El Evangelio de las Cenizas 29
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El del almacén le mandó recado un lunes: que había bajado el profesor de Toulouse y que preguntaba por ella y no por el almacén.

Marcelle bajó el martes. Estuvieron en el banco de piedra de la parte de atrás, con la puerta abierta y el hombre del candado dentro, oyéndolo todo, que era como tenía que ser.

—Su tercio se lo lleva igual —dijo ella antes de sentarse.

—Naturalmente —dijo Henri.

Del año anterior le debía una cosa buena: la caja de las placas había bajado en agosto sin una rota, y él había pagado la otra mitad el mismo día y sin contar.

Puso el paquete encima del banco.

Era un pliego de hule verde, de mesa, con los cantos vueltos y cosidos con bramante encerado, del tamaño de un libro grande. Estaba bien hecho. Se notaba que lo había cosido alguien que no sabía coser y que había tardado toda una tarde.

Marcelle lo levantó con una mano y lo dejó.

—Dos y medio.

—Dos setecientos.

—Dos setecientos con el hule. —Lo volvió a coger, esta vez con las dos manos, y le dio la vuelta despacio—. ¿Se puede mojar?

—No.

—¿Se puede doblar?

—No.

—¿Si se cae de un metro se rompe?

Henri se quedó pensando de verdad, dos o tres segundos, que era lo que hacía y que era lo que a ella le gustaba de él.

—De un metro, no. Si le cae encima un peso, sí. Y si se moja se estropea aunque no lo parezca: se estropea por dentro y se ve dos meses después.

—Entonces va en la espalda, en medio, entre dos mantas, y encima de todo lo demás.

—¿Y si llueve?

—Si llueve, llueve. Va dentro de un saco de lona encerada y el saco no lo abro hasta abajo.

No preguntó qué era. Él esperó un poco, por si acaso, y ella no preguntó.

Después él sacó un mapa doblado en ocho y lo abrió encima del banco, y era un mapa del Ariège, y le señaló con el dedo dos puertos, y le explicó que de allí a Pamplona había tren desde Zaragoza.

Marcelle miró el mapa y le dijo que no.

—Por aquí no.

—¿Por qué no?

—Porque en diciembre esos puertos están a dos mil y pico y hay que subir por nieve dos días, y porque al otro lado se baja a Aragón, y de Aragón a Pamplona son trescientos kilómetros, y esos trescientos kilómetros los tiene que hacer alguien en tren, con el paquete, y en los trenes de allí se sube la Guardia Civil en cada estación.

Yo le puedo cruzar una cosa por un puerto.

Lo que no le puedo hacer es viajar tres días por dentro de España.

—¿Y entonces?

—Entonces se cruza más al oeste.

Le enseñó dónde con el dedo, sobre el mismo mapa, fuera del papel, señalando el borde.

Al oeste hay hayedo, y el hayedo pasa de un lado a otro.

Los puertos son más bajos, de mil doscientos, mil cuatrocientos.

Se sube desde el lado de acá en una jornada larga y se baja al otro lado a un valle de casas, y de aquel valle a Pamplona hay sesenta kilómetros de carretera con dos autobuses a la semana.

—¿Y usted conoce eso?

—Mi madre es de allí.

Se lo dijo como quien dice la hora.

De cría la mandaban dos meses cada verano, de junio a agosto, a casa de su tío, que subía ochocientas ovejas al hayedo y las bajaba en septiembre. Aprendió a andar por allí antes que a leer. Tenía tres primos, dos vivos, y en aquel valle la conocían por el nombre de la casa y no por el suyo.

Henri se quedó mirando el borde del mapa.

—O sea, que usted no es de aquí.

—Yo soy de aquí. Y de allí también.

El precio se lo dijo de una vez, sin escalones, mirándole a la cara.

Cinco días de trabajo: uno de tren y autobuses hasta la punta de acá, dos de subida y bajada, uno para llegar a Pamplona, uno de vuelta.

Más lo que costaba dormir. Más el riesgo, que en diciembre y con la frontera cerrada era el doble que en el 45, porque desde febrero del 46 no hay tráfico y donde no hay tráfico el que anda se ve.

—Y en España hay una pareja de la Guardia Civil en cada pueblo de esos, y en el hayedo se meten a buscar gente. Ahora ya no buscan lo que buscaban hace ocho años, pero se meten.

—¿Cuánto?

—Doce mil.

—De acuerdo.

—Y la mitad ahora, que ya sé que usted paga la mitad antes.

Henri se rio, sacó los billetes de dentro de la americana y los contó encima del hule.

Quedaron para después de Navidad: salir el 27, cruzar el 29 o el 30 según el tiempo, y entregar en Pamplona antes de Reyes, en una dirección que él le escribió en un papel del tamaño de un sello, y con un nombre: don Fermín.

—Él no va a preguntar nada —dijo Henri—. Le he escrito que le va a llegar un paquete mío y que lo guarde sin abrirlo hasta que yo vaya en febrero.

—¿Y si no está?

—Si no está, vuelve usted con él y no ha pasado nada.

—Una cosa más —dijo ella—. Yo, al otro lado, no soy nadie que pase nada.

Yo soy una sobrina que va a ver a su tío en Navidad y que se queda a matar el cerdo.

Eso lo sabe el valle entero y lo puede decir cualquiera, y si me para alguien lo va a decir cualquiera.

Por eso lo hago yo y por eso vale doce mil.

—¿Y el paquete?

—El paquete no existe. El paquete no ha bajado conmigo del monte, porque yo del monte bajo a la casa, y de la casa sale una mujer con una bolsa a coger el autobús cuatro días después.

Henri asintió y no preguntó más, y aquello, a ella, le pareció el mejor rato de la conversación.

Marcelle se guardó el papel doblado dentro del zapato, no por precaución sino por costumbre, y se llevó el paquete aquel mismo día, y esa noche lo puso encima de la cómoda de su cuarto, apoyado contra la pared, y le echó un vistazo desde la cama antes de apagar.

Del tamaño de un libro grande. Dos kilos setecientos. Doce mil francos.

Tres veces lo que había ganado en todo el otoño.