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Los que gobiernan no saben de dónde vienen. Hicieron el sol para tener quien los mire y midieron el año para tener quien los cuente. El que dijo «no hay otro» no había visto la orilla. Y su celo lo delató, porque nadie cela lo que no existe.
Aquel otoño la facultad estaba a nueve grados por las mañanas.
Había carbón para el aula grande y para el decanato, y en los despachos se daba clase con el abrigo puesto y se firmaba con guantes cortados por la punta.
En su curso de segundo tenía cuarenta y un inscritos, de los cuales once habían vuelto de algo: dos de un campo, cuatro del servicio de trabajo, uno de la marina, y los otros de sitios que no contaban.
El más joven tenía dieciocho años y el mayor treinta y uno, y a los dos había que examinarlos del mismo programa.
La abrió de pie, con el abrigo puesto.
Querido Sarremejane:
Recibo su carta con retraso, porque el correo aquí sigue siendo lo que era y porque yo he cambiado tres veces de pensión en un año.
Me alegra saber que se acuerda usted de mí; yo me acuerdo perfectamente de usted, y sobre todo de un invierno en que discutimos durante una hora sobre un pretérito y perdí.
Me pregunta por el mercado. Le contesto de buena gana, aunque le advierto que lo que le voy a contar aquí lo sabe todo el mundo y a nadie le importa, y que en Europa no lo cree nadie.
El mercado está movido y está barato para el que llegue con divisa.
Lo que hay son papiros coptos, y no de los de siempre.
Desde la primavera circulan hojas sueltas y algún cuaderno entero, encuadernado en cuero, de los que no salen de excavación regular.
Una casa de la calle Malika Nazli vendió una cosa importante este mes; el Museo se ha quedado con un volumen y hay quien dice que ha pagado poco y quien dice que ha pagado demasiado, que es lo que se dice siempre.
Nadie sabe de dónde vienen. Se habla del sur, de más arriba de Asiut, y se habla de un campesino y de una tinaja, y a mí lo del campesino y la tinaja me lo han contado ya cuatro veces con cuatro pueblos distintos.
Lo que sí le puedo decir, porque lo he visto con estos ojos encima de una mesa y durante veinte minutos, es esto: es material del siglo IV, es sahídico, y no es litúrgico ni bíblico.
Leí media página y no reconocí el texto.
Y no soy nadie, pero he pasado veinte años entre estas cosas y sé cuándo un texto no está en los repertorios.
Lo que aflore ahora se va a repartir entre el Museo, que no tiene dinero, y cuatro particulares, que sí lo tienen. En dos años esto se habrá acabado y se hablará de ello en las revistas durante treinta.
Si viene, avíseme con tiempo. Y venga con dinero encima, no con cartas de crédito: aquí una carta de crédito es una manera educada de decir que no se compra.
Suyo affmo.,
G. Gaubert
Henri se sentó en la silla del pasillo, que era una silla incómoda que estaba allí para dejar el sombrero, y leyó la carta otra vez entera.
Después subió, encendió la lámpara del despacho y estuvo un rato de pie delante de la estantería de la derecha, que era la que no tocaba nunca.
Ahí arriba, en el estante de encima de las revistas, había una gramática copta de Steindorff, en alemán, con las tapas arregladas con cinta de tela por su madre en 1925; un cuaderno de tapas negras con ejercicios de sahídico fechados entre noviembre del 24 y marzo del 27; y un sobre con cuatro fotografías de un ostracon que le habían dejado copiar en el 26.
Bajó el cuaderno y le sopló el canto.
En la calle des Écoles, el año que él entró, eran nueve en el seminario y el maestro se sabía los nueve nombres.
Se leía de dos a cuatro los martes y los viernes, y después se iba a un café de la esquina y se seguía leyendo en una mesa del fondo hasta las siete, y él era el que menos hablaba de los nueve porque era el que peor pronunciaba el francés de París, y era el que mejor traducía, y las dos cosas eran verdad a la vez.
