19
Vieron la catedral desde media legua, encima del cerro, sola, con el pueblo debajo pegado a la falda.
Poitevin quiso rodear. Amiel dijo que no se podía. El río va por ahí y el puente va por ahí, y el camino de arriba es de cabras y tarda dos días, y llevaban dos semanas comiendo una vez al día.
Además era san Juan. Se veía en el camino: iban familias enteras, iban mujeres con cestas, iba un ciego llevado por un chico, iba un hombre con una pierna atada a una tabla.
Ese día repartían pan en el atrio y daban de cenar en el claustro a los pobres del camino, y donde hay doscientos forasteros no se mira a cinco.
Subieron con los demás. La cuesta era de piedra pulida por los carros y hacía calor desde las nueve.
Delante iban dos mujeres con un cesto entre las dos y se lo cambiaban de mano cada veinte pasos sin decirse nada. Detrás venía el ciego. El chico que lo llevaba le iba avisando de las piedras sueltas en voz alta, esta, esta y esta, y se equivocó dos veces, y las dos veces el ciego se rió.
Poitevin subió el último y con la bolsa debajo de la capa, y por el camino le dijo a Duran, en voz baja, que si a alguno le daba por registrar bultos, él se quedaba atrás y se metía en el bosque de la izquierda y se veían al otro lado del puente, y que no lo buscaran.
Arriba había una explanada delante de la puerta, y en la explanada había gente sentada al sol, y contra el muro, encima de dos caballetes, una tabla larga con paños.
Encima de los paños había una caja de madera con chapas de metal, del tamaño de un cofre de guardar cintas, con dos ventanas de cristal turbio en la tapa.
Delante de la caja había un clérigo joven con un libro, un banco y una cola.
—¿Qué es eso? —dijo Duran.
—Es el santo —dijo una mujer de la cola, sin volverse—. Un dedo y una parte de la quijada.
No era eso lo que había preguntado y no hizo falta preguntarlo otra vez, porque delante de ellos había veinte personas haciendo lo mismo, uno detrás de otro: llegar, poner la mano encima del cristal, repetir lo que decía el clérigo, y pasar.
La gente venía por el santo. Llevaba veinticinco años en los altares y curaba, según decían, de la gota, del mal de piedra y de la sordera, y en el atrio había un puesto donde vendían velas y figuras de cera del tamaño de una mano: piernas de cera, brazos de cera, un par de ojos de cera pegados en una tablilla.
Se compraba la parte que uno tenía mala y se dejaba encendida delante de la caja.
Duran se paró delante del puesto. Preguntó cuánto valía una pierna y el hombre le dijo el precio de la pequeña y el de la grande, y Duran dijo que ya volvería.
No tenían con qué comprar la pequeña. La bolsa iba a cuatro pasos, debajo de la capa de Poitevin, cosida por la boca y con el sello de cera puesto.
Delante de ellos, en la cola, un hombre de Auch discutió.
—Yo esto lo juré en marzo, en mi parroquia.
—Pues lo juras otra vez.
—¿Y si lo juro cuatro veces?
—Entonces lo habrás jurado cuatro veces —dijo el clérigo, y le señaló la caja con la barbilla sin levantar la cabeza del libro—. La mano.
El hombre puso la mano y lo juró y pasó, y siguió refunfuñando dentro.
Poitevin se salió de la cola y se puso a mirar unas mulas.
Hugon se quedó atrás, junto a la esquina del muro, quieto.
Amiel no se movió. Iban el uno al lado del otro y Amiel no dijo ni una palabra, ni le tocó el brazo, ni le miró, y Guiraut supo entonces lo que iba a pasar y que iba a pasarle a él, porque él era el que iba delante y porque el que va delante es el que jura.
La cola andaba deprisa. El clérigo tendría veinticinco años y llevaba desde el amanecer diciendo lo mismo, y lo decía como se dice el padrenuestro cuando se ha dicho mil veces.
—Manum super sanctas reliquias.
—La mano encima —tradujo, sin levantar la cabeza—. Ahora repite conmigo, en romance, que se entiende mejor.
Y era una fórmula corta, de tres partes, y la había mandado el arzobispo aquella primavera para todo el que entrara en las iglesias de la provincia y quisiera limosna o cama, y se la sabía de memoria hasta el chico que sujetaba la caja: que no eres de los herejes; que no has creído en ellos, ni los has adorado, ni les has dado de comer; y que si sabes de alguno lo dirás.
