El Evangelio de las Cenizas 31
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Salió de la borda a las siete menos cuarto, con dos horas de noche por delante y catorce kilos a la espalda.

Los catorce kilos eran: el paquete, dos kilos setecientos; dos mantas, tres; la lona encerada, uno y medio; comida para tres días, dos; el odre lleno, uno; la cuerda de seis brazas, uno; y lo demás entre el hacha pequeña, la caja de la yesca, los calcetines de repuesto y la linterna de petróleo, que era lo que más estorbaba y lo único que no se podía dejar.

El paquete iba en medio, entre las dos mantas dobladas, con la lona por fuera y todo el bulto atado alto, encima de los omóplatos, para que no se le fuera de lado en las trepadas.

De la borda al collado hay novecientos metros de subida. El collado está a mil cuatrocientos treinta.

Aquel día amanecía a las ocho y cuarenta y se hacía de noche a las cinco y veinte. Ocho horas y media de luz, y ella necesitaba nueve.

Había subido el 29 y no el 28 porque la tarde del 27, desde el corral, el cielo del sur estaba limpio hasta el fondo y las cumbres se veían demasiado cerca.

Cuando las cumbres se ven demasiado cerca, en dos días hay agua.

El 28 la aprovechó para secar la lona y para coser la correa del fardo, y el 29 salió con el margen justo que le quedaba.

La primera hora fue por pista de carro, con nieve pisada de hace un mes, dura y con roderas heladas.

La segunda, por el hayedo. En el hayedo no hay nieve debajo de los árboles grandes, hay hojas mojadas y barro negro, y se sube deprisa.

Salió del hayedo con la primera luz, a mil cien, y allí se paró a comer pan y a mirar.

Miró abajo, que es lo primero.

El valle estaba entero. Se veían tres humos: el de la borda de donde había salido, el del pueblo, y uno más allá, en la carretera, que era el puesto.

Desde el 46 hay puesto fijo en la carretera y hay pareja que sube dos veces por semana hasta el hayedo, y no suben más porque arriba no hay nada que vigilar y porque ellos tampoco quieren.

No se veía ni una huella en toda la ladera de arriba.

Eso era lo raro de aquellos dos años y a ella todavía le extrañaba.

Antes de la guerra, en un puerto de estos, en un día bueno de diciembre, había rastro de mulas, de leñadores, de chatarreros y de gente que iba a ver a su hermana.

Ahora, nada. Desde febrero del 46 aquello no era una frontera con poco tráfico: era una raya sin nadie.

Y una ladera sin huellas no es una ventaja.

Una ladera sin huellas es una hoja en blanco donde lo que se escribe se lee desde el otro lado del valle.

Por eso subió por la canal de la izquierda, que va por la sombra y da a un cordal de piedra donde el viento barre.

A partir de mil doscientos había nieve de la semana y estaba mala: costra encima y polvo debajo. Se hunde el pie hasta media pantorrilla, se saca, se hunde el otro. Con catorce kilos, cada paso son dos.

Puso el paso de treinta y cinco y no lo cambió.

A las once dejó de sentir los dedos de los pies y no le dio importancia, porque los dedos de los pies vuelven; lo malo son las manos, y las manos las llevaba secas. A mediodía se comió el segundo trozo de pan andando, sin pararse, y bebió dos veces.

A la una y media el viento se dio la vuelta.

Venía del noroeste desde la mañana, frío y limpio, de esos con los que se ve el fondo de los valles. A la una y media paró tres minutos y luego empezó a venir del sur, tibio, y con el aire tibio subió una nube por la vertiente de España como sube el agua por un paño.

Marcelle se paró, se apoyó en la vara y calculó.

Del sitio donde estaba al collado, hora y media. Del collado al primer refugio de abajo, cuarenta minutos. Volver a la borda, tres horas, y de esas tres horas dos serían de noche y con la nube encima.

Arriba tenía la cueva.

Siguió subiendo.

La última parte del cordal son cuatrocientos metros de piedra con nieve entre las lajas, y ahí no se puede caer, y ahí no se piensa en nada más que en dónde se pone el pie.

Le costó cincuenta minutos. En dos sitios se quitó el fardo, lo subió con la cuerda hasta la repisa de arriba y luego subió ella, porque catorce kilos altos te sacan del muro cuando te agarras.

Llegó al collado a las cuatro y diez, con luz todavía y con el sol metido en la nube.

En el collado no se para. Se mira y se sigue: es lo que le habían enseñado y era además lo que pedía el cuerpo, porque allí arriba el viento del sur venía ya cargado y se le metía por la costura del cuello.

Miró de todas formas, un momento, porque eso también se hace.

Hacia el norte, lo suyo: el valle, el hayedo, los tres humos, la raya de la carretera. Hacia el sur, todo blanco y gris, sin fondo, con la nube subiendo por la ladera y comiéndose el hayedo de abajo a una velocidad que ella conocía y que no le gustó.

Empezó a nevar a las cuatro y veinte, mientras bajaba los primeros doscientos metros de la vertiente de España.

Nevaba en horizontal y sin frío, que es la peor de las nieves porque moja.

Se ató el pañuelo por debajo de la barbilla, se echó la manta doblada por encima del fardo y bajó de lado por la canal de la derecha, con la vara clavando delante, contando los rellanos: uno, el de la fuente, que en diciembre no suena; dos, el de las tres hayas; tres, el de la peña.

En el tercero, a mil ciento ochenta metros, a la izquierda de la peña grande y detrás de un enebro que a esas alturas era un bulto blanco, estaba la boca.

Llegó a las cinco menos diez, con la última luz, con diez horas de trabajo encima y la ropa mojada por dentro y por fuera.