El Evangelio de las Cenizas 25
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En Lourdes hay una peña en mitad del valle y encima de la peña un castillo, y debajo el río y el puente, y eso es todo lo que hay.

Llegaron un lunes por la tarde y no entraron en la villa. Se quedaron en la orilla de acá, en un soto, y Poitevin cruzó solo a mirar el puente y volvió diciendo que había dos hombres del conde cobrando por pasar y que cobraban también a los de a pie.

—¿Cuánto?

—Un óbolo.

—Cinco óbolos —dijo Amiel.

Y nadie tenía cinco óbolos, porque desde Saint-Lizier no tenían nada.

Vadearon dos leguas más abajo, con el agua por el pecho y el fondo de piedra redonda, y perdieron media mañana. Al otro lado, en la ladera, había un hombre segando heno con dos hijos y le faltaba gente.

Trabajaron para él tres días.

El trato fue: la comida, dormir en el pajar, y un pan grande por cabeza al terminar. Empezaban cuando había rocío, porque el heno se siega con rocío, y paraban a media mañana cuando el sol lo secaba y la hierba se ponía dura. Después, a la tarde, a voltear lo del día anterior con la horca.

El heno se siega mirando el cielo. Aquel hombre llevaba cuatro días mirando una nube que se le quedaba parada encima del puerto, y por eso cogía gente: si se le mojaba la hierba tendida, perdía el año entero de dos vacas.

Se lo explicó a Amiel el primer día, deprisa y con las manos, mientras le daba una guadaña.

Se siega de derecha a izquierda, con el filo a ras y sin clavar.

Cada veinte pasos hay que pasar la piedra de afilar, y la piedra va en un cuerno con agua colgado del cinto, y el ruido de las piedras contra el acero es lo que se oye en un prado toda la mañana: seis hombres separados cincuenta pasos y ese ruido, uno detrás de otro, como grillos.

Hugon segaba bien. Poitevin segaba mal y lo puso a acarrear. Duran segaba como si llevara haciéndolo toda la vida, y llevaba haciéndolo toda la vida.

A Guiraut lo pusieron a segar el segundo día y lo quitaron el mismo día.

Le dieron la guadaña y el sitio, y él se puso, y a los veinte pasos el hombre le silbó. Guiraut se paró y miró atrás. La hilera que había hecho no era una hilera: se le iba abriendo hacia la derecha, y en dos sitios había dejado la hierba a media altura, y en otro se había metido en lo del vecino.

—¿No ves el corte? —dijo el hombre.

—Veo el corte.

—Pues sigue el corte.

Lo intentó otro trecho. El corte es una raya de hierba caída que va marcando por dónde ha pasado el filo, y a Guiraut, a esa hora y con aquella luz, la raya se le juntaba con lo que no era raya a partir de diez o doce pasos. De cerca lo veía todo. De lejos veía un campo verde entero, sin líneas.

—Ponte con la horca —dijo el hombre, sin darle importancia—. Estás mayor.

—Estoy mayor.

Estuvo los dos días con la horca, que se hace con los brazos y no con los ojos.

La mujer del segador les dio de comer las tres veces al día: pan, habas, cebolla y agua con vinagre, y una vez sopa de ajo.

Sacó queso el primer mediodía y ninguno lo tocó, y ella miró los cinco pedazos enteros encima de la tabla, y no dijo nada, y al día siguiente no sacó queso.

Eso fue todo. Hay gente que pregunta y hay gente que no vuelve a poner lo que sobra.

El tercer día, al acabar, el hombre les ofreció quedarse.

Lo dijo en el prado, con la horca clavada, sin ceremonia: le quedaban dos semanas de heno y luego venía el otro prado de arriba, y después había que subir la piedra del muro; que si querían, hasta agosto, y pagando.

Un dinero al día y la comida, y el pajar.

Un dinero al día son treinta al mes, y treinta al mes es lo que gana un peón.

Amiel dijo que no allí mismo, sin mirar a nadie, y dio las gracias dos veces.

El hombre se encogió de hombros y les dio los cinco panes.

