18
Bertrand Eychenne la recibió a las nueve de la mañana en su casa de la calle Ozenne, le sirvió un café que había hecho él y le dijo que disponía de una hora, y a las diez en punto se acabó la hora.
Setenta y un años. Camisa sin corbata, chaqueta de punto, la mano derecha con un temblor de esos que empiezan a los sesenta y que no significan nada.
El despacho tenía tres paredes de libros y la cuarta de archivadores, y encima de la mesa había un montón de separatas atadas con una goma y unas gafas de leer encima del montón.
—Le agradezco que haya venido. Sé que le he pedido yo la cita, y sé también que en su lugar yo habría venido con la mosca detrás de la oreja.
—Un poco.
—Es lógico. —Se sentó—. Cuéntemelo usted primero, si le parece. Yo he oído tres versiones y las tres eran de terceros.
Inés se lo contó en cinco minutos, sin adornos y sin conclusiones. La cota, el folio 211 vuelto, la cláusula añadida al pie de una deposición, el nombre del hacedor del mundo, la refutación por el celo, la glosa. Que estaba en la edición de 2011. Que el registro medieval no existe.
Eychenne escuchó sin moverse. Cuando ella terminó, dijo dos cosas seguidas.
—Bernardus Vitalis, tejedor de Laurac.
—Sí.
—Lo he leído. Como todo el mundo que ha abierto ese volumen, y hemos sido pocos.
—Se quitó las gafas de encima de las separatas y no se las puso—.
Y la nota del editor remite a un artículo de 1954, que era de su abuelo, cosa que usted sabe mejor que yo.
Vamos a quitarnos eso de en medio en el primer minuto para no estar toda la hora pisándolo.
—Quitado.
—Bien. Entonces le voy a hacer la pregunta que le van a hacer todos, y prefiero hacérsela yo porque yo se la voy a hacer sin público. ¿Qué es lo que usted cree que ha encontrado?
—Todavía no lo sé.
—Eso no es una respuesta, es una precaución. Y es la correcta, pero conmigo no le hace falta.
Inés se tomó tres segundos.
—Creo que en ese folio hay una cita de un texto cuya transmisión occidental no está documentada por ningún otro sitio. Y creo que solo hay dos maneras de que llegue ahí, y que las dos son extraordinarias.
—Correcto. —Levantó un dedo—. Y ahora yo le voy a contar lo que pasa en este oficio cuando alguien encuentra algo extraordinario, porque llevo cuarenta y ocho años viéndolo y usted lleva quince.
Se levantó, sacó un volumen de la segunda estantería sin buscarlo y lo dejó abierto encima de la mesa, hacia ella, sin señalar nada.
—Saint-Félix. Un acta de un concilio de 1167 en el que se dice que vino un obispo de Constantinopla y organizó las iglesias de aquí.
Es el documento que lo explicaría todo. Y solo se conoce por una edición impresa en 1660, hecha por un erudito de Carcasona a partir de un original que nadie ha vuelto a ver.
—Besse.
—Besse. Durante siglo y medio se dio por bueno.
Después se dijo que era falso, y con razones: aparece justo cuando hacía falta, en la pluma de un hombre que tenía interés en probar la antigüedad de las iglesias de su tierra, y sin original.
En 1999 se convocó un coloquio para acabar con él.
Yo estaba allí. Íbamos a demostrar que era una falsificación del XVII.
—Y no se demostró.
—No se demostró. Salimos de allí con un documento que no se puede probar auténtico y no se puede probar falso, y veinticinco años después está exactamente igual.
Y le voy a decir lo que eso significa en la práctica, doctora, que es lo que no se cuenta en los congresos: significa que cada uno lo cita según lo que necesite y que la discusión ya no es sobre el documento, es sobre quién eres tú.
—El mío tiene una diferencia con el suyo.
—Dígamela.
