24
El lunes por la mañana vendió el reloj de su padre en una joyería de la calle del Muski, y lo vendió bien, que es lo peor que se puede decir de una venta así.
El joyero abrió la tapa, miró las iniciales, cerró la tapa, le dio la vuelta al reloj y lo puso en el platillo de la balanza. No preguntó si andaba. No lo abrió por detrás. Pesó la caja, pesó la cadena, hizo dos números en un papel, y le ofreció veinticuatro libras por las dos cosas.
—Es un Vacheron —dijo Henri.
—Es oro —dijo el joyero.
Se quedaron en veintiséis con la estilográfica dentro del lote. Salió a la calle con los billetes en el bolsillo de dentro y se estuvo tocando la muñeca dos días, aunque nunca lo había llevado en la muñeca.
El martes 29 a las siete de la tarde la tienda de Girgis tenía el cierre echado y una luz por debajo.
Entró por la puerta de al lado, la de la casa, que le abrió el chico del té.
En la trastienda estaban la mesa, la bombilla y el bulto envuelto en el paño azul, y encima de la mesa había también, esta vez, una hoja de periódico extendida, que Henri no entendió hasta que vio que era para contar el dinero encima y que no resbalara.
Contó ciento sesenta y cinco libras en billetes de una y de cinco. Tardó cuatro minutos largos. Girgis las contó después, más deprisa, y las metió en un sobre sin cerrarlo.
Ningún papel. Ninguna palabra de más. Girgis envolvió el códice en el paño, y encima del paño le puso dos vueltas de tela de embalar cosida por un lado, y Henri lo metió en la cartera de mano, debajo de las separatas y de la gramática de Steindorff.
—Buen viaje —dijo Girgis, y le abrió la puerta de la casa, y no le dio la mano.
En la pensión subió los tres pisos sin correr, saludó a la madre del dueño en el rellano, entró en su habitación y cerró con llave.
Apagó el ventilador. No por el ruido: por el aire.
Puso una toalla limpia encima de la mesa, acercó la lámpara de pie y le quitó la pantalla, y con eso tuvo una bombilla desnuda a un palmo y medio de la superficie.
Se lavó las manos y se las secó. Se sentó.
Eran las ocho menos veinte de la tarde del 29 de abril de 1947 y tenía cuarenta y cinco años.
Deshizo la tela y deshizo el paño.
El cuero olía a establo. El bloque estaba pegado al lomo y tirante, y las tapas no cerraban del todo, y al desatar la tira se abrieron solas dos dedos, como se abre un fuelle.
Lo abrió por el principio, que es como hay que hacerlo y como no había podido hacerlo en la trastienda.
La primera hoja estaba comida por el borde de abajo y tenía una mancha de humedad antigua que se llevaba las tres últimas líneas.
Las demás no. Las demás estaban enteras, tostadas, con las fibras marcándose al trasluz, y la escritura era de las que un hombre puede leer a los cuarenta y cinco años sin gafas si le ponen bombilla suficiente: redonda, ancha, muy regular, con las letras separadas.
Empezó por la primera línea.
Tardó cuarenta segundos en pasar de descifrar a leer, y después no paró en dos horas.
Y era una entrada que conocía. Se le fue formando en la cabeza al tercer renglón y se le confirmó en el séptimo: Juan, el hermano de Santiago, subiendo al templo; un fariseo que le sale al paso y le dice que aquel galileo los ha engañado a todos; Juan que se va al monte con el corazón encogido y con tres preguntas; y entonces el cielo se abre.
Se levantó, dio dos vueltas a la habitación, se sentó y siguió.
Aquel texto existía y él lo sabía. Existía en Berlín, en un códice comprado en El Cairo en 1896, que un alemán había descrito, transcrito y llevado a la imprenta, y cuyas galeradas se echaron a perder en una inundación en el año doce; y después vino una guerra, y después otra, y aquel volumen seguía sin publicarse, y el alemán había muerto.
