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Don Fermín no estaba.
Marcelle bajó, buscó pensión en la misma calle, pagó por adelantado tres noches y se quedó nueve.
Don Fermín tenía setenta años, una bata encima del traje y un despacho con dos balcones y ni una silla libre.
Cogió el paquete con las dos manos, lo miró por los dos lados, leyó el nombre que venía escrito en el hule con lápiz de carpintero, y lo dejó en el estante de arriba de un armario, encima de unas carpetas y detrás de un tiesto.
—Ahí no le da el sol —dijo.
—¿No lo va a abrir?
—Me ha pedido el profesor que no lo abra hasta que él venga. Pues no lo abro. —Se rio—. Y le digo una cosa: a mi edad ya son pocas las ventajas, y una de ellas es que las curiosidades se me pasan en dos días.
Le pagó allí mismo, en pesetas, seis mil francos convertidos por un cambio que se sacó de una libretita y que era el que era.
Marcelle contó los billetes, y no dijo nada, porque el cambio del que paga es siempre el cambio del que paga y porque el hombre estaba haciendo un favor a un amigo y no un negocio.
Le sirvió un café con leche y estuvo veinte minutos contándole qué había en el archivo de la ciudad, que era lo que a él le interesaba del mundo. Cuando ella se levantó, le preguntó si podía hacer algo por ella.
—Volver a Francia.
Y entonces se rio otra vez y le dijo que eso, precisamente eso, no.
El 14 nevó tres días seguidos.
Marcelle subió el 20 hasta la última borda del valle a mirar, que son cuatro horas, y desde abajo vio lo que había: la canal de la izquierda cargada hasta arriba y una placa de nieve nueva encima de la vieja, sin asentar, de las que se van enteras cuando les pisas el borde.
Un metro y medio en el rellano de la peña.
Y por el cordal, con esa costra, no se pasa.
Bajó y se lo dijo a su tío, y su tío dijo lo que dicen todos: que hasta marzo, nada.
Podía haber bajado a la costa, ir a Irún y probar por abajo. En Irún hay puente, hay río y hay gente que pasa gente todas las noches, y eso vale doscientas pesetas y un carnet que ella no tenía.
Porque el problema no era la nieve. El problema era el papel.
Al otro lado, en Francia, ella era una mujer de veinte años con una cédula y con un pueblo.
Aquí no era nadie. No había cartilla a su nombre, y sin cartilla no hay pan, ni aceite, ni azúcar, ni jabón; hay lo que se compra en la trastienda a tres veces el precio, y eso lo pagaba con lo de don Fermín.
En la pensión le daban de comer y la patrona no preguntaba nada porque le convenía no preguntar.
Aquel invierno, en Pamplona, un kilo de pan de la cartilla valía uno con veinte y el mismo kilo por detrás valía siete.
Estuvo cinco semanas.
Aprendió la ciudad como aprendía los puertos: por dónde se anda, dónde da el viento, a qué hora abre cada cosa.
Se levantaba a las siete y media, desayunaba en un bar de la calle de la Merced, y andaba.
En cuatro semanas se supo el casco entero, las tres iglesias, la muralla, el río, el mercado, y el sitio del paseo donde se ponen los que buscan trabajo.
Preguntó en dos casas de comidas y en una fábrica de conservas. En las tres le preguntaron por el papel.
El 3 de febrero le llegó carta de Toulouse a la pensión.
El profesor llegaba el 11 o el 12, en cuanto abrieran el paso de Behobia, que abría el día 10. Le preguntaba si seguía allí. Le decía que si seguía allí, tenía trabajo para ella, y que el trabajo era de manos y no de cabeza, y que pagaba mil doscientas pesetas al mes.
Llegó el 12, con dos maletas y con un catarro.
El trabajo era en el Archivo General y en la casa de la institución, seis días por semana, de nueve a dos y de cuatro a siete. Él trabajaba con legajos de cuentas del siglo XIII escritos en su lengua, que era la de ella, y que allí nadie leía.
Ella sujetaba. Sujetaba el legajo abierto con las dos manos y con las palmas planas, sin doblar, mientras él copiaba.
Le leía los números en voz alta cuando él los pedía, porque los números en aquella letra se le iban.
Marcaba con tiras de papel los folios que había que volver a ver.
Ordenaba las cuartillas al final del día y las ataba por fechas.
—Usted lee mejor que dos ayudantes que he tenido —le dijo él el cuarto día.
—Yo leo lo que está escrito como se habla.
—Eso es exactamente leer.
En la pensión, la patrona le puso su nombre en la lista de huéspedes y la registró de una vez por todas, y a partir de marzo le daba la cena incluida por el mismo precio.
El profesor no fue a buscar el paquete.
Marcelle se lo dijo el primer día, en cuanto lo vio: que estaba entregado, y dónde, y que don Fermín no lo había abierto. Él dijo «muy bien» y siguió deshaciendo la maleta.
Las primeras semanas vivió en una fonda de la plaza, en un cuarto con la puerta sin llave y la ventana al patio, y comía con gente en una mesa larga.
En marzo alquiló dos habitaciones y una cocina en la segunda planta de una casa de la calle del Carmen, con puerta a la escalera y llave propia, y la primera tarde que durmió allí, al día siguiente, fue a la calle Zapatería.
Hasta entonces, el paquete siguió donde estaba: en el estante de arriba de un armario, encima de unas carpetas y detrás de un tiesto.