El Evangelio de las Cenizas 38
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Aquel jueves salieron del archivo a las nueve menos cuarto, porque había que entregar una relación el lunes y llevaban tres días de retraso.

Estaba nevando poco y mal, de esa nieve que no cuaja y que moja las farolas.

La relación era de trescientas cuarenta y una partidas de un libro de cuentas, y había que sacar de cada una la fecha, el nombre, el concepto y la cantidad, y ponerlo en cuartillas a dos columnas.

Él dictaba y ella escribía, y cuando a él se le iba la vista con las cifras árabes de aquella mano, que las hacía todas iguales, se las leía ella.

Aquel día habían hecho ciento diez partidas.

En la sala del archivo no hay estufa y hasta las once de la mañana no se puede escribir sin guantes.

Comieron en la casa de comidas de la esquina, que era donde comía él cuando no lo invitaba nadie: seis mesas, hule de cuadros, una cortina de tiras en la puerta de la cocina y el hijo del dueño haciendo los deberes en la mesa del fondo.

Había alubias, huevo frito y una manzana. De beber, vino o agua. Café no había: había achicoria, y el dueño lo decía cada vez con la misma frase, como si fuera la primera.

Él llevaba todo el día contento porque había cerrado la serie del 1266.

Y después del huevo, mientras esperaban la manzana, dijo lo que llevaba desde diciembre sin decir.

—¿Le puedo preguntar una cosa de aquel viaje?

—Pregunte.

—¿Cómo se hace?

—¿Cómo se hace el qué?

—Cruzar. Se lo pregunto de verdad. Yo llevo veinte años leyendo documentos de gente que cruzaba esos puertos en el siglo XIII y no tengo ni idea de qué es lo que hacían con las manos.

A Marcelle le hizo gracia y se lo contó.

Se lo contó como se cuenta el trabajo, que es lo que era: por orden y sin adornos.

Que se sale de noche, dos horas antes de que amanezca, porque la primera parte es de pista y la pista se anda a oscuras.

Que la carga se pone alta, encima de los omóplatos, y no baja, porque si baja te saca del muro cuando trepas.

Que se sube a paso corto y contado, siempre el mismo, y que el que cambia el paso llega arriba reventado.

Que el collado se elige por el viento y no por la altura. Que con el viento del sur la nieve se pone blanda a media mañana y deja huella, y que la huella se ve desde el otro lado del valle, así que con viento del sur se va por donde el viento barre, aunque sea más alto y aunque haya que trepar.

Que en el collado no se para. Que se mira y se sigue.

Que en la subida se come dos veces y se bebe cuatro, y no más, porque el agua pesa.

Y que se calcula al revés: no se calcula cuánto se tarda en subir, se calcula a qué hora hay que estar abajo, y de ahí se cuenta hacia atrás; y que si las cuentas no dan, no se sale, aunque se pierda el jornal.

Él la escuchaba con el tenedor en la mano y sin comer, que era lo que hacía cuando algo le interesaba de verdad.

—¿Y si le pilla la noche?

—Si me pilla la noche estoy dentro.

—¿Dentro de dónde?

—De la cueva. Hay una cueva a mano derecha bajando, en el tercer rellano, detrás de un enebro. Ahí hay leña y hogar y se duerme bien. Se duerme del lado de acá.

—¿Del lado de acá de qué?

—Al fondo se estrecha y hay que pasar a gatas. Pasada la angostura no se duerme.

—¿Por qué?

—Porque ahí dentro hay dos muertos, de las guerras.

Él dejó el tenedor encima del plato.

—¿De qué guerras?

Marcelle se encogió de hombros.

—De las guerras.

—Pero ¿de cuáles? ¿De la de ahora? ¿De la del catorce?

—No sé. De las guerras. Eso se dice allí.

—¿Quién lo dice?

—Todo el mundo. Mi tío. El que le enseñó a mi tío. En el valle, pasada la angostura no se duerme, y ya está, como no se bebe del pozo de la borda de arriba, que tiene el agua mala. Son cosas que se saben.

—¿Y usted no ha mirado nunca?

—¿Para qué?

Él abrió la boca y la volvió a cerrar, y en ese momento el dueño llegó con las dos manzanas y con la conversación de todas las noches, que era el frío, y estuvieron cinco minutos con el frío.

Después él preguntó dos cosas más, y las preguntó como quien pregunta por preguntar, mientras pelaba la manzana con el cuchillo, en una sola tira.

Primero, si la cueva tenía nombre. Marcelle dijo que no, que la cueva era la cueva.

Y luego, si eso de los muertos lo decían solo en la casa de su tío o lo decía también la gente de los otros pueblos del valle.

—Lo dice todo el mundo. En el valle de al lado también, que allí subían antes con las ovejas.

—¿Y cuánta gente sube ahí?

—Ahora, poca. Antes, en verano, mucha. Ahora ya casi no se sube: la trashumancia se ha ido para el otro lado, por la pista nueva, y por ahí ya no pasa nadie más que el que va a por leña.

Él terminó de pelar la manzana y le dio la mitad.

Pagó, cogieron los abrigos y salieron, y por el camino él iba callado, que también le pasaba a veces cuando había cerrado una serie.

En la esquina de la calle Mayor se despidieron. Él le recordó que el lunes había que entregar la relación y que el sábado convenía trabajar por la mañana, y ella dijo que muy bien.

Aquella noche Marcelle se lavó las medias en la palangana, las escurrió y las tendió detrás de la puerta, y contó el dinero de la lata, que ahora era una caja de galletas y estaba debajo de la cama: mil doscientas al mes, mes y medio, menos la pensión, menos lo del correo, menos unos zapatos.

Se acostó a las once y se durmió enseguida, porque se levantaba a las siete.

No volvió a acordarse de aquella conversación.