—Que Besse imprimió y su original desapareció, y aquí no ha desaparecido nada: aquí lo que hay es un volumen de la Biblioteca Nacional que se puede coger con las manos. Eso lo hace más comprobable, no menos.
—Eso lo hace más caro —dijo Eychenne—. Que no es lo mismo. ¿Ha pedido usted un análisis?
—Lo he consultado.
—Se lo van a negar, y si se lo dan y sale que la tinta es del XVII, usted no habrá probado nada más que que la tinta es del XVII, y todavía tendrá que explicar cómo llega ese texto a Laurac.
Y si sale que no lo es, entonces habrá probado que alguien escribió en un volumen de Colbert, y ahí ya no se discute filología: ahí se abren cuatro siglos de sospechas de golpe.
—Cerró el libro—. Y hay una escuela, y no es una escuela de aficionados, que lleva treinta años sosteniendo que casi todo lo que creemos saber de esta gente lo construyeron los inquisidores con sus formularios.
Su cláusula, si es buena, les rompe la tesis.
Si es falsa, se la confirma de la manera más humillante posible: un texto que los eruditos modernos se creyeron durante setenta años.
—O sea, que gane lo que gane, pierde alguien.
—Pierde uno de los dos bandos y ganan los charlatanes, que es el tercero y el más numeroso.
Este campo tiene una industria de tres millones de euros al año de librería esotérica, y en cuanto se publique la palabra «falsificación» en un registro de inquisición, la conclusión que va a llegar al público es que la Iglesia inventó a los cátaros.
—Sonrió sin ninguna alegría—. Yo eso lo vi en el 78.
Tardamos veinte años en volver a la mesa.
Inés no dijo lo que estaba pensando, que era que aquel hombre acababa de darle, en once minutos, las tres mejores razones para no publicar y ni una sola razón para pensar que se equivocaba.
—Bueno —dijo Eychenne—. Y ahora lo que le venía a ofrecer.
—Usted no me ha ofrecido nada.
—Se lo ofrezco ahora. Si necesita el fondo documental de la Fundación, dígamelo y yo escribo al secretario y le ahorro tres semanas.
Si necesita que alguien la avale para pedir un análisis, hablamos de en qué términos.
Y si necesita otra cosa, la que sea, con los papeles de su abuelo, cuente conmigo, que a mí me formó un hombre al que formó él, y esa deuda no se paga sola.
—¿Qué papeles de mi abuelo?
—Los que se han quemado en Albi —dijo él, y lo dijo con una naturalidad que a ella le pareció, en aquel momento, únicamente amable—.
Y los peritajes, si es que aparecen por otro lado.
Aquello era otro mundo, doctora. Un catedrático de provincias firmaba dictámenes por dinero para todo el que se lo pedía, y no había ni códigos deontológicos, ni comités, ni nada.
Todos firmaron cosas. Y ahora vienen unos señores muy educados de Nanterre con una ordenanza de 1945 debajo del brazo y con las manos limpísimas.
—Ya.
—Se lo digo para que no le pille de sorpresa si alguien se lo saca.
Inés lo miró un segundo más de lo normal y no encontró nada. Ni retintín, ni doble fondo: un señor de setenta y un años que le estaba ofreciendo ayuda con una cosa que ella no le había pedido.
A las diez en punto él miró el reloj de pared y se levantó, y de camino a la puerta cogió de una pila un libro suyo, uno gordo, de 1998, con las tapas de un azul que ya no se usa.
—Llévese este. El capítulo cuarto es lo que hay sobre la transmisión de textos por aquí, y está anticuado en dos cosas que le señalo a lápiz. Si me discute usted el capítulo cuarto con material nuevo, yo soy el primero que se alegra.
Se lo firmó en la primera página, de pie, apoyado en el quicio.
En la calle Ozenne, con el libro debajo del brazo, Inés se paró en la esquina a ordenar la conversación, y lo que no le encajaba no era nada de lo que él había dicho, sino el tono: la había recibido como se recibe a alguien de casa.