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El volumen segundo del repertorio lo tenía la biblioteca municipal desde hacía tres semanas y no lo había pedido nadie.
Es una lista. Eso es lo que es: una lista de lo que falta, hecha con lo que declararon los que volvieron y con lo que se encontró en los inventarios de los que se lo llevaron.
Cada entrada tiene un número, el nombre del propietario despojado, el lugar, la fecha en que se vació la casa y la descripción de la pieza con las medidas si se saben.
Henri se puso las gafas y estuvo dos horas y cuarto.
Buscó por escuela y buscó por asunto. Tablas flamencas del XVI había ciento y pico. Con Virgen y donante, veintitantas. Con medidas parecidas y sin fotografía, tres.
N.º 4127. Vierge à l'Enfant avec donateur, panneau de chêne, école anversoise, XVIe s., env. 30 × 22. Enlevé le 12 novembre 1943.
Las otras dos eran de Burdeos y de París y decían casi lo mismo.
Ninguna de las tres llevaba lámina. En el centro del tomo había ochenta láminas para catorce mil entradas, y las láminas eran de lo bueno: retablos, un Cranach, una tabla de museo. De un obrador amberino de segunda fila no hay fotografía porque nadie fotografía lo que hay en el pasillo de una casa.
Cerró el tomo, lo devolvió y se fue andando a la facultad por la orilla, y por el camino se dijo dos cosas verdaderas.
La primera: que aquellas tres entradas no probaban nada, y que un juez no condena a nadie con «tabla flamenca pequeña con donante».
La segunda: que él no necesitaba un juez para saberlo.
En noviembre hubo una cena en casa del decano, de esas de doce personas y sopa fría.
Se habló de la restitución, porque se hablaba de eso en todas partes.
Un catedrático de derecho explicó, con la satisfacción de quien tiene el texto en la cabeza, lo que hace la ordenanza del 21 de abril del 45: declara nulos los actos de despojo, y no exige probar mala fe del que compró, porque la presume; y el que hoy tiene la cosa la devuelve y se busca la vida contra el que se la vendió, que suele estar muerto o en Argentina.
—Es una ley durísima —dijo el de derecho—. Y es la única posible, porque si hay que probar lo que sabía cada uno, no se devuelve nada nunca.
Henri estuvo de acuerdo en voz alta y con energía. Después alguien dijo que a un anticuario de la calle Croix-Baragnon le habían escrito preguntándole por unas ventas del 43, y hubo un silencio corto de esos que se llenan enseguida.
Y entonces salió lo de las cuevas, porque siempre salía.
Lo sacó la mujer del decano, en broma, preguntando si era verdad lo que había leído en una revista sobre los alemanes buscando tesoros en los Pirineos. Se rieron dos. Y Henri dejó la cuchara y lo contó, y lo contó entero, porque llevaba desde el 43 contándolo.
—No es una revista —dijo—. Es que ocurrió.
Del 42 al 44 hubo gente removiendo el Sabartès.
Cultísimos, ojo: filólogos, prehistoriadores, hombres con publicaciones.
Con material, con camiones, con permiso escrito, y con dinero de un instituto del Estado.
Sacaron cosas de las grutas y las inventariaron ellos, y nadie de aquí vio los inventarios.
—Se le puso la voz de dar clase, que era la que tenía siempre y aquella noche un poco más—.
Y a mí, en el treinta y siete, me contestaron por escrito que no había cuatrocientos francos para una campaña de dos semanas en el Ariège.
Cuatrocientos francos. Yo tengo la carta.
—¿Y qué buscaban?
—Lo que buscan siempre los que tienen dinero: lo que ya han decidido que van a encontrar.
Se rieron. Alguien dijo que era una barbaridad y que menos mal que se había acabado. Y Henri se sirvió vino y siguió con la cena, y estuvo simpatiquísimo el resto de la noche.
Aquella semana hizo las cuentas malas, que son las que se hacen a las tres de la mañana y en columnas.
Si alguien tiraba del hilo de la tabla —el heredero, la comisión, un funcionario aburrido—, el hilo llegaba al notario.
