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Al tercer día de la casa de los hermanos, Duran le arregló una pared a una mujer y les dieron de comer.
La pared era de piedra seca, de cierre de huerto, y se le había caído un trozo de dos varas con las lluvias de junio. Él la vio desde el camino, se paró, y se lo dijo a la mujer con las manos, porque con la boca no había manera.
Allí ya no entendían nada.
Empezó dos jornadas atrás. Primero fueron una o dos palabras raras, y luego un hombre que contestó en algo que no era ninguna de las dos lenguas que Duran había oído en su vida, y a partir de allí, todos.
Se pide con la mano en la boca y se señala.
Se dice el nombre de un santo y se ve si les suena.
Se sonríe mucho. Y algunos, uno de cada cinco o seis, saben cuatro cosas del otro lado y con esos se puede hablar.
Allí las casas tenían nombre.
Se dio cuenta en el segundo pueblo. A la gente la llamaban por la casa: el de tal casa, la de tal otra, y la casa se llamaba igual desde antes que ellos y se iba a llamar igual después. En su tierra un hombre es el hijo de su padre. Aquí un hombre es de una puerta.
La pared la levantó en tres horas y media.
Piedra seca es lo que él sabía hacer desde los once años: se busca la cara, se sienta, se traba con la de al lado y no se calza nunca por delante, que es lo que hace todo el mundo y por eso se les cae.
Guiraut le acercaba las piedras pequeñas y se sentaba, y se levantaba y le acercaba otras, y se le veía en la cara lo que le fastidiaba servir de tan poco.
La mujer les dio pan, higos y agua, y una manta vieja que no pidieron.
Comieron a la sombra, sentados en la parte de la pared que ya estaba hecha.
Duran hizo la cuenta, porque las cuentas se hacen: desde Oloron llevaban trece días.
Habían comido en seis. Habían dormido bajo techo en cuatro, y de esos cuatro, uno era la casa de los hermanos.
Les quedaban, si el hermano de la casa había dicho bien, cinco o seis jornadas hasta el puerto grande de allá, y luego lo que fuera.
Después se quedó mirando los higos y pensó en lo suyo, que era la primera vez en tres días que se paraba a pensarlo.
A ver si se entiende.
Cuando a un hombre le dan el consolament, lo que le hacen es ponerle las manos encima y leerle, y a partir de ahí ya no es un creyente: es de los otros, de los que van de dos en dos por los caminos.
Y lo que promete es esto: no comer carne, ni queso, ni huevos, ni nada de lo que se hace con macho y hembra; no jurar; no mentir; no tocar mujer; y no dejarlo hasta que se muera.
Y si lo deja, aunque sea una vez, se acabó, y hay que empezar otra vez desde el principio y con dos que puedan hacerlo.
No es un castigo. Es que se cae. Como una pared mal trabada.
Y lo que se pierde no es la costumbre de no comer tocino, que eso a los seis meses ya no cuesta nada.
Lo que se pierde es lo otro: que si te mueres estando dentro, se acabó para siempre; y que si te mueres estando fuera, vuelves.
Vuelves a nacer en un cuerpo, y otra vez, y otra vez, y todo lo que has andado no cuenta.
Duran tenía veintidós años y llevaba dos con eso encima, y ahora ya no lo tenía.
Se lo había quitado él solo, en una mesa, con una cuchara de palo, delante de un carretero y de un cojo que barría, y lo había hecho a propósito y mirando primero a la cara al hombre que estaba sentado enfrente.
Y no se arrepentía, y eso era lo que le daba vueltas.
Si volviera a pasar el jueves que viene, en otra casa, con otra olla, lo volvería a hacer, porque lo que había en aquella mesa era eso o eran dos hombres saliendo del hospital con una historia mal contada y con un hermano hospitalario mandando aviso al de arriba.
Lo pensó despacio, con un higo en la mano, buscándose por dentro el arrepentimiento, que es lo que había que encontrar, y no lo encontró.
Encontró otra cosa, más pequeña, que era la vergüenza de haber repetido plato.
Eso sí le dolía. Podía haber comido uno.
De lo del libro, mejor decirlo claro, porque a él se lo habían preguntado dos veces y las dos había contestado a medias.
Él no había leído un libro en su vida y no iba a leerlo.
Lo que llevaba Guiraut atado a la espalda era, para él, un bulto de cuero del tamaño de un pan grande y del peso de un pan grande, y todo lo que sabía de lo que había dentro era lo que le habían dicho: que estaba lo que hay que creer y que lo dice mejor que nadie.
Que estuviera mejor dicho ahí que en la boca de un hombre, eso ya no lo tenía tan claro.
En su casa eran seis y quedaban tres.
El padre, cantero, se mató en una cantera cuando él tenía nueve años, con una piedra que se soltó del carro.
El hermano mayor se fue con los del conde y no volvió, y no se sabe si por muerto o por listo.
Una hermana se casó en Belpech. La madre estaba viva la última vez que él supo, en el 42, y era creyente de toda la vida, de las que dan de comer y no preguntan, y en su casa habían dormido perfectos ocho o diez veces y una de ellas dos meses seguidos.
Así que él no descubrió nada a los veinte años. Él llevaba oyendo aquello desde que le llegaba a la mesa a la altura de la barbilla.
A él lo consoló, a los veinte años, un viejo de Laurac que se llamaba Peire y que no sabía leer tampoco.
Y lo hizo, no porque le convencieran las razones —las razones se las sabía desde niño y le parecían bien, como le parece bien a uno que el agua vaya hacia abajo—, sino porque estuvo tres días en una casa donde aquel viejo se estaba muriendo, y vio cómo se moría, y decidió que él quería morirse así.
Y ahora aquel viejo llevaba dos años muerto y quedaba este.
Este, que llevaba tres meses sin ver bien, que ya no distinguía el corte de una guadaña a doce pasos, que se caía al sentarse de tan flojo, y que iba andando hacia un sitio donde no hay nadie de los suyos con un bulto atado a la espalda porque le da la gana.
Y él iba detrás. Y no era por el libro.
Había cosas que ya hacía sin decirlas y sin que se hablaran.
Andar delante siempre, a paso corto, y decir en voz alta lo que hay en el suelo cuando hay algo: piedra, raíz, agua.
Al cruzar un arroyo, meterse él primero y quedarse en medio con el brazo estirado hacia atrás, y que el otro se agarre o no se agarre.
Al oscurecer, buscar el sitio de dormir media hora antes de lo que haría solo, porque media hora antes todavía se ve.
Sentarse a comer con el sol a la espalda de Guiraut y no de frente.
Y no darle nunca nada en la mano sin decir primero lo que es.
Eso lo había ido aprendiendo en dos meses, él solo, mirando, como se aprende una pared.
Se levantaron a media tarde, cuando la sombra de la pared se acabó.
Antes de salir, Duran volvió a la parte caída, quitó tres piedras de las de arriba y las volvió a poner de otra manera, porque una había quedado hacia fuera y con el invierno se iba a mover.
—¿Qué haces?
—Nada. Que estaba mal.
—Si ya nos vamos.
—Ya. Pero estaba mal.
Anduvieron hasta que se puso el sol y durmieron en un robledal, y Duran le puso a Guiraut la manta de la mujer por encima cuando ya se había dormido.