El Evangelio de las Cenizas 23
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La tienda de Girgis estaba en una calle del barrio viejo por la que no cabía un coche, y tenía escaparate, licencia enmarcada detrás del mostrador y un cartel en tres lenguas.

Girgis tenía sesenta y tantos años, era copto, llevaba chaleco y hablaba un francés de escuela de misión, aprendido de niño y sin usar desde entonces más que para vender.

La primera visita duró cuarenta minutos y no pasó nada.

Té. Preguntas sobre el viaje. Dos telas encima del mostrador que Henri miró por educación. La palabra papiro no la dijo ninguno de los dos. Al irse, Girgis le preguntó dónde se alojaba, y él se lo dijo, y esa fue toda la transacción del día.

La segunda visita fue el sábado y compró.

Antes de que dijera nada, Girgis le preguntó por el ventilador de la pensión, que hacía ruido; y por el hijo del dueño, que era buen chico; y si en Francia se pagaba bien a los que enseñan.

Fueron tres frases sueltas dichas mientras desataba un cordel.

Henri no había hablado de ningún ventilador con nadie, y tardó dos días en entender que aquellas tres frases eran el resultado de una investigación completa hecha en cuatro horas por gente de la calle.

Compró un ostracon con seis líneas en copto, cuentas de una entrega de trigo, del siglo VI o VII, por tres libras y media.

No lo necesitaba. Lo pagó al contado, pidió el papel, y estuvo veinte minutos hablando con Girgis del ostracon, y en esos veinte minutos leyó las seis líneas en voz alta, tradujo dos, y se rio de una fórmula de cortesía que le hizo gracia.

Fue un error.

El jueves Girgis lo hizo pasar a la trastienda.

La trastienda era un cuarto de tres metros por cuatro con una mesa, dos sillas, una bombilla colgando y un armario de dos cuerpos con las llaves puestas.

Olía a polvo y a queroseno. Entró un chico con el té y salió, y Girgis cerró la puerta con el pie mientras dejaba una bandeja de madera encima de la mesa.

Encima de la bandeja había un bulto envuelto en un paño de algodón azul.

—Esto no está en el escaparate —dijo.

—Ya lo veo.

—Y esto no sale con papel.

Lo desenvolvió él mismo, con las dos manos, y lo puso en el centro de la mesa.

Era un códice entero. Encuadernación de cuero, de un pardo casi negro, con la cubierta más grande que el bloque y una solapa que envolvía el canto delantero, y una tira de cuero para atarlo alrededor, y el cuero estaba cuarteado como el barro de una charca seca pero entero.

Del tamaño de un misal pequeño. Y estaba hinchado, como se hinchan estas cosas, con el bloque de hojas más grueso por el lomo que por el corte.

Henri no lo tocó. Puso las manos en las rodillas.

—¿Puedo?

—Puede mirar. Yo abro.

Girgis lo abrió por el medio, sujetando las tapas por el canto, y lo dejó abierto quince o veinte segundos, y volvió a cerrarlo. Lo abrió después por otro sitio y lo tuvo abierto otro tanto. Y una tercera vez.

Papiro. Dos columnas no: una sola, ancha, escrita a renglón seguido, con una letra redonda, grande, muy regular, de las de libro y no de las de carta.

Los márgenes anchos. Alguna letra agrandada al principio de línea.

En el borde de arriba, en dos de las tres veces, se veía un número escrito con la misma tinta.

Y Henri leyó.

No lo decidió. Estaba mirando la segunda apertura y le salió la lectura sola, como le había salido en noviembre en un despacho frío, y leyó cuatro palabras seguidas en voz alta, y después una quinta, y después se calló.

Levantó los ojos y Girgis lo estaba mirando a él y no al libro.

—Usted lee esto —dijo el anticuario.

—Leo un poco.

—Usted lee esto —repitió, y no era una pregunta, y a partir de ese momento la conversación fue otra.

Girgis se sentó, se sirvió té y le explicó a Henri, con mucha calma y sin ninguna vergüenza, el negocio entero, porque a partir de entonces ya no hacía falta fingir que estaban hablando de decoración.

