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La citó a las nueve y media y a las nueve y media estaba en el control de abajo, con el documento de identidad en la mano y sin abrigo, porque hacía dieciocho grados en París y ella venía de Toulouse.
Le dieron un pase de visitante con una pinza y subieron.
—Esto es más pequeño de lo que pensaba —dijo ella en el pasillo.
—Todo el mundo dice eso.
—¿Cuántos son?
—Treinta y cinco, y hay dos de baja.
El despacho tenía una mesa, una mesa auxiliar, cuatro archivadores de palanca alineados y una ventana que daba a un aparcamiento. Cazenave había sacado la noche anterior lo que pensaba enseñarle y lo había puesto en tres montones, con una hoja de papel encima de cada uno.
Ella le entregó lo suyo primero, sin que se lo pidiera: una carpeta con las fotocopias de cuarenta y una páginas escritas a lápiz, con la letra de una persona que escribe mucho a mano, y un índice hecho por ella con las cotas ordenadas.
—Está todo. Y hay una cosa que le va a interesar: la 19 tenía subdivisiones. En el repertorio, debajo de Expertises et certificats , hay tres líneas de detalle. La segunda dice dossiers d'expertise, Foix-Pamiers, 1946-1948 .
—¿Nombres de clientes?
—No. El señor Combelles describía por materias, no por personas. Ya discutiremos algún día si eso es un crimen.
Cazenave anotó Foix-Pamiers 46-48 en la primera página de su cuaderno, con la fecha del día delante, que es como hay que anotarlo todo si algún día lo va a leer un juez.
—Bien. Ahora yo.
Le puso delante el montón del medio.
—Esto es un expediente de procedencia. La gente cree que un expediente de procedencia se lee para ver qué dice.
Se lee para ver qué falta. —Fue sacando papeles y poniéndolos en fila, boca arriba—.
Acta de aportación de octubre del 48, con la lista de las sesenta y una piezas y su valor declarado.
Certificados de autenticidad, once, de cinco peritos distintos.
Dos recibos de un marchante de Perpiñán.
Un seguro suscrito en el 51. Correspondencia del patronato. Fotografías de los años sesenta.
—¿Y qué falta?
—El transporte.
Ella levantó la cabeza.
—Sesenta y una piezas —dijo Cazenave— no aparecen en un salón.
Alguien las embala, alguien las mete en un camión, alguien firma un albarán, alguien las asegura durante el viaje, y alguien cobra por todo eso.
En este expediente no hay una sola factura de transporte, ni un albarán, ni un seguro de traslado.
Las piezas están declaradas en la casa de un particular del Ariège en 1939 y están declaradas en el patronato en 1948, y en medio no hay nada, ni un papel, ni un gasto.
—Puede que se perdiera.
—Puede. Ahora dígame usted por qué, entonces, sí se conservan los once certificados de autenticidad.
Inés se lo quedó mirando.
—Porque los certificados son lo que hace falta enseñar.
—Porque los certificados son lo único que alguien decidió guardar. Un expediente no se conserva entero por azar: se conserva lo que se necesita. Y lo que aquí se necesitaba era que constara quién dice que la pieza es buena y de dónde viene. Lo demás estorba.
Le dejó una hora con la caja y se fue a una reunión de veinte minutos que duró cincuenta.
La reunión era de calendario. El asunto civil de los herederos contra la Fundación estaba señalado desde hacía siete meses para el 5 de noviembre, y a la oficina le tocaba decir, antes del verano, qué iba a aportar y qué no.
Eso lo llevaba el servicio jurídico y él solo tenía que poner una cruz en una casilla.
Al salir devolvió una llamada. El nieto mayor de Burdeos tenía ochenta y un años y llamaba cada cinco o seis semanas, siempre a media mañana, siempre disculpándose por molestar, y siempre para preguntar lo mismo con otras palabras: si iba a estar.
Cazenave le dijo lo que se puede decir, que es la fecha. No le dijo lo otro, que es que una fecha no es una devolución.
