El Evangelio de las Cenizas 35
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Volvía a lo suyo por las noches, y volvía como se vuelve a las cosas que uno sabe que le hacen daño: sin decidirlo, a una hora concreta y con la excusa puesta desde la mañana.

Extendió el esquema encima de la mesa de la cocina y lo sujetó con la caja y con un bote.

De los catorce, había uno que era la razón de todo aquello, y no lo decía en ningún sitio porque un investigador no dice nunca que empezó por una frase.

Ella había leído esa línea en su primer año de contrato, en una pantalla, un jueves por la tarde, y se había quedado media hora mirándola. Hacia el poniente, desde Mirepoix, es su casa.

Al lado, 1321. El último de los perfectos conocidos, quemado en Villerouge, después de la partida de los Autier y del último rebrote, con todo el aparato inquisitorial de Pamiers levantando actas de una precisión que todavía hoy da vértigo. A partir de ahí, en Occitania, se acabó.

Y abajo del todo, a la derecha, 1608. Las primeras denuncias del valle. 1610, el auto de fe. Cincuenta y tres relajados y reconciliados en un tablado de Logroño, de los cuales veintinueve por brujería.

En medio, entre 1321 y 1608, la hoja estaba en blanco.

Doscientos ochenta y siete años.

Eso ya lo sabía. Lo que hizo aquella noche —y esa fue toda la novedad del martes— fue medir el blanco con un dedo y compararlo con lo demás, y el blanco era más ancho que todo lo demás junto.

Entre la caída de Montsegur y el último perfecto hay setenta y siete años, y esos setenta y siete están documentados folio a folio.

Entre el último perfecto y la primera bruja de Zugarramurdi hay casi tres siglos y no hay nada.

Ni un proceso. Ni una denuncia. Ni una carta. Ni una palabra en un sermón.

Se sirvió media copa de vino y se puso a hacer lo que llevaba tres años haciendo bien, que era explicárselo.

Objeción primera: el silencio de las fuentes no es el silencio de la cosa.

Una tradición clandestina no genera documentos por definición; los documentos los genera el que persigue, y donde no hay persecución no hay papel.

Correcto. Y sin embargo: en aquellos tres siglos hubo, en esos valles, visitas pastorales, procesos por sortilegios, pleitos de límites, actas de concejo, cuentas de fábrica y dos inquisiciones distintas trabajando a ambos lados.

Papel hubo. Persecución hubo. La ausencia no es de documentación: es de ese contenido en una documentación abundante.

Objeción segunda: la continuidad no tiene por qué ser doctrinal, puede ser de prácticas.

Bien. ¿Qué prácticas? Aquí tenía dos y las dos eran flojas, y lo sabía desde el principio: una fórmula de bendición de pan recogida en 1611 que se parece —se parece— a la de la bendición del pan de los bons omes; y la insistencia de tres testigos del valle en que en los conventículos no se comía carne.

Lo del pan lo había defendido en la nota de 2024.

La reseña le contestó, con toda la razón del mundo, que la fórmula del pan es una fórmula bíblica y que la comparten media docena de tradiciones que no tienen nada que ver entre sí.

Sacó la carpeta de gomas y leyó la reseña otra vez, que se la sabía.

Eran dos páginas y media en una revista que leen ochocientas personas, firmadas por alguien que sabía de lo que hablaba, y no eran groseras: eran peores que groseras, eran razonadas. La frase que se le había quedado clavada estaba al final del segundo párrafo:

La autora reúne indicios que, tomados de uno en uno, admiten explicaciones más económicas, y los presenta reunidos como si la suma cambiase la naturaleza de los sumandos.

Detrás, grapada, estaba la respuesta que ella escribió en tres noches de marzo de 2024 y que no mandó. La leyó por encima. En el segundo párrafo se preguntaba, con retórica, si el reseñista había leído los documentos o solo el resumen.

Menos mal que no la había mandado.

Objeción tercera, y esta era la suya, y era la buena.

En los Alpes, en el siglo XV, los inquisidores llaman a las brujas gazarii .

Y gazarii no es una palabra que signifique bruja: es una de las palabras con las que se designaba a los cátaros.

Está en los tratados, está en los procesos del Delfinado y del Valle de Aosta, y está usada con toda naturalidad, como quien sigue llamando a una cosa por el nombre de otra que estuvo ahí antes.

Eso no se lo había podido rebatir nadie.

Y a partir de ahí el razonamiento era sencillo y era limpio: si en 1430 los inquisidores alpinos siguen llamando cátaros a lo que persiguen, es porque en 1430 quedaba, en los valles, algo lo bastante parecido como para llamarlo así.

Y si quedaba en los Alpes, pudo quedar en los Pirineos.

Y si quedó en los Pirineos, en 1610 lo estamos viendo por última vez, deformado, mezclado y llamado brujería.

Lo leyó tal como lo acababa de pensar, con esas mismas palabras, y le sonó bien.

Le sonó tan bien que se levantó, aclaró la copa y la puso boca abajo en el escurridor, y se quedó de pie con las manos en el borde del fregadero.

Porque la cadena tenía tres «si» y un «pudo».

Y porque llevaba tres meses diciéndole a todo el mundo —a Rémi, a Eychenne, a un policía de Nanterre— que una cosa no se demuestra queriendo que sea verdad.

Volvió a la mesa, cogió el esquema y le dio la vuelta, y en el reverso, en el papel de embalar, escribió tres cosas que había que mirar antes de escribir una línea más: la primera, el uso real de gazarii en los procesos alpinos, no lo que dicen de él los manuales; la segunda, si alguien lo había estudiado con la palabra y no con la idea; la tercera, el hueco de tres siglos, de frente y sin excusas.

Miró las tres líneas. Eran tres semanas de trabajo, y de las tres, dos podían salirle mal.

Dobló el papel de embalar en cuatro, lo metió en la caja, puso encima el cuaderno y las carpetas, cerró la tapa y devolvió la caja al armario del pasillo.

Al día siguiente contestó a la revista de Iruña que sí, que les mandaba el texto en septiembre.