El Evangelio de las Cenizas 16
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Llovió varios días y el último se les acabó el pan.

Durmieron dos noches debajo de una peña y una en un horno de cal apagado.

Comieron habas crudas en remojo, ortigas cocidas en el casco de un yelmo viejo que traía Poitevin desde Usson y que servía de olla, y el tercer día no comieron.

El agua lo empapa todo menos lo que se lleva contra el cuerpo, así que Guiraut se puso el libro debajo de la camisa, entre la faja y la piel, y anduvo cuatro días con las tapas marcándole las costillas.

Por fuera el cuero se le puso oscuro y blando como una oreja. Por dentro no entró nada.

Bajaron al río por la orilla de la izquierda, lejos del camino, y desde una revuelta vieron el pueblo en la loma: la torre, el muro, las casas debajo. Allí había obispo. Donde hay obispo hay clérigos, y donde hay clérigos hay quien pregunta de dónde viene uno y adónde va y por qué son cinco.

Rodearon por abajo y no entraron. Poitevin dijo que en el vado había casas y en las casas había gente que no era de la villa.

En la tercera casa un hombre les dijo que sí.

Tenía un mulo, un huerto y cuatro hijos, y estaba echando una pared nueva en el pajar. Dijo que si le ayudaban media tarde a subir piedra, dormían dentro y cenaban. Amiel dijo que sí antes de que lo dijera nadie.

Subieron piedra desde el río hasta que se fue la luz. Duran cargaba el doble que ninguno y no le hacía falta parar. A Guiraut le tocó el capazo y el capazo no le hacía daño en las palmas si lo cogía por debajo.

Al oscurecer, la mujer los llamó.

Cenaron dentro, con la puerta cerrada, en una mesa de tablas y con los cuatro chicos sentados en el suelo junto a la lumbre. Había una hogaza grande, había cebolla y había una olla.

Antes de la olla vino la pregunta, y la hizo el chico mayor, que tendría trece años.

—¿Adónde vais?

—A Santiago —dijo Amiel.

Lo habían acordado en Usson y era lo único que se podía decir.

Cinco hombres andando al oeste, sin mercancía, sin mula y sin oficio, no son cinco hombres: son cinco sospechas.

Cinco peregrinos son cinco peregrinos. Se va de sitio en sitio, se duerme en cualquier parte, se pide de comer sin vergüenza, y nadie se extraña de que uno se aparte a rezar.

—¿Y las conchas?

—A la vuelta —dijo Amiel—. Las conchas se cogen allí.

El chico se quedó conforme. El padre no dijo nada, y a Guiraut le pareció que el padre sabía perfectamente que las conchas se cogen allí y que lo que estaba pensando era otra cosa: que un peregrino lleva bordón, y ellos llevaban palos de avellano cortados aquella semana.

Y en la olla había caldo con tocino.

Se olía desde la puerta. Habían matado un cerdo en febrero y era mayo, y lo que quedaba del cerdo era eso: unos tacos blancos en el fondo de un caldo de habas, para dar sustancia. Aquella olla era lo mejor que tenía aquella casa y por eso la habían puesto.

La mujer sirvió a su marido, sirvió a los huéspedes y sirvió a los chicos. A Guiraut le puso el cuenco delante con las dos manos.

—Está caliente.

—Gracias, señora.

Guiraut cogió el pan y no cogió la cuchara.

Partió el pan, se comió la miga y esperó. Amiel hizo lo mismo dos asientos más allá. Poitevin se comió una cebolla entera con pan, mordiendo, muy deprisa. Hugon no tocó nada.

El hombre los miró.

No dijo nada. Se llevó su cuchara a la boca, la dejó, volvió a mirar, y siguió comiendo. Fueron cuatro o cinco veces. Y a la quinta vez su mujer lo miró a él y volvió la cara al fuego, y se puso a atizar unas brasas que no lo necesitaban.

En país de pastores esto no se explica.

Un hombre que no come tocino en mayo, en una casa donde han sacado el tocino, no es un hombre delicado ni un hombre que ayuna: es un hombre que está diciendo algo.

