El Evangelio de las Cenizas 21
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Viajó en tercera, en un camarote de seis, con un mecánico de Sète que se mareó el primer día y medio y un matrimonio armenio que llevaba una gata dentro de una cesta. Se pasó la travesía en cubierta, con la gramática y con dos cuadernos.

En Alejandría le abrieron la maleta y le pesaron los libros. En la aduana había cola desde las seis y él pasó a las once y veinte. El tren a El Cairo tres horas y media, y llegó de noche.

La pensión estaba detrás de la plaza del Ezbekiyya y la llevaba una familia griega: sesenta piastras con desayuno, mosquitera, y un ventilador que hacía un ruido de motor de barca.

La primera lección le costó dinero y se la dio el hijo del dueño, de dieciocho años, la segunda mañana.

Henri había cambiado en el banco, en la ventanilla, con el recibo y con la firma, como se hace. Le enseñó el papel al chico porque quería saber si le habían timado en la comisión.

—En la comisión no —dijo el chico—. En el cambio.

—El cambio es el oficial.

—Sí, señor. Por eso.

Le explicó, con la paciencia de quien lo explica cuatro veces por semana, que había el cambio del banco y había el otro, el que se hace en un despacho de la calle Chérif con un señor que te da café, y que entre uno y otro había, aquella semana, algo más de un quinto.

Henri hizo la cuenta en el desayuno con el lápiz encima del mantel: se había dejado, por entrar por la puerta correcta, el equivalente a once días de pensión.

No se enfadó. Se apuntó el nombre de la calle y se sintió, por primera vez en veinte años, exactamente como el estudiante de provincias que había sido en un pasillo de París.

A Gaubert lo vio el jueves.

Se habían citado en el bar del Shepheard's, que fue idea de Gaubert, y a Henri le costó ciento veinte piastras un té y dos limonadas, y no se lo dijo.

En el hall había ingleses, había dos oficiales, había una mujer con dos perros pequeños y había, sobre todo, la sensación exacta de estar en un sitio donde se decidían cosas a las que él no había sido invitado.

Gaubert tenía cincuenta años y aparentaba setenta. Chaqueta de hilo limpia y raída, uñas comidas, y una manera de mirar la puerta cada vez que entraba alguien. Vivía de traducir para dos casas comerciales y de dar clases de francés, y había publicado, en toda su vida, once páginas.

Fue enormemente amable.

—Lo primero, y me lo va a agradecer: usted aquí no es profesor. Aquí es un señor de Toulouse que compra. En cuanto diga que es profesor, el precio sube y la mercancía baja, porque a los profesores se les enseña lo que va a acabar en un museo y no lo otro.

—¿Y qué es lo otro?

—Lo que no se puede sacar del país. —Removió la limonada—.

Aquí el comercio es legal. Hay escaparates, hay licencias, hay una tienda enfrente del museo con precios puestos.

Lo que no es legal es la exportación de piezas sin permiso, y el permiso lo da un servicio que en este momento tiene dos funcionarios y ocho mil expedientes.

Así que todo el mundo compra legalmente cosas que después salen ilegalmente, y todo el mundo lo sabe, y el negocio consiste en no decirlo en voz alta.

Al final, cuando ya se levantaban, Gaubert le pidió cincuenta libras egipcias hasta septiembre.

Lo pidió bien, mirándole a los ojos, sin inventarse una enfermedad ni un pleito: dijo que le habían fallado dos clases y que estaba con dos meses de pensión sin pagar.

Henri llevaba encima setenta y le dio cincuenta, allí mismo, doblando los billetes debajo del borde de la mesa, y los dos hicieron como que aquello no había ocurrido y siguieron hablando de un artículo de 1913.

Le dio un papel doblado con tres nombres y tres direcciones, dos en el barrio viejo y una en Malika Nazli. Debajo, a lápiz, había otros dos nombres tachados con una raya.

—¿Y estos?

—Esos dos son casas serias y con herederos y con abogados —dijo Gaubert—. Y no le van a vender a usted nada de lo que le interesa, porque tienen demasiado que perder. Los tacho para que no pierda el tiempo.

Se hizo un horario y lo cumplió, que era lo único que sabía hacer.

Salía a las seis y media y trabajaba hasta la una.

De una a cinco no se podía: en abril daba treinta y cuatro grados a las dos de la tarde, y el segundo domingo se quemó la nuca por no llevar sombrero y estuvo tres días sin poder apoyar el cuello en la silla.

De cinco a ocho, otra vez. Por la noche, la gramática.

En tres semanas perdió cuatro kilos y aprendió veinte palabras de árabe, todas de tienda: cuánto, mucho, mañana, mira, no.

Del Museo salió con las manos vacías y con una impresión buena.

Lo recibieron, le enseñaron las salas, le dejaron veinte minutos en la biblioteca y le dijeron que sí a todo lo que preguntó y que no a lo único que importaba.

Se sabía en la ciudad, porque lo sabía todo el mundo, que la casa había comprado un volumen el otoño anterior.

No estaba expuesto. No se enseñaba. Estaba, dijeron, en estudio.

—¿Y se podrá ver?

—Cuando esté estudiado.

Era la respuesta correcta y él la habría dado igual desde el otro lado del mostrador.

En la primera tienda no compró nada porque no había nada: escarabeos de tres piastras, cuentas de collar, dos telas coptas cosidas sobre cartón y una vitrina entera de cosas para oficiales ingleses.

En la segunda le enseñaron dos ostraca y una lámpara. En la tercera, la otra del barrio viejo, un hombre muy viejo le puso encima de un paño una hoja suelta de papiro, escrita por las dos caras, del tamaño de la palma de la mano y con el borde de abajo comido.

Henri se sentó y la leyó durante seis o siete minutos.

Era copto y era del siglo IV o de por ahí, y no era un recibo, ni una carta, ni un salmo. Era una discusión sobre algo, con las palabras de una discusión sobre algo, y le faltaba el principio y le faltaba el final.

Preguntó el precio. Se lo dijeron. Preguntó si podía volver al día siguiente, porque quería mirar una cosa en un libro, y el hombre dijo que sí con mucha cortesía.

Aquella noche estuvo hasta la una comprobando una forma verbal en la gramática, y a la mañana siguiente volvió a las diez.

La hoja no estaba.

—Se la llevaron ayer por la tarde —dijo el hombre—. Un señor.

—¿Qué señor?

—Un señor.

Se lo dijo sin ninguna malicia y le ofreció té, y Henri se lo tomó de pie, y se fue andando hasta el río, y anduvo por la orilla una hora larga con el sombrero en la mano y calculando cuánto le quedaba de permiso.

Tres semanas y media.