30
En Oloron se juntan dos ríos y encima de la lengua de tierra que dejan hay una villa con puente, y desde el puente se ven los dos valles abriéndose hacia el sur como los dedos de una mano abierta.
Llegaron un jueves a media tarde y no entraron. Se quedaron en una chopera de la orilla, a media legua, y Poitevin subió a la villa a comprar pan con lo que les habían dado en un molino.
Volvió con el pan y con lo que había ido a buscar de verdad, que eran las noticias del camino.
—Por el valle de la derecha se sube al puerto grande. Se pasa a Aragón, a Jaca. Suben mulas todos los días y en el puerto hay casa de hospital. De Jaca al este hay camino llano hasta el condado, y de allí a Pallars, y de Pallars a Castellbò.
—¿Y si no subimos?
—Entonces no subimos. Se sale de aquí hacia poniente, a media ladera, por el Barétous y por la Soule, y el puerto está a ocho jornadas. Puerto más bajo y más largo, y arriba una casa de canónigos que dan de comer a todo el que pasa.
—¿Y de nuestra gente?
—De nuestra gente, al oeste, nada.
Comieron. Después Amiel se limpió las manos en la hierba y dijo lo que llevaba dos días sin decir.
—Yo subo mañana por el puerto grande.
Nadie se sorprendió.
Lo explicó igual, porque Amiel explicaba las cosas aunque estuvieran claras.
Al este todavía hay casas. En Pallars hay dos diáconos y hay quien recibe.
En Castellbò la señora de allí protege a los suyos desde hace veinte años y su hija hace lo mismo.
En Berga hay gente que ha pasado y que ha vuelto.
Eso no son cuentos: son sitios adonde uno llega y llama a una puerta y le abren, y donde lo que hay en la bolsa se convierte en años de vida para tres o cuatro docenas de personas.
—Y allí es donde tiene que ir esto —dijo, y dio dos palmadas encima del cuero de la bolsa—. Esto no es mío. Es de la iglesia, y la iglesia está allí.
—La iglesia también soy yo —dijo Guiraut.
—Tú también eres la iglesia. Pues vente.
Y ahí se acabó el preámbulo y estuvieron una hora larga.
Guiraut lo dijo dos veces y las dos veces lo dijo igual, porque no tenía otra manera de decirlo.
Si él subía al puerto grande y bajaba a Jaca y de Jaca iba al este, en dos meses estaría en una casa de Berga con el libro encima de una mesa.
Y en esa casa habría cuatro que saben leer y dos que saben escribir, y en un año habría tres copias, y las tres copias irían a tres casas, y una de las tres, un día, la cogería un hombre con una lista.
—Eso no lo sabes.
—Eso lo sé. Eso lo hemos visto todos. En veinte años se ha quemado en esta tierra todo lo que estaba en las casas de los nuestros, y se ha quemado porque estaba donde ellos miran. Ellos no buscan libros: buscan gente, y los libros salen de las casas de la gente.
—¿Y qué quieres, esconderlo debajo de una piedra?
—Quiero llevarlo a un sitio donde no haya nadie de los nuestros.
Lo dijo despacio, y Poitevin soltó una risa por la nariz, y Amiel no.
—Al oeste no hay nadie —dijo Guiraut—. Ni casas, ni diáconos, ni creyentes, ni nadie que espere nada.
Por eso nadie va a ir a mirar. Allí no hay lista en la que estemos.
Y hay lo que hace falta: hay monasterios, y en los monasterios hay pergamino y hay tinta, y hay gente que escribe.
Y en Navarra escriben en nuestra lengua, que en las cuentas y en los contratos de allí se escribe como escribimos aquí.
—¿Y quién te va a copiar a ti un libro como ese, en un monasterio?
—Alguien que necesite comer.
Amiel se quedó callado un rato largo.
—Guiraut. Si te vas al oeste, te vas a morir solo.
—Sí.
—Y el libro se queda en un sitio donde no lo va a leer nadie de los nuestros nunca.
—Sí.
—¿Y entonces para qué?
