El Evangelio de las Cenizas 32
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La boca está detrás del enebro y no se ve hasta que estás encima, y hay que entrar de lado y agachando la cabeza el primer paso.

Dentro se oye el viento pero no se nota, y eso es lo primero que cambia: el ruido sigue y la cara se queda quieta.

Marcelle dejó el fardo en la piedra de la derecha, que es la que está a la altura de la cintura y es donde se deja todo, porque el suelo está mojado los tres primeros metros. Se quitó la manta de encima, la sacudió fuera y la volvió a meter. Se sentó y se quitó las botas.

Después encendió.

La leña estaba donde tiene que estar: en la hornacina de la izquierda, subida del hayedo por quien haya pasado el último, tapada con dos lajas para que no le entre el agua de las goteras.

Había cinco brazadas de haya seca y un manojo de aliaga.

Ella cogió una brazada y el manojo, y se dijo lo que se dice: hay que dejar leña. El que baja deja para el que sube.

El hogar es una losa negra con dos piedras de canto. El humo se va por la grieta de arriba a la izquierda si el fuego se hace pegado a la pared, y si se hace un palmo más adentro, el humo se queda dando vueltas y no hay quien pare. Eso lo aprende uno una vez.

Encendió pegado a la pared. Tiró bien.

Puso las botas de canto, con las suelas hacia el fuego y las cañas hacia fuera, y a media vara, que más cerca se cuartean.

Se quitó los calcetines mojados, los escurrió, los tendió en la vara clavada entre dos piedras y se puso los secos.

Se quitó la camisa de dentro, que era lo que más traía, y se puso encima la manta seca y la lona por los hombros.

Cenó pan, dos cebollas asadas en la ceniza y un trozo de chocolate del que le habían dado en la borda. Bebió agua caliente.

Antes de cenar miró quién había estado, que es lo que se mira.

La ceniza del hogar estaba apelmazada y fría hasta abajo: tres semanas, o cuatro.

Al lado había un trozo de cuerda de esparto de un palmo, un tarro de conserva sin tapa lleno de colillas y una alpargata sola, reventada por el talón, que llevaba allí desde antes de la guerra y que ya era del sitio.

En la pared de la izquierda, a la altura de la cabeza, alguien había hecho tres rayas con carbón hacía años, y debajo, otro había puesto una cruz.

Gente que sube. En verano, los del rebaño; en otoño, los de la leña y los que van a por hongos; y en invierno, uno cada mes o cada dos, si es que hay alguno.

Después estuvo un rato haciendo lo que se hace, que es nada.

La cueva es así: una boca baja, y detrás, ocho o nueve pasos de sala con el techo cada vez más bajo, con el suelo de tierra y piedra suelta, y con las paredes negras de los fuegos de todo el mundo.

Al fondo la sala se estrecha y se queda en un agujero por el que hay que pasar a gatas.

Ahí ya no se va nunca porque no hay para qué: el agua de las goteras corre hacia allá y todo eso está frío y mojado.

Las cosas de esta cueva son cuatro y se saben desde siempre.

Que la leña está en la hornacina y hay que dejar leña.

Que el fuego se hace pegado a la pared, por el humo.

Que la piedra de la derecha es la mesa, y que en el suelo de la entrada no se deja nada porque cala.

Y que pasada la angostura no se duerme.

Se durmió a las siete y media.

Se despertó dos veces. La primera, poco después, por el fuego, que se había venido abajo; puso dos maderos, se quedó mirándolos hasta que prendieron y se volvió a dormir.

La segunda, a las cuatro o por ahí, porque le dio un calambre en la pantorrilla derecha, y estuvo un rato sentada con la pierna estirada, apretándose el gemelo con los dos pulgares, oyendo el viento en la boca de la cueva.

Con la pierna estirada hizo cuentas.

Doce mil francos: seis cobrados y seis a la entrega. De los seis primeros, mil quinientos al del almacén, menos de su tercio porque esta vez no había hecho nada, y aun así se lo llevaba porque las cosas de un valle son así y porque el año que viene ella iba a necesitar que le mandara recado.

Quedaban diez mil quinientos.

Con diez mil quinientos había: botas de verdad, novecientos; el abrigo de su madre, que había que forrarlo, doscientos; el viaje y las pensiones de aquellos dos meses, mil doscientos; y ocho mil y pico en la lata de achicoria del fondo del armario, que con lo que ya había hacía nueve mil trescientos.

Nueve mil trescientos no es nada. Pero nueve mil trescientos, con dos trabajos así al año, en tres años son otra cosa.

En qué cosa, no lo pensó, porque no lo tenía pensado.

Se volvió a dormir con la mano en el fardo, no por el fardo sino porque dormía así desde los dieciséis años.

Se levantó a las siete, con la cueva a oscuras y el rescoldo vivo. Abrió la yesca, encendió un manojo, y a esa luz recogió: los calcetines, secos y tiesos; las botas, calientes; la manta, doblada en tres; el fardo, atado otra vez con el paquete en medio.

Antes de salir subió al hayedo de fuera, cortó lo que pudo con el hacha pequeña, hizo dos brazadas y las metió en la hornacina, encima de lo que quedaba, y puso las dos lajas.

Fuera había parado de nevar y había cuatro dedos nuevos.

El cielo estaba limpio por el sur y el valle español se veía entero, con el hayedo blanco y con dos humos abajo a la derecha, que eran las bordas del camino. De allí a la casa de su tío había tres horas y media largas.

Salió a las siete y cuarenta, con la primera luz, y bajó por el rellano de la peña dejando la única huella que había en toda aquella ladera.