Duran no dijo nada en el prado. Lo dijo después, camino del pajar, andando al lado de Guiraut y sin levantar la voz, y dijo solo esto: que en dos semanas los cinco habrían tenido botas.

La tercera noche, en el pajar, Duran hizo la cuenta.

La hizo en voz baja, tumbado boca arriba, con las manos detrás de la cabeza, y no la hizo para discutir con nadie: la hizo porque las cuentas se hacen.

—De Tolosa a Ostabat, andando y por el camino, un hombre solo va en dieciocho o veinte días. Yo he ido dos veces con mi tío, con carga, y fuimos en veintidós.

—Nosotros no salimos de Tolosa.

—Ya lo sé. Lo pongo por medirlo. Desde Usson, y por donde vamos, un peregrino de los de verdad, de los que llevan bordón, escarcela y ocho dineros, está en Ostabat en tres semanas y media. Cuatro si llueve.

Nadie dijo nada.

—Nosotros salimos de Usson después de Pascua. Estamos en junio.

—Hemos rodeado —dijo Poitevin.

—Hemos rodeado Foix, hemos rodeado Pamiers, hemos rodeado Saint-Lizier por debajo, hemos rodeado la villa de esta tarde, y hemos vadeado dos veces para no pagar un óbolo.

Y hemos parado tres días aquí y cuatro en el molino.

Yo no digo que esté mal hecho. Digo lo que es: al paso que llevamos son cinco meses, y llegamos en septiembre o en octubre.

—Se llega cuando se llega —dijo Amiel.

—Se llega cuando se llega, sí. Pero eso lo tenemos que saber los cinco. —Duran se incorporó sobre un codo—. Y hay una cosa más y la digo esta noche y no la vuelvo a decir.

—Dila.

—Que llevamos ahí —y señaló con la barbilla el bulto sobre el que dormía Poitevin— para pagarle el puente a un ejército, para dormir bajo techo desde aquí hasta el mar y para comer caliente todos los días de aquí a Navidad.

Y estamos en un pajar, con las manos llenas de ampollas, porque un hombre nos ha dado un pan.

Poitevin se removió encima de la bolsa.

—Es de la iglesia.

—Ya sé que es de la iglesia. No estoy pidiendo abrirla. Estoy diciendo que la bolsa es lo que nos hace ir despacio, y que ir despacio también cuesta, y que ese coste no lo apunta nadie porque no se paga en dineros. Se paga en junio, en julio y en agosto.

Se callaron todos. Fuera empezó a llover flojo sobre la teja, y aquella noche la lluvia era del hombre del prado y no de ellos.

Llevaban noventa días fuera. A Poitevin se le habían abierto los zapatos por la costura del lado de dentro y andaba con una tira de arpillera liada.

Hugon tenía una llaga en el empeine que se le cerraba y se le volvía a abrir cada vez que vadeaban.

A Amiel, que era el mayor, se le habían metido los ojos para dentro.

Y los cinco tenían la misma cara de la gente que come una vez al día: la piel de la mandíbula pegada al hueso y las orejas más grandes.

—¿Y qué propones? —dijo Amiel.

—Nada —dijo Duran—. No propongo nada. Lo he contado para que esté contado.

A Guiraut le pareció bien y se lo dijo, y fue lo único que se habló de aquello.

Se durmieron pronto. Guiraut se quedó despierto, y cuando los otros respiraban hondo se sentó con la espalda en el poste, desató la correa y sacó el libro.

Por la ventana del pajar entraba luz de luna, que es poca pero es luz, y él llevaba veinte años leyendo con menos.

Abrió por donde suele. Puso las tapas encima de las rodillas y la cara a la distancia de siempre, que es la de un brazo doblado, y no vio renglones: vio una mancha gris con una trama.

Acercó. A dos palmos empezó a haber letras y no había palabras. A un palmo hubo palabras, de tres en tres, y para leer las tres siguientes tuvo que mover el libro y no la cabeza.

Estuvo así un rato largo. Después lo cerró, lo ató, se lo puso otra vez en la faja y se quedó sentado, con la espalda en el poste, hasta que se hizo de día.