El Evangelio de las Cenizas 22
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Le dieron el volumen a las cuatro y cuarenta de la tarde y a las cinco y cinco tuvo que devolverlo, y eso fue el primer día.

Lo del primer día empezó una semana antes, con un formulario.

Tenía la tarjeta de lectora en vigor, tenía el título de acceso a investigación y tenía el número del volumen, y aun así hubo formulario: objeto de la consulta, referencia bibliográfica del trabajo en curso, institución, y una casilla en la que había que declarar si se solicitaba la reproducción.

Los volúmenes de aquella colección se comunican con reserva previa.

La reserva previa se hace en línea. Le dieron hora para el martes siguiente.

El martes llegó a las dos, dejó el abrigo y el bolso en la consigna, sacó el portátil, el lápiz, las cartulinas y la lupa —lo único que se puede meter, en una bolsa transparente que dan ellos—, y subió.

La sala de manuscritos es larga, con las mesas en filas y una luz de arriba que no hace sombra.

Cada puesto tiene su número. En el mostrador le asignaron el cuarenta y uno y le dieron un atril de gomaespuma, dos cuñas y un par de serpientes de plomo forradas en tela para sujetar el papel sin tocarlo con los dedos.

Rellenó el bulletin de communication a las dos y cuarto.

Es un papelito estrecho, de un talonario, con las casillas para la cota, la fecha, el número de puesto y el nombre del lector, y se firma.

Se arranca por la línea de puntos y se queda la matriz en el talonario, con lo escrito marcado por el papel carbón.

Inés lo rellenó, lo firmó, lo entregó, y no pensó absolutamente nada, porque llevaba quince años rellenando papeletas y una papeleta es lo más parecido que hay a nada.

—Comunicación a las cuatro y media —le dijeron.

—Son las dos y veinte.

—Las comunicaciones de reserva son a las cuatro y media, señora. Antes está el turno de la mañana.

Se quedó las dos horas.

Trabajó con el catálogo, que era lo que tenía a mano, y leyó otra vez, por costumbre y por matar el tiempo, la noticia de la colección: doscientos cincuenta y ocho volúmenes, copias de documentos de los archivos del Mediodía, hechas entre 1665 y 1670 por orden de Colbert, bajo la dirección de un magistrado llamado Jean de Doat.

Président de la Chambre des comptes de Navarre.

Inés levantó una ceja. Presidente de la Cámara de Comptos de Navarra: es decir, un funcionario del reino de Navarra de la parte de Francia, un hombre de Pau y de Saint-Palais, uno de los suyos, en cierto modo.

Lo pensó tres segundos, le hizo un gesto de gracia a la pantalla y pasó de página, porque a las cuatro y media le iban a dar el volumen y llevaba seis semanas esperando ese momento.

Se lo trajeron en un carro, encima de una funda de tela.

Encuadernación del XVII en piel marrón, con las armas doradas en las tapas, casi mil páginas, y unos treinta y siete centímetros de alto.

Lo puso en el atril, lo abrió con las dos manos, y la primera impresión fue física y estúpida: aquello olía.

Olía a polvo y a cola vieja, y ese olor no está en un fotograma.

Fue al 211 por la foliación antigua, que va a lápiz rojo en el ángulo, y llegó al 211 vuelto en cuatro minutos.

Y ahí estaba, y lo primero fue una decepción, porque no había ningún prodigio: unas líneas de la misma tinta parda, con la misma letra apretada, en el mismo espacio interlineal, al pie de la deposición del tejedor.

Midió. La caja de escritura es la misma.

El renglón es el mismo: en aquel folio la deposición va a veintiséis líneas y la cláusula añade siete más, apretadas, pegada a la de arriba y sin un dedo de aire por debajo, contra la siguiente, que empieza con una capital algo mayor y con su fórmula de inicio.

Con la lupa vio lo que se ve con una lupa, que es la trama del papel y el grano de la tinta.

La tinta le pareció más oscura. Después le pareció que no.

Después pensó que había pasado siete semanas queriendo que fuera más oscura y que a esa altura ya no era un ojo fiable, y anotó, en la cartulina: tono: no concluyente a simple vista. No fiarse.