De manera que del Apócrifo de Juan, en abril de 1947, no había en el mundo una sola edición impresa que un hombre pudiera comprar y poner al lado de otra cosa.
Lo que había era el resumen de Ireneo, del siglo II, en el libro primero, que cuenta el mismo sistema —los mismos eones, el mismo hacedor del mundo, la misma soberbia— y que no coincide del todo con lo que los que habían visto el códice de Berlín contaban del códice de Berlín.
Es decir: dos testigos y dos versiones distintas. Y ahora tres.
Eso no era un problema. Eso, para un hombre que llevaba veinte años trabajando con copias de copias, era la única manera en que estas cosas viajan: cada casa copia lo que tiene y lo copia como lo entiende, y lo que sobrevive no es un texto, es una familia de textos que se parecen entre sí como se parecen unos primos.
A las diez y media llegó al pasaje.
Lo vio venir tres líneas antes y se le puso la mano encima de la mesa, abierta, quieta.
El que hizo el mundo mira lo que ha hecho y dice que él es dios y que no hay otro fuera de él.
Y a continuación —esto no está en Ireneo, esto no lo cuenta nadie de esa manera— la respuesta: que en eso mintió, porque si no hubiera otro no estaría celoso, y el que cela a otro está confesando que hay otro.
Henri se rio en voz alta, solo, en una habitación cerrada de una pensión de El Cairo.
Se rio porque era buenísimo. Era un argumento de taberna, de esos que se ganan en tres palabras, metido en mitad de un libro sagrado; era la clase de frase que un hombre que no sabe leer oye una vez y se queda con ella, y la repite en su casa, y se la cuenta a otro, y así se anda dos mil kilómetros y cuatrocientos años.
Y detrás del argumento venían los nombres del que hizo el mundo, en fila, como los da esa gente.
El primero lo leyó dos veces. Volvió atrás, acercó la lámpara y lo leyó una tercera vez letra por letra, con el dedo debajo, sin tocar el papiro.
Estaba trastocado. Donde todo el mundo pone una sílaba, aquel códice ponía la otra, y donde todo el mundo pone la otra, ponía la primera. Las dos del medio, cambiadas de sitio.
Cogió el cuaderno y lo copió tal cual, con su lápiz, en mayúsculas, y lo subrayó dos veces, y en el margen escribió, en francés: lectura propia de este testigo, no corregir .
Un texto que se copia sin errores no tiene familia. Un texto con un error propio tiene padres, tiene hermanos y tiene hijos, y se puede seguir el rastro de ese error de una copia a otra como se sigue una nariz de un abuelo a un nieto.
Aquello ya no era un códice bonito. Aquello era una rama.
A medianoche hizo lo que llevaba cuatro horas sin hacer, que fue ir al final.
El libro no era un libro: eran tres. El primero acababa hacia la mitad del bloque, con dos renglones centrados y una línea de adorno debajo, y en la página siguiente empezaba otra cosa con otro título; y ese segundo texto se acababa también, veinte hojas más allá, y había un tercero, más corto, que se interrumpía porque las últimas hojas estaban comidas por abajo casi hasta el medio.
Del segundo leyó una página y no lo reconoció. Del tercero leyó media y tampoco.
Volvió al primero, porque el primero era el suyo y porque un hombre no puede con tres cosas a la vez, pero antes anotó en el cuaderno las tres primeras líneas de cada uno, por si acaso.
Siguió hasta las dos de la mañana. A las dos se le fue la vista, se levantó, abrió la ventana y se quedó un rato en el balcón, con la calle vacía y con un perro ladrando en el patio de al lado, haciendo la cuenta de lo que acababa de pasar: le quedaban nueve libras, ningún reloj, un pasaje de vuelta, un objeto que no podía enseñar en la aduana de Alejandría y ciento sesenta y cinco libras de un dinero que le había pagado un notario de Foix por una firma.
Entró, se lavó la cara, y antes de acostarse contó las hojas de una en una, cogiéndolas por el borde con dos dedos.
Ciento treinta y ocho.