El Evangelio de las Cenizas 33
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Desde Oloron anduvieron nueve días y comieron cuatro.

Comieron el pan del reparto los dos primeros. El tercero, moras verdes y una raíz que Duran conocía. El cuarto y el quinto, nada. El sexto, en una era, un hombre les dio media hogaza por ayudar a cargar gavillas media tarde. El séptimo y el octavo, nada.

El hambre de nueve días no es la de dos.

La de dos duele en el estómago. La de nueve se sube: se pone en las piernas primero, que se vuelven de otro, y luego en la boca, que se seca y sabe a metal, y luego en la cabeza.

Guiraut llevaba desde el séptimo día viendo una mancha negra a la izquierda cuando se levantaba deprisa, y desde el octavo, con el sol de la tarde de frente, no distinguía si lo que había en el camino era una piedra o una boñiga hasta que la pisaba.

El noveno, le empezó a temblar la mandíbula andando y no era de frío, y a media mañana se sentó en el suelo sin darse cuenta de que se sentaba.

Duran lo levantó y le quitó el libro y la manta y se lo cargó todo él.

—Hay una casa —dijo—. La han dicho en el molino. A dos leguas, en el llano, y dan de comer a todo el que llega.

—No.

—Dos leguas.

—Duran.

—A todo el que llega —dijo Duran—. Yo entro. Tú entras conmigo o te quedas en el camino sentado, y si te quedas en el camino sentado, por la tarde te levanta alguien y te lleva igual, y entonces vas tú solo y sin mí.

Llegaron a la hora nona.

La iglesia estaba en un llano, sola, con cuatro casas alrededor y un cercado con vacas.

Era de piedra buena, con una torre encima del crucero que tenía las ventanas caladas, y por dentro, cuando entraron a la sombra, la luz bajaba de aquellas ventanas en cuatro rayas y en el suelo había alguien fregando.

El hospital era el edificio de al lado: una nave larga con doce jergones, una lumbre, una mesa de tablas y un cobertizo detrás.

Los recibió un hermano de unos cincuenta años, con el hábito remangado y las manos de haber estado con las vacas.

Les preguntó de dónde venían. Duran dijo lo que se decía. Les preguntó adónde iban. Duran dijo lo que se decía. El hermano asintió y les explicó la casa como se la explicaba a todos, deprisa y de memoria, mientras les señalaba dónde poner las cosas.

Que allí se da de comer al que llega, y cama tres noches, y si está enfermo, hasta que ande.

Que no se pide nada y que si alguien tiene, deja.

Que aquello no es un monasterio: es una casa de la orden del puerto grande, de las que están puestas en el camino de arriba para que la gente no se muera en la nieve, y que hay siete u ocho, de este lado y del otro, con el hospital de arriba del puerto en medio.

—¿Y por aquí, hacia el poniente? —dijo Guiraut.

—Por el poniente ya no somos nosotros. Por el poniente está la casa grande, la del otro puerto, la de Roncesvalles.

—¿Es de ustedes?

—Fue —dijo el hermano, y se rio con media boca—. Éramos los mismos, hace ciento y pico años. Se apartaron, y ahora son ellos, y tienen más tierras que nosotros y más de todo. Cosas de casas.

—¿Y está lejos?

—A ocho o nueve jornadas, si andas bien. Ya no es Francia.

La casa vivía de tres cosas y las dijo sin que nadie preguntara, porque a un hermano hospitalario le gusta que se sepa cómo se paga lo que se da.

Tenían dieciocho vacas y un prado grande.

Tenían las rentas de dos molinos que había dejado un señor de la comarca al morirse.

Y tenían lo que dejaba la gente al pasar, que en verano era bastante y en invierno era nada.

—Y en invierno es cuando hace falta —dijo—. Eso lo arreglamos guardando en verano, como todo el mundo.

El cojo del rincón llevaba allí desde febrero. Se le había gangrenado un dedo del pie y se lo habían quitado, y ahora barría, y no se iba porque adónde. Estaba en la casa por la misma razón por la que aquellas casas existen, que es que en el camino de un puerto la gente se muere de cosas pequeñas.

Después dio dos palmadas y dijo que se comía enseguida.

A la mesa se sentaron once. Ellos dos, un carretero con su mujer, cuatro hombres que iban a una feria, un cojo que vivía allí desde el invierno, y un chico que servía.

La olla era de habas con berza, y encima de la berza, en cada escudilla, dos trozos de tocino y un trozo de carne de la que se cuece dos horas.

El hermano bendijo, se sentó al cabo de la mesa y se puso a comer, y mientras comía hablaba con el carretero de los precios del hierro.

Guiraut cogió el pan.

Duran no.

Duran se quedó con las dos manos encima de las rodillas, debajo de la mesa, mirando la escudilla, y estuvo así lo que tardan los demás en dar tres cucharadas. Después miró a Guiraut.

Fue una mirada corta, sin ninguna pregunta dentro, porque no estaba preguntando nada: estaba avisando.

Guiraut no hizo nada.

Podía haber hecho tres cosas. Podía haber dicho que no con la cabeza.

Podía haber empezado a toser y levantarse y sacarlos a los dos de allí.

Podía haber dicho en voz alta que estaban de ayuno, y el hermano habría dicho lo que dicen todos, y el carretero habría preguntado que en julio por qué, y a lo mejor no habría pasado nada y a lo mejor sí.

No hizo ninguna. Se quedó con el pan en la mano y bajó los ojos a la mesa.

Duran cogió la cuchara y comió.

Comió despacio y se lo comió todo, y no dejó la carne para el final ni la escondió debajo de la berza: se la comió con lo demás.

Habló dos veces con el hombre de al lado.

Cuando el chico pasó con la olla, alargó la escudilla y dijo que sí, y se comió el segundo plato también, porque un hombre que ha andado nueve días y come uno y se para es un hombre raro, y el que hace las cosas a medias es al que miran.

Guiraut comió pan, y berza que sacó del caldo con dos dedos, y no lo miró en toda la comida.

Salieron al cobertizo cuando el resto se echó. Duran fue al cercado, se puso al otro lado de la pared y estuvo allí un rato largo. Volvió con la boca limpia y con los ojos rojos, y se sentó en el suelo con la espalda en la pared, y no dijo nada.

Se hizo de noche. Los otros dormían dentro.

Guiraut se levantó y fue a ponerse delante de él.

—Ponte de rodillas.

Duran se puso de rodillas en la tierra del cobertizo.

Guiraut le puso las dos manos en la cabeza y dijo lo que hay que decir, y lo dijo entero y sin correr, y por dos veces se le quebró la voz y siguió.

Duran contestó donde hay que contestar. Al final Guiraut se agachó y le dio el beso de paz en la mejilla, y Duran se echó hacia delante y le puso la frente en el hombro y estuvo así hasta que se le pasó.

Los dos sabían lo que aquello era y lo que aquello no era. Y sabían la otra cosa: que lo que hacía falta de verdad se hace en una casa, con dos que puedan, y que en toda la tierra que iban a pisar de allí en adelante no había casa ni había dos que pudieran.

Ninguno lo dijo. Guiraut tampoco dijo lo suyo, lo de junio, lo del cristal caliente y la mano encima.

Durmieron fuera, en el cobertizo, y no entraron a los jergones.

Se fueron a la mañana siguiente, después del pan, y el hermano les dio para el camino media hogaza, un puñado de habas secas y sal, y les dijo que Dios los llevara.

Anduvieron toda la mañana. Duran iba delante y andaba más deprisa que nunca, y a media tarde, sin volverse, dijo la única cosa que dijo en todo el día.

—Nueve jornadas.