle le sujetó la luz y no le preguntó nada.
—Esto no debería existir —decía—. Esto es una traducción. Alguien tradujo esto de algo. Nadie se inventa esto en una cocina del Ariège, señorita: esto viene de algo escrito, y lo escrito viene de más atrás, y de más atrás no hay nada en esta parte del mundo, no hay, no lo hay.
Y en la hoja setenta y tantas llegó al pasaje.
Lo reconoció por el ritmo antes que por las palabras: el que hizo el mundo mira lo que ha hecho, y dice que él es dios y que no hay otro; y le contestan que en eso mintió, porque quien cela a otro está confesando que hay otro.
Estaba. Estaba entero y estaba en el mismo orden.
Y detrás venían los nombres, y ahí Henri se quedó parado.
Porque el primer nombre no era el suyo. Quiero decir: no era el que él tenía en el cajón de la calle del Carmen, con sus dos sílabas cambiadas de sitio.
Era otra forma. Y la glosa que venía detrás tampoco caía donde caía en el suyo, y una palabra del medio, en el argumento del celo, decía una cosa que la suya no decía.
Se puso a leerlo tres veces seguidas, muy despacio, con el dedo por debajo del renglón sin tocar la piel.
Y ahí caben dos cosas y solo dos.
Una: que son dos ramas distintas de la misma familia, cada una con lo suyo, y entonces esto es todavía mejor de lo que parecía, porque dos ramas son un árbol y un árbol es una historia de mil años.
Y otra: que el que puso esto en romance lo hizo sin el original delante, de memoria o de oídas, y se equivocó, o rellenó, o le sonaba así.
Para saber cuál de las dos hay que poner las dos cosas encima de la misma mesa, con luz, y con tiempo.
Fue al final, porque el final es donde se firman las cosas.
El texto se acaba en el vuelto de la penúltima hoja, a media página, con dos renglones más cortos y sin ningún adorno. Debajo, un tercio de página en blanco. Y después, una hoja entera en blanco por las dos caras, que es lo que se deja siempre para proteger.
Ni colofón, ni fecha, ni lugar, ni nombre. Ni «yo, fulano, escribí esto». Ni «acabose en tal día». Nada.
—¿Qué busca? —dijo Marcelle.
—El nombre del que lo escribió.
—¿Y no está?
—No está. —Pasó la mano por el blanco, sin tocarlo—.
Y esto es lo que le quería explicar antes, señorita, y ahora se ve mejor.
Si aquí hubiera dos renglones con una fecha y un sitio, yo mañana podría demostrar algo.
Sin eso, esto es un libro sin padres. Puede ser de 1250 y puede ser de 1290, lo digo yo por la letra, y en cuanto lo diga yo, alguien dirá que la letra se imita.
—¿Y quién iba a imitarla?
—Cualquiera con tiempo.
Se sentó en el suelo de arcilla, con el libro en las rodillas y la espalda contra la pared, y estuvo así lo que le pareció un minuto y fueron veinte, haciendo la otra cuenta.
Un manuscrito sin procedencia no prueba nada.
Eso se lo explicaba él a los alumnos de segundo el primer día de curso, con las manos, en el aula de arriba: un documento no vale por lo que dice, vale por dónde estaba.
Si mañana yo llego a París con este libro debajo del brazo y digo que es del XIII, la primera pregunta no va a ser qué pone.
La primera pregunta va a ser de dónde ha salido.
Y la segunda, quién más lo ha visto. Y la tercera, con qué permiso.
Y él tenía respuestas para las tres y no podía dar ninguna.
De dónde: de una cueva de la vertiente navarra de un puerto que no está en ningún mapa con nombre, adonde había llegado porque una contrabandista de veinte años le contó una regla de pastores en una casa de comidas.
Quién más lo ha visto: nadie en setecientos años.
Con qué permiso: con ninguno. Y aquello estaba en España, y en España un hallazgo así es del Estado, y lo primero que haría el Estado es preguntar qué hacía él ahí.
Y detrás de qué hacía él ahí viene por qué vino a Pamplona, y detrás viene qué trajo, y detrás viene quién se lo pasó, y detrás viene con qué dinero, y al final de todo eso hay un despacho en Foix con una alfombra vieja y un pliego escrito de su puño con una fecha de 1937.
Levantó la cabeza y miró a los dos hombres de la pared de enfrente.
Uno con las piedras encima, echadas por alguien que no tenía con qué cavar. El otro tumbado de lado, sin piedras, con la cabeza en una laja.
Estuvo mirándolos un rato. Después dijo, en voz alta y en francés, dos frases que Marcelle no entendió y que no le pidió que le tradujera.
Después hizo lo del cuchillo.
Buscó por el lomo, encontró la tira de cosido, y con la punta del cortaplumas fue cortando las puntadas de dos cuadernillos, una a una, doce puntadas, con las manos firmes.
Sacó tres hojas: dos del cuadernillo del pasaje y la de delante.
Las puso entre dos cartones que había traído para las fotografías y los cartones dentro de la carpeta de hule.
Ató otra vez el cuero, con las tiras, con el mismo nudo, y lo dejó en el mismo hueco de la pared, encima de la misma losa, junto al bloque pardo que no se podía abrir.
—Vámonos —dijo—. Se nos va la luz.
Y en el gateo de salida, con la cara pegada a la arcilla y empujando la carpeta por delante con las dos manos, mientras la piedra le rozaba la espalda, pensó por primera vez la cosa entera, con todas sus partes, y la pensó de corrido y sin escandalizarse: que lo que tenía que fabricar no era una mentira, sino un sitio de donde aquello pudiera salir.