El Evangelio de las Cenizas 36
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Bea llamó el martes a las dos y veinte, que era su hora de comer y no la de Inés.

—¿Qué oferta?

—Y se pide otra.

—¿Y las arras cuánto son?

—El diez por ciento. Catorce mil ochocientos, a cuenta del precio, en una notaría, las dos, con el sobrino delante. Media hora. El notario tiene hueco el viernes a las doce.

Inés miró el calendario del ordenador. El viernes 22 tenía comité de proyecto a las nueve y media, y a las cuatro una llamada con París que se podía mover.

—Voy el viernes.

—¿Seguro?

—Voy el viernes. Cojo el de las seis y cuarto del jueves y estoy a las nueve en tu casa.

—Vale —dijo Bea—. Se lo digo a Aitor y al notario.

Colgaron a las dos y veintiséis. Inés no reservó el billete, porque el tren de las 18.15 nunca se llena y porque estaba a mitad de una cosa.

La cosa eran cuatrocientas páginas.

Se las había mandado el comandante Cazenave en abril, y ella las había abierto por curiosidad y llevaba tres semanas metida dentro.

Son listas de bultos hechas a mano en 1943 por gente que vaciaba pisos, con la fecha, la calle, el número de portal, el número de lote y una columna de destino.

Cuatrocientas páginas de letra alemana corriente, mal fotocopiadas, sin índice y sin transcribir.

Ella era, probablemente, la única persona de Francia con las cuatrocientas páginas en el escritorio y con la formación para leerlas de corrido.

El método era el de siempre y era lento.

Página a página, con dos ventanas: en una, la imagen; en otra, una tabla que iba rellenando con seis columnas —fecha, calle, portal, lote, contenido resumido, destino—.

Doce páginas por hora si la letra era la del escribiente bueno; cinco si era la del otro, que ponía las eses largas y ligaba la ch de una manera que había que resolver por contexto.

Ochocientas cuarenta filas en tres semanas.

Nadie le había pedido aquello. No estaba en el proyecto, no estaba en ningún convenio y no había un solo papel que dijera que ella podía tener esas páginas.

El miércoles por la tarde, en la página doscientos once —y se rio sola por el número—, encontró una columna de destino con una abreviatura que se repetía siete veces y que no era la de siempre.

La misma que en las listas de Burdeos aparecía dos veces, y una de esas dos veces al lado de un lote de dos cuadros.

Estuvo hasta las once de la noche cruzando fechas. A las once tenía una hipótesis: que aquellos siete lotes no habían ido al depósito grande, sino a un almacén intermedio del suroeste, y que del almacén intermedio salían por otra vía y con otra gente.

Se acostó a las doce y media pensando en el mecanismo, y se durmió deprisa, y el jueves se levantó a las siete y a las siete y media ya estaba otra vez en las listas.

A las once de la mañana del jueves se acordó de que salía a las 18.15.

Y entonces hizo la cuenta, y la cuenta le salió así: si aquella tarde dejaba las listas y cogía el tren, el lunes tenía que volver a empezar, porque eso no se retoma, se retoma la lectura pero no lo otro; si en cambio se quedaba el fin de semana, el lunes tenía el cuadro entero y podía llamar a Nanterre con algo en la mano; y las arras se podían firmar por poder, que para eso existen los poderes, o el 1 de junio, que era lunes, y el sobrino era un hombre razonable que llevaba año y medio con la casa vacía.

Llamó a las once y veinte.

—No puedo ir el viernes.

Hubo un silencio de tres segundos, que en una llamada de móvil son largos.

—Vale.

—Bea, es que tengo aquí una cosa que si la suelto...

—Que vale. ¿Puedes el lunes?

—El lunes tengo comité de coordinación a las diez, pero eso lo puedo hacer por vídeo desde Pamplona.

—Entonces el lunes.

—El lunes seguro.

—Voy a llamar a Aitor —dijo Bea—. La oferta caduca el viernes igual, así que hay que pedir otra. Y voy a llamar al sobrino.

—¿Lo llamas tú?

—Lo llamo yo, sí. Lo he llamado siempre yo.

La conversación duró cuatro minutos y once segundos, y en esos cuatro minutos y once segundos ninguna de las dos dijo ni una palabra que no fuera un día de la semana, un trámite o un nombre propio.

El viernes trabajó desde las ocho y media de la mañana hasta las diez y media de la noche, con hora y media de comité por en medio y con un bocadillo.

El sábado, de nueve a nueve.

Sacó ciento sesenta filas nuevas, cerró las siete de la abreviatura rara, encontró una octava en las listas de Burdeos y ordenó todo el bloque por fechas.

A las siete de la tarde del sábado tenía cuatro páginas escritas para Cazenave, con la tabla en un anexo, y a las nueve las había releído dos veces y no las había mandado, porque el domingo se ve mejor.

El sábado por la tarde, Bea le mandó una foto.

Era el anuncio de la agencia de Alsasua, con seis fotografías de la casa hechas con gran angular, en las que la cocina parecía el doble de grande, y el texto: casa de piedra en Uharte-Arakil, 240 m² en dos plantas más borda, para reformar .

Ciento sesenta mil euros.

Debajo, Bea había escrito: Ha esperado hasta el viernes a las 8 de la tarde.

Inés miró la foto en el sofá, con el ordenador abierto en las rodillas y con la página doscientos once en la pantalla. Escribió joder , lo borró, escribió ¿podemos negociar con la agencia? , lo borró también, y al final escribió: ¿el lunes voy igual?

Bea contestó a los veinte minutos: Si quieres.

El domingo hablaron doce minutos y Bea le contó lo del sobrino, porque Inés se lo preguntó.

Había llamado el viernes a las ocho y diez de la tarde, desde el coche, y había estado muy correcto.

Dijo que él lo entendía, que cada uno tiene su vida, y que él lo que tenía era un tío en una residencia de Alsasua a mil novecientos euros al mes y una casa vacía con la cubierta a punto de entrarse.

Dijo que si Inés y Bea querían igualar el precio de la agencia, hablaba con la agencia el lunes y se lo quitaba.

Dijo también que la casa se la habrían dejado en ciento cuarenta y ocho en febrero.

Y luego preguntó por dos perros de un ganadero de Arbizu a los que Bea había operado, y estuvieron cinco minutos con eso, y se despidieron bien.

Los números, ordenados, quedaron así. La casa, ciento sesenta mil en vez de ciento cuarenta y ocho: doce mil más.

Con la agencia, comisión aparte, que la paga el vendedor pero la mete en el precio.

Oferta bancaria caducada, y otra que pedir, con tasación nueva de trescientos ochenta euros que ya estaba pagada dos veces.

El plazo, que en febrero era junio y en marzo era junio, ahora era, con suerte, septiembre.

En la otra columna, la del fin de semana: ciento sesenta filas nuevas y ocho lotes cerrados.

Y el lunes fue, y estuvieron bien, y no hablaron de la casa en todo el día.