Le tocó.
Y aquí es donde hay que decir despacio lo que pasó en aquella explanada, entre la hora tercia y la sexta de un día de junio, porque Guiraut, que llevaba veinticuatro años sin decir una palabra que no fuera verdad —y no por virtud, sino porque quien ha renunciado a tener cosas descubre que la mentira es una manera de tenerlas—, tuvo que decidir en el tiempo que tardó un clérigo aburrido en levantar la vista del libro si un juramento arrancado con hambre a un hombre que no puede negarse sin morir es un juramento, o si es solamente un ruido que hace la boca; si el que jura sin creer en el juramento jura; si Dios, que según él y según los suyos no había hecho aquel mundo ni aquella caja ni aquel dedo, podía darse por ofendido por unas palabras dichas encima de un cristal sucio; si el pecado estaba en el acto o en la intención; y si valía más callar allí, y que los cinco durmieran fuera y que uno de ellos fuera reconocido a la mañana siguiente, que decir tres frases falsas y salvar un libro que él creía —y esto era lo que no podía decirle a nadie, ni a Amiel— que valía más que su alma.
Puso la mano encima del cristal. Estaba caliente del sol.
Y juró las tres cosas, una detrás de otra, en voz alta y sin equivocarse, y en la tercera, la de denunciar, le salió la voz igual que en las dos primeras.
—Pasa —dijo el clérigo—. ¿Los tuyos van contigo?
—Van conmigo.
—Que pasen.
Y pasaron los cuatro sin poner la mano, porque el clérigo ya estaba con la mujer siguiente.
Guiraut se quedó a dos pasos y los vio pasar de uno en uno.
Duran pasó mirando al suelo. Amiel pasó como pasa el que tiene derecho a pasar.
Poitevin vino de las mulas, se metió detrás de una familia y entró con ellos.
Hugon fue el último y pasó despacio, y al llegar a la altura de la caja se apartó un paso, y el paso lo dio hacia fuera.
Dentro repartieron pan y una escudilla de habas cocidas sin nada, y por una vez pudieron comer todos delante de todos, y aquello fue lo más raro del día: estar sentados en un claustro, con un plato en la mano, sin que nadie los mirara.
Guiraut comió sentado en el suelo, con la espalda en una columna. Comió despacio y se lo comió todo.
Hugon se sentó enfrente, a cuatro pasos, con su escudilla en las rodillas, y se quedó mirándolo mientras comía. No con reproche. Sin nada. Guiraut aguantó la mirada dos veces y a la tercera se puso a mirar el pozo del centro del claustro, donde una mujer estaba lavándole la cara a un niño.
Duran se sentó a su lado y no dijo nada en un buen rato.
—Yo lo habría dicho —dijo el chico al final.
—Tú no ibas delante.
—Ya. Pero lo digo igual.
—Cómete eso.
Mientras lo juraba llevaba el libro donde lo llevaba siempre, debajo de la camisa, contra el estómago, atado con la faja.
Se acordó de eso después, al sentarse: que había puesto la mano derecha encima de un dedo de un santo y que con la izquierda, sin darse cuenta, se había estado sujetando el bulto de las tapas.
Durmieron en el pórtico con otros cuarenta, en el suelo, con las alforjas por almohada. De madrugada, un hombre tosió durante dos horas seguidas y nadie se quejó. Dos veces pasó un clérigo con un farol contando bultos, y las dos veces contó y siguió.
Guiraut no durmió. Estuvo boca arriba con la mano derecha encima del pecho, que era encima del libro, y se la quitó de allí y se la puso en el costado, y al rato la tenía otra vez donde estaba.
Antes de que fuera de día, Amiel se puso en cuclillas al lado de Guiraut y le habló muy bajo, pegado al oído, y le dijo que en el camino, en cuanto encontraran un sitio con agua y sin gente, se hacía lo que había que hacer, y que se hacía aquel mismo día si él quería.
—Después —dijo Guiraut.
—No lo dejes.
—Después.
Salieron con la primera luz, por la puerta de abajo, hacia el oeste, entre carros de vuelta y gente que se iba a su pueblo. En el puente Guiraut se paró un momento y se frotó la palma derecha en el muslo, dos veces, sin darse cuenta de que lo estaba haciendo, y luego siguió andando.