26
La aduana de Alejandría la pasó por delante, enseñando lo que llevaba.
Llegó con dos horas de sobra, se puso en la cola de los europeos y, cuando le tocó, abrió él mismo la maleta y la cartera antes de que se lo pidieran.
Encima de todo, en la cartera, iba el ostracon envuelto en un pañuelo, con el certificado de la tienda doblado alrededor y el sello del servicio de antigüedades a la vista.
—Esto lo he comprado —dijo—. Ahí está el papel.
El funcionario desdobló el papel, lo miró, lo comparó con la piedra, hizo una anotación en un cuaderno y se lo devolvió. Después miró por encima el resto: una gramática alemana, separatas cosidas, dos cuadernos escritos a mano, y un fajo de papel viejo envuelto en tela, del que preguntó qué era.
—Papeles de trabajo.
—¿Franceses?
—Franceses.
Cerró la maleta y le hizo un gesto para que pasara, porque llevaba desde las seis de la mañana con doscientas personas y porque el señor del sombrero había abierto él solo el equipaje y había declarado la única cosa que llevaba con papeles.
En el barco durmió doce horas seguidas por primera vez en cinco semanas.
De junio a septiembre trabajó.
Se le fue el verano entero en una habitación con la persiana echada, con el códice encima de dos fieltros y con una cuartilla al lado por hoja.
Transcribía a lápiz, dejaba el hueco de lo que no leía, y no forzaba una sola hoja: cuando dos se pegaban, las dejaba y seguía por la siguiente, y volvía a los tres días.
En agosto había hecho cuarenta y una hojas del primer texto.
Al ritmo de agosto, el volumen entero eran dos años, y eso trabajando de noche y sin decírselo a nadie.
Lo que sí hizo fue la comprobación, y la hizo despacio y por escrito, porque un hombre solo se equivoca más que dos.
Cogió el resumen de Ireneo y lo puso en una columna.
En la otra puso lo suyo. En quince sitios coincidían en el orden y en la cosa; en nueve, lo suyo decía algo que en Ireneo no está, lo cual no significa nada, porque Ireneo resume y resumir es quitar; y en cuatro sitios lo suyo decía una cosa distinta de la que dice Ireneo, y no distinta por más o por menos, sino distinta como son distintas dos versiones de una misma canción en dos pueblos.
Un número, un nombre, el orden de dos frases y una negación.
Cuatro. Con el nombre trastocado, cinco.
En agosto llegó carta de su hermana, y en la carta, entre lo de la casa y lo de la boda de una prima, una línea preguntando si había llevado el reloj de papá a arreglar por fin.
Contestó que sí. Que lo tenía un relojero de París que le habían recomendado, que estaba esperando una pieza, y que esa gente tarda.
Estuvo un rato con la mano parada encima del papel después de escribirlo —con el portaplumas del despacho, porque la estilográfica se había quedado en El Cairo dentro del mismo lote que el reloj—, y luego escribió lo de la prima y lo de la casa y firmó.
No se lo dijo a nadie.
Lo pensó cuatro o cinco veces, con nombres y apellidos concretos: dos colegas de Toulouse, uno de Burdeos, un hombre de París al que no conocía pero que le habría contestado.
Y cada vez llegó al mismo sitio, que era una pregunta de tres palabras: ¿de dónde ha salido?
Y la respuesta a esa pregunta empezaba en una trastienda del barrio viejo de El Cairo y acababa en el despacho de un notario de Foix, con una tabla flamenca en una silla y un certificado firmado por él.
En julio escribió a Sentenac.
Le escribió una carta muy trabajada, de tres párrafos, en la que se ponía a su disposición para cuantos dictámenes pudiera necesitar el despacho, dada la satisfacción con que había quedado el asunto del otoño anterior.
Tardó seis días en mandarla y la reescribió dos veces para que no pareciera lo que era.
Sentenac contestó a vuelta de correo, con una cortesía perfecta, agradeciéndole el ofrecimiento y diciéndole que por el momento no había nada, y que descuidara, que si surgía sería el primero en saberlo.
