El Evangelio de las Cenizas 40
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Salieron a las cinco y media de la borda de arriba.

Él llevaba pantalón de pana comprado para aquello, unas botas nuevas que le hicieron dos ampollas antes del hayedo, y una mochila con la cámara, doce bombillas de flash, el reflector, una linterna y una lata de carburo.

Doce kilos. Ella le quitó la mochila a los cuarenta minutos y le dejó la linterna.

En junio aquella ladera es otra cosa. Hay hierba hasta la rodilla, hay tábanos, y a partir de las diez el sol pega en la piedra y la piedra devuelve el calor a la cara. Se sube más despacio que en diciembre y se suda el doble.

Pararon nueve veces. Él no se quejó ni una y a las once tenía el color de un papel.

Llegaron a la boca a la una y veinte.

La leña seguía en la hornacina y encima de la leña había hojas del otoño. En la ceniza había un rastro de comida de zorro. La alpargata reventada seguía en su rincón.

Comieron pan y tomate sentados en la piedra de la derecha, y él estuvo callado, mirando el fondo.

—¿Por ahí?

—Por ahí.

Es un agujero a ras de suelo, de dos palmos y medio de alto por tres de ancho, entre la pared y una losa caída. Marcelle se tumbó boca abajo, empujó la linterna por delante, y entró con los codos.

Son cuatro o cinco brazas de gateo y hay dos sitios en los que la piedra baja y hay que girar la cabeza. Sale aire frío de dentro y ese aire huele a piedra mojada y a nada más.

Después se ensancha y se puede estar de pie.

Es una sala del tamaño de una cocina, con el techo bajo por un lado y alto por el otro, con el suelo de arcilla y con una pared que gotea al fondo, a la izquierda. Estaba a cinco grados y a la misma temperatura que en diciembre. Marcelle levantó la linterna.

Contra la pared de la derecha, en el sitio seco, había dos hombres.

No eran dos hombres: eran los huesos de dos hombres, y no estaban tirados, estaban puestos.

Uno más lejos y contra la pared, con las piedras que le habían echado encima.

El otro más acá, en el suelo, tumbado de lado y con las rodillas hacia arriba, sin piedras, con el cráneo apoyado en una laja como el que se pone un ladrillo debajo de la cabeza.

Del calzado quedaban dos suelas y unas tiras. De la ropa, unos costurones oscuros pegados a las costillas. En el suelo, cerca del segundo, un cuchillo con el hierro comido y un cuenco de madera partido en dos.

Él entró detrás y se quedó de rodillas nada más levantarse, y se quedó así mucho rato.

Entre los dos cuerpos, en un hueco de la pared, a la altura de la rodilla y encima de una losa plana, había dos bultos.

El primero era una masa parda, del tamaño de un pan grande, con el cuero de la tapa doblado hacia atrás y las hojas fundidas en un solo bloque, ondulado por los cantos, con una cara pegada a la otra. Parecía una piedra. Él la tocó con un dedo y no la movió.

El segundo estaba envuelto en un cuero atado con tiras.

Lo desató él, allí de rodillas, con las manos temblando pero muy despacio, y lo abrió encima de las propias rodillas.

Eran hojas de pergamino cosidas por el lomo, sin tapas, unas ciento y pico, onduladas y con manchas de humedad en los cantos y en las esquinas, y escritas por las dos caras con una letra pequeña, apretada y muy igual.

—Dame luz. Aquí. No, aquí.

Marcelle se puso a su izquierda y le acercó la linterna al hombro, y él se quedó una hora larga con aquello.

A los cinco minutos empezó a leer en voz baja, y leía y se paraba y volvía atrás, y una vez dijo una cosa en francés y se rio con un ruido feo, y siguió.

Y ella entendió, sin que nadie le explicara nada, tres cosas seguidas.

La primera, que aquello estaba escrito en la lengua de los legajos del archivo, la de las cuentas del burgo, la de su madre, porque le sonaba el sonido cuando él leía en voz baja, aunque no le entendiera casi ninguna palabra.

La segunda, que él sabía lo que iba a encontrar allí antes de subir, porque un hombre que se encuentra dos muertos por sorpresa no se pone a leer.

Y la tercera la hizo con las manos, después, sin pensarla: cogió el bulto de pergamino cuando él se lo pasó para que lo sujetara, y era del tamaño de un libro grande y pesaba lo que pesa un libro grande, y en diciembre ella había subido dos kilos setecientos por aquella misma ladera y los había bajado por el otro lado, y había cobrado doce mil francos por no preguntar.

No dijo nada.

A las cuatro él quiso las fotografías y no supo hacerlas.

Sacó la cámara, la abrió, sacó el reflector, puso una bombilla, y estuvo diez minutos con el visor delante de la cara diciendo que no veía nada. Es que no se ve nada: en una cueva no hay nada que ver por el visor hasta que dispara el flash.

Marcelle le quitó la cámara de las manos.

—Dígame lo que quiere que salga.

Hicieron nueve. Dos las perdieron: en la primera se le disparó el flash antes de tiempo y en la cuarta se movió él.

Ella lo resolvió como se resuelve todo en una cueva, que es apoyándose: puso la cámara encima de la losa, calzó un canto con un guante, y las últimas cinco las hizo así, contando en voz alta para que él no se moviera.

Cuatro del pergamino abierto por distintos sitios. Dos de los dos cuerpos. Dos generales de la sala, con la linterna encendida a un lado para que se viera dónde estaba la pared.

Y la última, la novena, la hizo él, desde el agujero, con ella dentro: Marcelle de pie junto a la losa, con el envoltorio en las manos, mirando a la cámara.

Salieron a las siete. Bajaron con la última luz y llegaron a la borda a las once de la noche.