Y si además son cinco y ninguno lo toca, ya no lo está diciendo un hombre.

En veinte años Guiraut había cenado en cuarenta casas donde eso no hacía falta explicarlo, porque en aquellas casas les guardaban las habas aparte antes de que llegaran y la olla ni salía a la mesa.

Aquí no. Aquí les habían dado lo mejor que había.

—¿De ayuno? —dijo el hombre.

—De ayuno —dijo Amiel.

—¿Los cinco?

—Los cinco.

—¿Hasta cuándo?

Y no había respuesta a eso, porque cualquier fecha se puede comprobar y a cualquier fecha le queda mañana.

Entonces Duran alargó el brazo, cogió su cuenco de la mesa y se lo bebió.

Se lo bebió de dos veces, con la cara metida dentro, y dejó el cuenco boca abajo, y dijo que estaba bueno y que si había más.

La mujer le sirvió más. Se lo bebió también.

Después cogió pan, mojó, y se lo comió mirando al hombre y hablando de la pared del pajar, de cómo estaba echada, de que la piedra del río es mala para las esquinas y de que él en su casa había hecho tres.

El hombre se rio con él. Le contestó lo de las esquinas. Le sirvió vino.

Y ya no volvió a mirar a nadie más.

Guiraut se comió su pan, se levantó cuando se levantaron todos, y dio las gracias a la mujer por la cena y por el pajar. Duran salió el último, hablando todavía, con el hombre y con el chico mayor.

Fuera había parado de llover y olía a río.

En el pilón del huerto, mientras los otros entraban, Duran se agachó, cogió agua y se enjuagó la boca.

La escupió. Volvió a coger y volvió a escupir, y así seis o siete veces, sin ruido, hasta que Guiraut le puso la mano en la espalda y él paró y se quedó como estaba, apoyado en las rodillas, mirando el pilón.

Ninguno de los dos dijo nada. Se secó la boca con la manga y entraron a dormir.

Durmieron en el pajar, sobre la paja nueva, y fue la primera noche caliente en diecinueve días.

Poitevin durmió encima de la bolsa, como siempre, con la correa liada dos vueltas en la muñeca. Hugon durmió junto a la puerta. Guiraut se sacó el libro de la faja, lo puso a secar de canto sobre una viga, a un palmo de su cabeza, y estuvo un rato oyendo respirar a los otros.

Le costaba dormir en las casas. En el monte se duerme, porque en el monte lo que puede pasar tarda en llegar. En una casa hay una puerta, y detrás de la puerta hay un camino, y por el camino se viene en una hora desde donde haya un obispo.

Contó lo que llevaban gastado desde Montsegur: nada. Sesenta y un días y nada. Contó lo que llevaban comido en esos días: veintitrés veces.

A Guiraut lo despertó Amiel antes del alba, con la mano en el hombro y un dedo en los labios.

Fuera, en el patio, el hombre estaba aparejando el mulo a oscuras, y no era hora de aparejar un mulo. Aparejó, cargó dos sacos vacíos y se quedó parado junto a la puerta del pajar un rato largo, sin entrar. Después se fue con el mulo camino de la villa.

—Va al mercado —dijo Poitevin.

—El mercado es el jueves.

—Va al mercado —dijo Poitevin otra vez.

Salieron sin despertar a la mujer. Amiel dejó encima de la piedra del hogar dos dineros, que fue la primera vez en dos meses que salió dinero de aquel grupo, y no salió de la bolsa: salió del cinto de Poitevin, y Poitevin se quedó sin nada.

Cruzaron el río por debajo del vado, con el agua por la cintura y el libro en alto, y anduvieron toda la mañana por la sombra de la ribera hasta perder de vista la torre.

A mediodía pararon a beber. Duran se sentó aparte, en una piedra, de espaldas.

Amiel se sentó a su lado y estuvieron hablando en voz baja mucho rato, y Guiraut no oyó lo que le decía y no preguntó. Cuando se levantaron, el chico tenía la cara igual que siempre y cargó el fardo de Hugon además del suyo, y anduvo delante el resto del día.