Le dijo que para una pieza como aquella el permiso no llega nunca, porque el primer funcionario que la vea la manda al Museo, y el Museo dirá que es patrimonio nacional, y tendrá razón.

Y le dijo que aquello no se lo iba a llevar al Museo.

—¿Por qué no?

—Porque no vino solo —dijo Girgis—. Vino con otras cosas, y las otras cosas ya no están conmigo, y si yo llevo esto y me preguntan de dónde ha salido, tengo que contestar. Y si contesto, dejo de tener tienda.

—¿De dónde ha salido?

—De arriba. De un hombre que vino en tren con dos sacos.

—¿De arriba de dónde?

—De arriba —dijo Girgis, y se acabó el té.

Empezó pidiendo trescientas libras.

Henri se rio, porque hay que reírse, y dijo que no tenía trescientas libras ni las había tenido nunca.

Girgis dijo que un francés que viaja hasta El Cairo con una gramática copta en la maleta tiene trescientas libras.

Henri dijo que había venido en tercera y en un camarote de seis, y que se lo podía preguntar a los griegos de la pensión.

Bajaron a doscientas cuarenta.

Estuvieron cincuenta minutos y bajaron a doscientas diez, y ahí se paró.

Henri dijo ciento treinta. Girgis se levantó y ordenó unas cajas del armario, que es lo que se hace cuando se ha oído una cifra insultante, y volvió a sentarse y dijo doscientas.

—Ciento cincuenta —dijo Henri—. Y le digo la verdad, y usted decide si me cree: ciento cincuenta es todo lo que hay. Lo demás es el billete y la pensión.

—Ciento noventa.

—Ciento cincuenta.

—Ciento setenta y cinco.

Y entonces Henri hizo lo que llevaba una hora sabiendo que no debía hacer.

Alargó la mano y puso dos dedos encima de la tapa, y la dejó ahí, y dijo una frase de más:

—Esto no es una recensión conocida.

Girgis no sonrió, que fue lo peor. Se quedó muy quieto, asintió despacio dos veces, y dijo:

—Ciento noventa.

Salieron a ciento sesenta y cinco, y salieron a ciento sesenta y cinco porque Henri no tenía más y porque Girgis lo creyó, y no porque hubiera regateado bien. Después de aquellos dos dedos encima de la tapa, ciento sesenta y cinco eran cuarenta más de las que valía aquella mañana.

Quedaron para el martes 29, a las siete de la tarde, con la tienda cerrada.

Al contado, en libras egipcias, sin papel, sin recibo y sin nombre. Y una advertencia, dicha en la puerta, con la mano en el picaporte y en voz baja:

—Cuando salga de aquí con eso, no vuelva. Ni a preguntar, ni a saludar, ni a comprarme una tela. Si vuelve, es que ha tenido un problema, y si ha tenido un problema, yo no le conozco.

Henri estuvo el resto del jueves y todo el viernes haciendo cuentas, en el reverso de un sobre y después en un cuaderno, en columnas, como se hacen las cuentas cuando no salen.

Tenía ciento cuarenta y ocho libras y siete piastras.

De ahí había que quitar la pensión hasta el 30, que eran seis libras; el tren a Alejandría, ochenta piastras; y dos noches allí antes de embarcar, otras dos libras.

El pasaje de vuelta lo tenía comprado desde Marsella y era lo único que no se podía tocar, porque sin pasaje no hay salida y sin salida el resto es una broma.

Ciento treinta y nueve. Le faltaban veintiséis.

Las cincuenta de Gaubert no volvían hasta septiembre, y pedírselas era ponerle a un hombre de cincuenta años en la situación de decir que no. Escribir a Toulouse eran doce días y una explicación.

En el cajón de la mesilla tenía dos cosas de valor.

Una era una estilográfica de las de después de la guerra, que en aquella ciudad valía tres libras.

La otra era el reloj de su padre, de oro, con la cadena, parado desde 1931 y con las iniciales grabadas por dentro de la tapa, que era lo único que había salido de la casa de Auch cuando se vendió la casa de Auch.

El viernes por la noche se lo puso encima de la mesa y estuvo mirándolo un rato largo con el ventilador haciendo su ruido de motor de barca.