Del notario al certificado. Del certificado a su nombre, escrito de su puño, con una fecha de 1937 que él sabía falsa y que cualquiera podía desmontar preguntando dónde estaba él en 1937.
Y en el momento en que dos hombres educados entraran en su casa a hacerle preguntas sobre una tabla, en el segundo cajón del armario de la habitación de atrás había ciento treinta y ocho hojas de papiro copto del siglo IV, sin factura, sin permiso de exportación y sin una sola línea escrita que dijera de dónde venían.
No hacía falta que lo condenaran por nada. Bastaba con que lo vieran.
Y estaba la otra manera de que lo vieran, que era más segura todavía: morirse. Cuarenta y cinco años, una hermana en Auch y una portera con llave. Se muere uno un martes y el jueves hay tres personas abriendo cajones y decidiendo qué es papel viejo y qué no.
España estaba a ciento veinte kilómetros.
España no tenía ordenanza de restitución, ni comisión, ni repertorio, ni la iba a tener.
En España nadie iba a preguntar de dónde había salido un fajo de papel escrito en una lengua que allí no leían ni diez personas.
Y él tenía, además, la única cosa que hace falta para que una estancia larga en otro país no llame la atención de nadie: un motivo profesional de verdad.
En Pamplona, en el archivo de la ciudad, hay cuentas del burgo escritas en occitano en el siglo XIII.
En occitano. Las suyas, las de su lengua, las que él llevaba veinte años leyendo en registros del Lauragais, escritas por notarios navarros a cuatrocientos metros de altura y a cuatrocientos kilómetros de Tolosa.
Le escribió a don Fermín el 18 de noviembre. Le contestó el 4 de diciembre con dos folios entusiasmados, una invitación en regla de la institución y una lista de fondos, y la frase de un hombre educado que necesita compañía: aquí tenemos mucho que enseñar y muy pocos a quien enseñárselo .
Con eso y con la carta del decano tenía el año 48.
Lo que no tenía era la frontera.
Bajó a la prefectura el 9 de diciembre a preguntar por el paso, y no hizo falta que preguntara mucho, porque la respuesta se la dieron en el mostrador y sin bajar la voz: la frontera con España estaba cerrada desde febrero del 46 por decisión del Gobierno; no era una cuestión de trámite ni de visado; estaba cerrada y punto, y quien tuviera que ir a Madrid iba por Lisboa o por Perpiñán con salvoconducto especial y con seis semanas de espera.
Y con la maleta abierta en la mesa de la aduana, delante de dos gendarmes.
Volvió a casa por la calle de siempre y estuvo dos días con un problema que no era jurídico ni moral, sino de embalaje.
Un códice de papiro no viaja como un libro.
El papiro no se dobla: se parte. La humedad lo hincha y lo pega, y el frío no le hace nada mientras esté seco, y el sudor de una espalda humana durante doce horas es agua.
Y no se puede meter en una caja rígida grande, porque una caja grande de madera es un bulto que hay que explicar, y todo lo que hay que explicar está perdido de antemano.
Lo resolvió en una tarde y con lo que había en la ferretería de la esquina.
Dos cartones de encuadernador cortados a medida, uno arriba y otro abajo, para que el bloque no trabaje.
En medio, el códice envuelto en papel de seda y después en una funda de fieltro cosida a mano por él, que le salió torcida.
Todo eso metido en un pliego doble de hule de mesa, del verde, con los cantos vueltos y cosidos con bramante encerado, y una segunda vuelta de hule por el otro sentido.
Lo pesó en la báscula de la cocina: dos kilos setecientos.
Del tamaño de un libro grande y del peso de un libro grande, y por fuera no era nada: un paquete de hule verde atado con bramante, de los que lleva medio mundo debajo del brazo.
Después sacó del cajón el mapa del Ariège que usaba para las inscripciones.
Los puertos están todos ahí, dibujados con su altura y su nombre, y en aquel departamento hay catorce.
En un almacén de la carretera de Aulus, en Saint-Girons, había una báscula, un hombre con un candado y una chica de diecinueve años que le había corregido tres cosas en una tarde de agosto y que le había preguntado, con la boca llena de melocotón, qué hacía si arriba le mandaban abrir la caja.