Cuando volvió, ella tenía tres papeles separados del resto y una expresión que él ya había visto en gente muy distinta.
—Su traductor se ha equivocado.
—¿En cuál?
Le enseñó la fotocopia de una lista alemana manuscrita, de las que había pedido a Berlín hacía dos años y que habían llegado en un lote de cuatrocientas páginas: una relación de bultos, con números, hecha a mano en 1943.
—Aquí, en la columna de la derecha. Ustedes lo han traducido como un nombre propio, Sammler , y lo han dado por el apellido del que se llevó el lote.
No es un apellido. Es una palabra, y no es Sammler : es Sammelstelle , abreviado, con la terminación en un rasgo.
Punto de recogida. La columna no dice quién se lo llevó. Dice adónde lo llevaron.
Cazenave cogió la lupa del cajón y la fotocopia, y estuvo mirando el rasgo un minuto largo.
—¿Está segura?
—Estoy segura de que esa terminación no es una r . Y estoy razonablemente segura de lo otro, porque en las tres líneas de abajo hay la misma abreviatura seguida de un nombre de calle.
Él lo anotó. Después escribió una nota para el traductor y otra para sí mismo, porque aquello significaba que llevaban dos años buscando a un hombre que no existía y que la columna que nadie había leído era un itinerario.
—Gracias —dijo—. Eso vale.
—De nada.
Y entonces ella cogió el acta de 1948 y cometió el error.
—Con esto ya está, ¿no? Aquí, en la comparecencia.
Los comparecientes manifiestan que las piezas descritas proceden de la colección particular de...
. Está protocolizado por un notario y firmado por los cinco.
Eso es una declaración de procedencia hecha ante fedatario público. Si es falsa, es falsedad.
—No.
—¿Cómo que no?
—Que no. —Cazenave se sentó en el borde de la mesa—.
Un notario da fe de que unos señores comparecieron ante él tal día y dijeron eso.
Da fe del acto, de la fecha, de la identidad y de que la firma es de quien es.
No da fe de que lo dicho sea verdad, porque no puede: no estuvo en el Ariège en 1939.
Aquí no hay una mentira del notario. Hay una declaración de parte, elevada a público, que es exactamente el instrumento que se usa cuando no hay documentos.
El acta no prueba la procedencia: la sustituye.
Inés abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Y por eso —siguió él— el expediente no se cae por el acta.
Se cae por lo que sostiene el acta, que son los certificados.
Un acta la firma cualquiera. Un certificado lo firma alguien que responde con su nombre de que ha visto una cosa y de que la ha visto en un sitio y en una fecha.
Eso sí es una afirmación de hecho. Y si esa afirmación es falsa y quien la firmó sabía que lo era, ahí sí hay algo.
Se quedó callada bastante rato, mirando el acta.
—Llevo dos semanas dándole vueltas a esto y he ido por el sitio equivocado —dijo por fin—. Vale. Tiene razón usted.
Lo dijo sin adornarlo y sin devolverle el golpe, y a Cazenave, que llevaba veintiséis años tratando con peritos, aquello le pareció lo más interesante de toda la mañana.
—¿Los certificados están en el expediente? —dijo ella.
—Hay once. Ninguno es de las dos tablas flamencas. De esas dos, la Fundación dice que el certificado existe y que está en su archivo del Ariège, y yo llevo dos años pidiéndolo por vía administrativa.
—Yo tengo pedida una visita a ese archivo.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque lo he preguntado —dijo Cazenave—. Es mi trabajo preguntar.
La acompañó al ascensor a las dos menos cuarto. Antes de entrar, ella se giró.
—Comandante. La lista alemana. ¿Hay más páginas de esas?
—Cuatrocientas.
—Mándemelas.
Se las mandó aquella misma tarde, por transferencia segura y con un correo de dos líneas, y en el asunto no puso nada que comprometiera a nadie, porque todavía no había ninguna razón administrativa para que aquella señora tuviera cuatrocientas páginas de un expediente, y él lo sabía perfectamente cuando le dio a enviar.