En el 27 hubo una campaña. Se armó en dos semanas, con dinero del ministerio y de un mecenas de Lyon, y se fueron cuatro. Él fue el quinto en una lista de cinco, y el quinto de cinco se queda si el presupuesto da para cuatro.
Se lo dijeron muy bien. Se lo dijo un señor amabilísimo en un pasillo, de pie, con la mano en el picaporte, y le explicó que las plazas eran las que eran, y que un hombre joven tiene tiempo, y que al año siguiente ya se vería.
Y al año siguiente su padre se murió, y había una madre y una hermana en Auch y una casa hipotecada, y en octubre del 28 salió una plaza de historia medieval en Toulouse, y se presentó, y la sacó, y era una plaza muy buena, y de las nueve personas de aquel seminario, tres tenían hoy cátedra en París y una había muerto en Argelia.
No se acordaba de esto todos los días. Se acordaba dos o tres veces al año, cuando llegaba alguna revista.
Y había una cosa más, y esa sí la tenía presente todas las semanas desde hacía nueve años.
En 1937 había publicado veintidós páginas sosteniendo que el Interrogatio Iohannis —el librito que los suyos de aquí manejaban en el XIII, el que llaman la Cena secreta, del que no queda original y sí una copia del siglo XV y una edición de un dominico del XVII— no era una composición búlgara del año mil, como se venía diciendo, sino la punta occidental de una cosa mucho más vieja y mucho más al sur.
Que había un antepasado. Que ese librito tenía abuelos, y que los abuelos estaban en Egipto.
Se lo reseñaron en dos párrafos. El segundo decía que la hipótesis era seductora y que al autor le faltaba, para sostenerla, un eslabón: cualquier texto, uno solo, de la familia egipcia, leído o citado en Occidente antes del siglo XIII.
Tenía razón el reseñista. Le faltaba el eslabón. Llevaba nueve años sin encontrarlo porque no existía.
Abrió el cuaderno por la mitad, buscó un ejercicio cualquiera y se puso a leer en voz baja, moviendo los labios.
Al principio no le salía. Tardó tres o cuatro minutos en dejar de traducir palabra por palabra, y de pronto, en una línea sobre unos hombres que iban a un huerto, le salió entera y de corrido, con el sentido puesto, como quien se acuerda de un camino andando por él.
Se rio solo, en un despacho vacío, a las siete y veinte de la tarde de un martes.
Después hizo las cuentas en el reverso de un sobre, porque las cuentas hay que hacerlas.
Pasaje de Marsella a Alejandría: había dos compañías y salía uno cada quince días.
Se pedía plaza con dos meses. En invierno, con el mar como está, no.
En febrero tampoco, que hay exámenes. Semana Santa cae en abril y con el permiso de Pascua y quince días de los suyos se ponía en cinco semanas fuera sin pedirle nada a nadie.
Visado, cartas de presentación, y una lista de nombres que Gaubert le tenía que mandar.
Dinero: lo tenía. Estaba en un sobre, dentro de una caja de puros, dentro del armario de aquella misma habitación, desde el 3 de octubre, y no lo había ingresado en el banco y no se había preguntado a sí mismo por qué no lo había ingresado en el banco.
Contestó a Gaubert aquella misma noche, en dos folios.
Le decía que iría en primavera. Le pedía tres cosas concretas: los nombres de las casas serias, el nombre de las que no lo eran, y que si veía otra vez material como el que había visto, apuntara en un papel lo que pudiera de la primera línea, aunque fuera de memoria y aunque estuviera mal.
Y le pedía, con mucha cortesía, que no le contara a nadie que le había escrito.
Bajó a echarla al correo antes de cenar. Al volver se llevó la gramática de Steindorff a la mesilla, y aquella noche estuvo leyendo hasta las dos de la mañana con el dedo debajo del renglón, como un niño.