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El correo llegó el lunes, iba en un francés impecable y decía que maître Christiane Rieutord, del despacho que asesora a la Fundación Sarradour, estaría encantada de invitarla a comer el jueves en Foix.
Inés estuvo dos días buscándole el doblez a la frase y no se lo encontró, porque no lo tenía.
El restaurante estaba en una calle de la parte de abajo, con seis mesas y un menú escrito a mano. Rieutord llegó tres minutos antes que ella. Sesenta y pocos, traje gris, sin joyas menos un reloj de hombre, y la clase de peinado que se hace uno mismo en cuatro minutos toda la vida.
—Doctora Aranguren. Gracias por venir hasta aquí.
—Gracias por invitarme.
—La invito porque quería conocerla y porque a mí Toulouse me da pereza. No hay nada más detrás.
Pidieron. Rieutord pidió agua y le dijo al camarero que la señora seguramente quería vino, y la señora dijo que no, y las dos se rieron una risa muy corta de dos profesionales que se acaban de reconocer.
Hablaron media hora de cosas de verdad.
De la Fundación: sesenta y una piezas, un patronato de nueve personas, tres exposiciones al año y una plantilla de cuatro. De los archivos: la Fundación tenía su propio fondo documental en la sede del Ariège, ordenado en los años noventa, «modestamente pero ordenado».
Inés pidió consultarlo.
—Por supuesto —dijo Rieutord—. Se pide por escrito al secretario del patronato, se justifica el objeto de la consulta y se fija un día.
No hay sala de lectura, así que le habilitarán una mesa y alguien tendrá que estar con usted, no por desconfianza sino porque hay que sacar y devolver las cajas.
Yo diría que tres semanas. Puede que menos.
—Tres semanas.
—Puede que menos.
Llegó el segundo plato y llegó, con el segundo plato, la otra conversación, y llegó anunciada.
—Le voy a explicar una cosa que en su gremio no se estudia —dijo Rieutord—, y se la explico ahora, cuando no ha pasado nada. ¿Me deja cinco minutos de abogada aburrida?
—Deme diez.
—Con cinco me sobra.
Puso el tenedor a la derecha del plato y empezó.
La difamación en Francia no está en el código penal: está en una ley de prensa de 1881, y esa ley es una máquina de precisión. Prescribe a los tres meses de la publicación.
—Eso juega a mi favor —dijo Inés.
—Eso juega a favor de todos, y por eso quien demanda demanda deprisa, y la respuesta le llega a usted en semanas y no en años. Lo otro que hay que saber es el artículo 55.
—No lo conozco.
—Nadie lo conoce hasta que le pasa. El artículo 55 dice que el que ha difamado puede defenderse probando que lo que dijo es verdad.
Se llama la exceptio veritatis y es una cosa magnífica y muy francesa.
Pero para acogerse a ella hay que notificar al demandante, en el plazo de diez días desde la citación, la lista completa de los hechos que se pretenden probar, con los documentos y con los nombres y direcciones de los testigos.
Diez días. Y lo que no esté en esa lista no se puede usar después.
Ni en el juicio, ni en la apelación, ni nunca.
Inés dejó de comer.
—Diez días.
—Diez días naturales. Es un plazo de caducidad y los tribunales lo aplican sin piedad.
He visto perder tres asuntos por un documento que llegó el día once.
—Bebió agua—. Si eso falla, queda la buena fe, que exige cuatro cosas a la vez: fin legítimo, ausencia de animosidad personal, prudencia en la expresión y seriedad de la investigación.
Las cuatro. Y de las cuatro, la que se discute siempre es la última.
—La seriedad de la investigación.
—El tribunal le va a preguntar en qué se apoyaba usted el día que lo publicó. No el año siguiente: el día que lo publicó. Y usted tendrá que enseñárselo.
El camarero retiró los platos. Rieutord esperó a que se fuera.
—Los números, ya que estamos. Un procedimiento de estos, en primera instancia, son entre quince y veinticinco mil euros de honorarios.
Si hay apelación, la mitad otra vez. La multa por difamación pública a un particular está en doce mil euros, que es lo de menos, y el daño moral y la publicación de la condena a costa del condenado es lo de más.
En tiempo: dieciocho meses hasta la sentencia, tres años si se agota todo.
—¿Y esto se lo han hecho ustedes a alguien?
—La Fundación ha presentado dos querellas en veintiséis años.
Una en 2009 contra un semanario, que se resolvió con una nota; y otra en 2017 contra un investigador independiente que había publicado en su blog una lista de piezas con la palabra «expoliado» delante de cada una.
Ese segundo procedimiento duró dos años y medio.
Él tenía razón en dos de las once piezas y no lo pudo probar en el plazo de los diez días. Perdió. Y hoy no escribe.
—¿Y las dos piezas?
—Siguen en el inventario —dijo Rieutord—. Y es una pena, y se lo digo sin ninguna ironía: si aquel hombre hubiera trabajado seis meses más antes de publicar, hoy esas dos piezas estarían devueltas y él sería el que las devolvió.
Trajeron el café.
—Por cierto, he leído su nota de 2024. La de la continuidad navarra.
—Ah.
—Y he leído la reseña —dijo Rieutord—. La reseña es dura y está bien escrita, que es lo peor que le puede pasar a una reseña.
No se lo digo para molestarla: se lo digo porque yo, cuando preparo un asunto, leo todo lo que ha publicado la otra parte y todo lo que han publicado contra ella, y eso lo hace cualquier abogado de este país en cuatro tardes.
Usted tiene un antecedente público de haber sostenido una continuidad que no se sostenía.
Eso, el día que haga falta, se lee en voz alta.
—Ya me imagino quién lo leería.
—Yo no —dijo Rieutord—. Yo no leo en voz alta. Yo mando escritos.
Se acabó el café de un trago, como se lo acaba la gente que tiene la tarde ocupada, y dejó la taza en el plato sin hacer ruido.
—Doctora, no le he dicho ni una sola vez que no publique.
—Ya me he dado cuenta.
—Le he dicho lo que le va a costar equivocarse.
Que es distinto, y que además es cierto.
Y le voy a decir una última cosa, esta ya como consejo y no como información.
Usted va a encontrar, si sigue, papeles firmados por gente muerta.
Los muertos no tienen honor que defender: la difamación de un difunto no se persigue, salvo que se ataque a la memoria con intención de dañar a sus herederos vivos.
O sea: puede usted decir de un hombre de 1948 casi todo.
De una institución de 2026, casi nada. La diferencia es todo el asunto.
Pidió la cuenta con dos dedos y pagó antes de que Inés llegara al bolso, y no fue un gesto de vencedora: fue un gesto de quien lo tenía decidido desde el martes.
En la calle le dio la mano y le dio también una tarjeta.
—Mande la solicitud al secretario y póngame a mí en copia, que si no se le queda tres meses en una bandeja. Y si algún día le apetece hablar en serio de las dos piezas de 2017, llámeme, que yo llevo diecinueve años en esa fundación y no soy tonta.
Se fue calle arriba, con el paraguas cerrado usado de bastón.
Inés se quedó de pie en la acera con la tarjeta en la mano.
En el tren, de vuelta, hizo dos listas. La primera era lo que tenía: cuarenta y una páginas copiadas a lápiz, dos cartas sin importancia, siete líneas publicadas en 2011 por gente seria y un artículo de 1954 firmado por su abuelo.
La segunda era lo que de eso podía enseñarle a un juez el día once.
La segunda lista le salió vacía.