El Evangelio de las Cenizas 37
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El permiso para trabajar en el Archivo General se lo dieron en dos días y se lo dieron en una tarjeta.

Lo había pedido por escrito desde Toulouse en enero, con dos folios de justificación y la carta del decano.

En Francia aquello son seis semanas y una comisión.

Aquí, don Fermín se lo enseñó el martes a un señor que estaba tomando café, el señor dijo «hombre, faltaría más», y el jueves un ordenanza le entregó una tarjeta con su nombre escrito a máquina y un sello.

Fue lo primero que anotó en el cuaderno, aquella misma noche: aquí las cosas las autoriza una persona, no un procedimiento. Ventajas obvias. Inconvenientes, los mismos.

En marzo cogió el paquete de casa de don Fermín y lo subió a la calle del Carmen.

La casa tenía dos habitaciones, una cocina con fogón de carbón, una ventana a un patio de vecindad y una puerta con cerradura de dos vueltas. En la habitación de dentro puso la mesa contra la pared, y encima de la mesa dos fieltros, y encima de los fieltros nada durante el día.

Su vida pública de aquellos meses fue excelente y fue verdad.

Iba al archivo de nueve a dos. Trabajaba las cuentas del burgo, que eran mejores de lo que le habían prometido: administración municipal del siglo XIII en occitano de notario, con los nombres de los que compraban, vendían, pleiteaban y se morían en una ciudad de seis mil habitantes a cuatrocientos kilómetros de donde se hablaba esa lengua.

Se le pasaban las mañanas en cuarenta minutos.

Y por las tardes hacía lo otro, que también se le daba bien y que le costaba más: ser útil.

Y a cambio consiguió lo que había ido a buscar y que no era un fondo: una mesa junto a la ventana del fondo, la de la izquierda, la que nadie usaba porque hacía corriente, y que le dejaron poner en un rincón, y que era suya.

Y con la mesa, el silencio: en cuatro meses nadie le preguntó nunca en qué estaba trabajando, porque todo el mundo sabía en qué estaba trabajando.

La chica trabajaba con él seis días por semana y le resolvía tres problemas al día.

Sujetaba los legajos abiertos con las palmas planas, que es lo que hace un buen ayudante y lo que no hace ninguno; le leía las cifras en voz alta; y una mañana de abril, mientras él andaba atascado con un topónimo que no encontraba en ningún repertorio, ella miró el folio desde donde estaba y le preguntó si aquello no sería el nombre de una casa.

En occitano, una casa de un pueblo, con el nombre del dueño delante.

Era eso. Él llevaba dos días buscando un lugar en un mapa y lo que había era una casa con nombre.

—¿Cómo lo ha sabido?

—Porque yo soy de un sitio donde las casas tienen nombre y la gente no.

De la casa donde él vivía no habló jamás con nadie.

Trabajaba de nueve a doce de la noche, con la mesa despejada, con las manos lavadas y con la puerta cerrada, aunque no hubiera nadie en el piso. Ocho o diez hojas por semana. Transcripción, aparato, y sus cuartillas de dudas por cada hoja.

La cuartilla de dudas era el problema.

Cuando un hombre transcribe un texto y no entiende una línea, hace dos cosas: la deja marcada y se la enseña a otro.

Eso es lo que hace todo el mundo desde que existe esto.

Se la enseña a un colega en un pasillo, o la manda en una carta, o la lleva a un congreso y la pone en una pizarra, y alguien dice «eso no es un dativo, es una haplografía», y en cuatro segundos se resuelve lo que uno lleva tres semanas mirando.

Él tenía ciento noventa cuartillas de dudas y no tenía a nadie.

En abril lo intentó.

Escribió a Roma, a un hombre al que no conocía y que había publicado en el 39 un artículo sobre el copto de los textos herméticos, y le planteó una consulta hipotética, redactada con muchísimo cuidado: que estaba trabajando sobre el problema de la transmisión occidental de ciertos dualismos, y que le interesaba saber, en general, qué peso concedería un especialista a una lectura variante aislada en un testimonio no localizado.

Tardaron siete semanas en contestarle y le contestaron con dos folios corteses y enteramente inútiles, que venían a decir lo que él ya sabía: que sin ver el testimonio no se puede decir nada, y que le mandaran una fotografía y con mucho gusto.

Quemó el borrador de la carta en el fogón, que fue una tontería, porque el borrador no decía nada. Pero la quemó.

Y en mayo, en la hoja setenta y tres, hizo por primera vez lo que no se hace.

Aquella hoja tenía un desgarro antiguo en la mitad de la columna, de arriba abajo, de unos dos centímetros de ancho, con las fibras deshechas.

A la izquierda del desgarro se leía el principio de la frase.

A la derecha, el final. En medio faltaban, contando por el ancho y por la letra de esa mano, entre nueve y once caracteres.

Y no podía ser otra cosa.

Por la sintaxis, por la doctrina, porque la misma construcción salía dos veces más en las hojas anteriores y porque el resto de la frase no admitía otro sujeto. Un estudiante de segundo año lo habría restituido igual. Cualquiera lo habría restituido igual.

Lo escribió sin corchetes.

Lo escribió en la transcripción, con su lápiz, con la misma letra que lo demás, en el hueco, y siguió con la línea siguiente, y a los dos días, al repasar la hoja, se paró en aquel sitio y estuvo un rato mirándolo. Y no le puso los corchetes.

Al final de la primavera ya no tenía dudas sobre lo principal, y las que tenía eran de detalle.

Tenía un códice de mediados del siglo IV, de tres textos, con una recensión del primero que no coincidía en cinco lugares con lo poco que del primero se sabía. Tenía, si aquello se publicaba, la discusión de veinte años y su nombre dentro de ella.

Y tenía, para explicar cómo había llegado a sus manos, exactamente esto: un anticuario que le había dicho que no volviera, ciento sesenta y cinco libras egipcias pagadas sin recibo, un reloj vendido al peso, una frontera cruzada por otra persona, y un certificado firmado de su puño en el despacho de un notario de Foix, con una fecha de 1937 que era falsa.

Aquello no era un problema de valentía. Lo pensó muchas veces aquel mayo, andando a mediodía por la muralla, y siempre le salía la misma cuenta: que no era que no se atreviera.

Era que no había manera. Enseñar el códice era enseñar la cadena entera, y en la cadena entera había un delito con firma suya, y con el delito se caía el códice, y con el códice se caía él.

El último domingo de mayo hizo recuento, porque los recuentos se hacen a fin de mes.

Hojas transcritas: setenta y tres de ciento treinta y ocho. Cuartillas de dudas: doscientas cuatro. Personas en el mundo que sabían que aquello existía: una, y estaba sentada en aquella silla.

Cerró la carpeta, la metió en el cajón de abajo, dio las dos vueltas a la puerta de la habitación aunque no hubiera nadie en el piso, y bajó a la calle a comprar el pan, que los domingos cerraban a la una.