Estaba midiendo el espacio entre las dos deposiciones cuando el vigilante de sala pasó por detrás y dijo, sin levantar la voz, que a partir de las cinco y cuarto no se sirve ni se recoge nada, y que había que ir devolviendo.

—Acabo de empezar.

—Lo puede pedir para mañana. Se pide antes de las diez.

Guardó la lupa. Le habían dado veinticinco minutos y ella había gastado nueve en mirarlo sin hacer nada.

Preguntó dos cosas en el mostrador antes de irse, y las dos respuestas le llegaron con la misma amabilidad exacta.

La primera: fotografía, sí, sin flash, con la autorización de vista, para uso privado. Con el móvil, apoyada en la mesa, sin acercar la lente, y sin luz rasante ni lámpara propia.

—Es que lo que yo necesito es precisamente la luz rasante.

—Entonces es un examen técnico. Eso no lo pide un lector. Eso lo pide una institución, se pasa por el comité de conservación, y va con un proyecto.

—¿Cuánto tarda?

—Depende del proyecto.

Durmió en un hotel de la calle de Turbigo que le costó ciento treinta euros porque a fin de marzo no hay nada en París por menos, y cenó un kebab de pie mirando el escaparate de una tienda de material de dibujo.

El 24 de marzo, la semana anterior, sí había ido a Etxarri y sí había firmado la solicitud del préstamo con Bea y con el hombre del banco, y el hombre del banco había dicho que con la tasación hecha en mayo se podía firmar en junio.

Eso estaba bien. Eso era lo único de aquellos dos meses que estaba donde tenía que estar.

Volvió al día siguiente. Pidió a las nueve y cuarenta, le dieron el volumen a las dos, y esta vez lo tuvo tres horas y media.

Las tres horas y media dieron para mucho y no dieron para nada.

Lo primero que hizo fue lo de la mano.

En aquel volumen escriben dos escribanos y el relevo está hacia el folio ciento veinte: el segundo hace el módulo medio milímetro más pequeño y resuelve la abreviatura de -us con un rasgo pegado al renglón en vez de con uno alto.

Ella lo había visto en febrero en fotogramas malos y quería verlo en el papel.

Se veía. Se veía muchísimo mejor que en la pantalla, y le llevó veinte minutos comprobarlo folio a folio en los dos sitios donde el relevo se nota.

Y la cláusula del 211 vuelto estaba escrita por el segundo, con su módulo y con su abreviatura, igual que las tres deposiciones de encima y las cuatro de debajo.

Se quedó un rato con el lápiz en la mano.

Eso no significa nada, o significa las dos cosas a la vez: significa que la escribió el escribano que estaba copiando ese cuaderno, o significa que la escribió alguien que había mirado ese cuaderno lo bastante como para saber que en el folio 211 mandaba el segundo y no el primero.

Y eso, en el siglo que fuera, no lo sabía nadie que no se hubiera sentado con el volumen abierto exactamente donde estaba sentada ella.

Copió las siete líneas a lápiz, letra por letra, respetando abreviaturas, que es una manera de leer que no se parece a ninguna otra: al copiar se ve lo que al leer se salta.

Comprobó las que tenía transcritas de la edición de 2011 y coincidían, con dos diferencias de puntuación que eran del editor.

Repasó los seis folios anteriores y los seis siguientes buscando otra cláusula añadida al pie de una deposición, y encontró tres, y las tres eran normalísimas y estaban en el mismo sitio y con la misma forma.

Un falsificador que hubiera querido meter algo en aquel volumen habría hecho exactamente eso.

Un copista del XVII que estuviera copiando su original también.

A las cinco y veinte devolvió el volumen y bajó a por el abrigo. En el vestíbulo, mientras esperaba a la chica de la consigna, se quedó mirando la pared sin verla.

Tenía el folio visto con sus ojos. Tenía la letra medida, el renglón contado y el blanco medido en milímetros.

Y tenía exactamente lo mismo que el martes por la mañana: siete líneas que no podían estar ahí, escritas en el único sitio del mundo donde no había manera de comprobar si estaban desde el principio.

En el tren de vuelta durmió cuarenta minutos y soñó con un carro de biblioteca.