Y antes de que contestara, Amiel dijo lo único que a Guiraut le dolió de verdad en toda la tarde, y lo dijo sin levantar la voz y sin rencor, porque lo creía.
—Guiraut, nosotros no somos gente de libros.
Yo he consolado a treinta y cuatro personas en mi vida y ninguna sabía leer.
Lo nuestro va de boca a boca, y va así desde el principio, y por eso llevan cuarenta años quemándonos y seguimos aquí.
Lo que tú llevas ahí es un apoyo. Es una ayuda para el que predica.
Si mañana se quema, yo puedo decir lo que dice, y tú también, y el de Berga también.
Y en cambio si mañana se acaba el dinero, se acaba el que da de comer al que predica, y entonces no hay quien lo diga y da igual que el libro esté en una arca de plata.
—Yo no puedo decir lo que dice —contestó Guiraut—. Puedo decir cuatro sermones. Y me sé de memoria lo que me sé de memoria. Y ahí dentro hay ciento y pico hojas.
—Pues aprende lo que haga falta y quema el resto, que eso sería de valientes.
—Eso sería de ignorantes.
—Puede.
Se quedaron los dos callados un rato, y el río seguía haciendo lo suyo. Y entonces Guiraut contestó a la pregunta de antes, a la de para qué.
—Para que esté.
Fue lo único que dijo en toda la tarde que no era un argumento, y fue lo único que Amiel no le pudo contestar.
Poitevin lo intentó por el otro lado, que era el suyo: que sin la bolsa no comían, que en tres semanas estarían pidiendo, que Guiraut no veía a diez pasos y que un ciego en un camino de Navarra es un hombre muerto en quince días.
—Por eso voy con él —dijo Duran.
Y esa fue la segunda cosa de aquella tarde que nadie discutió, aunque Amiel lo intentó dos veces y le dijo que hacía falta arriba, y que cargaba más que ninguno, y que un hombre de veintidós años tiene que estar donde hay gente y no donde no hay nadie.
—Ya —dijo Duran—. Voy con él.
Durmieron en la chopera y a la mañana siguiente se repartieron lo que tenían, que era poco y se repartió en dos minutos: el odre para los que subían al puerto grande, porque arriba no hay agua en tres leguas; el yelmo de cocinar para los que iban al oeste; el pan a partes iguales; y la bolsa donde estaba.
De la bolsa no salió ni una moneda y nadie lo propuso.
Poitevin le puso a Duran en la mano el eslabón, el pedernal y la yesca, envueltos en su trapo, y le dijo que él arriba iba con dos hombres y que dos hombres hacen fuego con lo que sea, y que ellos dos iban a dormir en el monte todas las noches de aquí a septiembre.
—Y el trapo se moja —dijo—. Lo llevas en el pecho, no en el fardo.
—Ya lo sé.
—Lo sabes y lo vas a llevar en el fardo.
Hugon se acercó a Guiraut cuando ya estaban de pie, se quitó la capa —que era de sayal pardo, gruesa, y era lo único que tenía— y se la puso en los brazos. Guiraut le dijo que no. Hugon se dio la vuelta y se fue a coger su fardo, y ahí se acabó la discusión.
Hicieron el melhorament los cinco, uno con otro, tres veces cada uno, en la orilla, con el río haciendo ruido.
Amiel le puso las dos manos en la cabeza a Guiraut y estuvo así un momento.
Los tres subieron por el valle de la derecha. Se les veía bien un buen rato, porque el camino va por la ladera y en julio no hay hoja que tape: tres hombres en fila, el del medio con un bulto en la cintura, cada vez más pequeños.
Guiraut los estuvo mirando hasta que dejó de distinguirlos, que fue antes que Duran.
—¿Todavía se les ve?
—Se les ve —dijo Duran.
—Dímelo cuando doblen.
Doblaron a la media hora. Entonces los dos cogieron sus cosas y bajaron a la orilla, y vadearon el río por donde vadea la gente, y echaron a andar hacia el oeste, a media ladera, con un libro, un yelmo, media hogaza, una capa de más y ninguna moneda.