Y ya está. Ahí se acabó esa vía y él la había abierto y cerrado en once días.
Le quedaban cuatro mil francos de los cien mil.
Con cuatro mil francos no se va a Egipto. Con cuatro mil francos se paga la pensión de un mes y el pasaje de tercera de ida, y se llega allí sin nada que poner encima de una hoja de periódico. Así que hizo lo que se hace: pidió una misión.
Redactó la solicitud en septiembre, para la primavera del 48, con el membrete de la facultad y con dos frases que no eran mentira y que no eran verdad: estudio de fondos coptos conservados en El Cairo, con vistas a la cuestión de la transmisión oriental de los dualismos occidentales .
La firmó el decano. Tenía que subir al ministerio, y del ministerio bajaría en marzo o en abril, y si bajaba con dinero, aunque fuera poco, ya se vería.
La noticia le llegó el 30 de septiembre por el periódico y en cuatro líneas, en la página de internacional, debajo de una de Palestina.
Un pueblo de la provincia de Sharqiyya. Dieciocho muertos en tres días. La palabra cólera.
En quince días la palabra cólera dejó de estar en la página de internacional y pasó a estar en la primera, y a mediados de octubre había dos mil muertos y los aviones se desinfectaban en la pista y las cartas que venían de Egipto llegaban perforadas y con un sello violeta encima que decía que habían sido fumigadas.
El 21 de octubre cogió el tren a Marsella.
No tenía nada que hacer en Marsella. Fue a la oficina de la compañía, en la Canebière, porque quería que se lo dijera una persona y no un periódico.
En el escaparate de la oficina, pegado por dentro con cuatro tiras de papel engomado, había un aviso mecanografiado y firmado por la dirección:
A LA ATENCIÓN DE LOS SEÑORES PASAJEROS
Por disposición de las autoridades sanitarias, quedan suspendidos hasta nueva orden los embarques de pasajeros con destino a los puertos egipcios.
Los buques que hagan escala en dichos puertos lo harán exclusivamente para operaciones de carga, sin desembarco.
Los pasajeros procedentes de Egipto quedan sujetos a las medidas de observación previstas por el reglamento sanitario internacional.
Se recuerda a los señores pasajeros que el certificado de vacunación es exigible para todo desplazamiento.
Lo leyó dos veces, de pie en la acera, con el abrigo y sin sombrero. Después entró.
El empleado le atendió con paciencia. Le explicó lo que ponía en el papel, y le explicó además lo que no ponía: que aunque un pasajero consiguiera llegar, dentro del país había cordones sanitarios entre provincias, y trenes suspendidos, y que un extranjero sin motivo médico ni comercial no iba a obtener el permiso de circular.
—¿Y cuándo se levanta?
—Eso no lo sé, señor. Con estas cosas nunca se sabe. El invierno pasado hubo tifus en otro sitio y fueron cinco meses.
—Cinco meses.
—O tres. O el año que viene, si se les mete en el delta.
Le dio las gracias, salió y anduvo hasta el puerto viejo, y se sentó en un banco delante de las barcas con las manos en los bolsillos hasta que se le enfrió la espalda.
En el fondo del asunto había una cuenta muy simple y no hacía falta ser profesor para hacerla.
En aquella trastienda, en abril, había otras cosas.
Girgis había dicho «vino con otras cosas, y las otras cosas ya no están conmigo».
Eso quería decir que había habido más de un comprador y que en aquella ciudad, en aquel momento, se estaba repartiendo algo.
Y él había estado dentro, con los pies en el suelo de aquel cuarto, y había comprado uno.
Volvió en el tren de la noche y llegó a Toulouse a las seis y veinte de la mañana.
Subió a casa, se lavó, se cambió, y a las ocho menos cuarto estaba en la mesa con la persiana echada, con las dos gomaespumas y con la cuartilla al lado, en la hoja cuarenta y siete de ciento treinta y ocho.