El Evangelio de las Cenizas 15
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Llevaba preparadas tres razones para que le abrieran el archivo diocesano y no le hizo falta ninguna.

—Venga el jueves —dijo el padre Estèbe por teléfono—. El jueves estoy yo. ¿Le va bien a las nueve y media? Traiga lápiz, que no dejo bolígrafos.

El archivo estaba en la segunda planta de un edificio detrás del obispado, con suelo de linóleo, dos ventanas al patio y una máquina de café de las que se pagan con monedas.

Estèbe tenía sesenta y tres años, jersey de pico, un portátil de hace ocho años y una manera de andar de hombre que ha pasado media vida subiendo escaleras con cajas.

—Usted lo que quiere son cartas de su abuelo —dijo—. Las recibidas se le han quemado el otro día. Las que él escribió están donde llegaron.

—Exactamente eso.

—Pues es lo primero que se me ocurrió cuando me llamó. Aquí hay cuarenta y un metros lineales de correspondencia recibida por dos canónigos que no tiraban nada. Si su abuelo escribió a alguien de esta casa entre el cuarenta y el setenta, está.

Estaba.

Cinco cartas y dos postales, en tres carpetas distintas, entre 1951 y 1963.

Estèbe se las localizó en cuarenta minutos con el fichero de remitentes que había hecho un seminarista en los años noventa y que era, dijo, lo único útil que se había hecho en aquella casa en treinta años.

El fichero son dos cajones de madera con las fichas escritas a máquina y los cartones separadores cortados a mano, y está encima de un radiador que no se apaga en todo el invierno.

Inés las leyó de pie, junto a la ventana, y luego se sentó y las leyó otra vez.

No decían nada. Una pedía permiso para fotografiar una inscripción en la iglesia de un pueblo del Ségala.

Otra agradecía el permiso y anunciaba que iría en junio con una escalera de tijera y con su mujer, qui fait les photographies mieux que moi et plus vite .

Otra, de 1957, era una nota de dos líneas para excusarse de no ir a una comida.

La cuarta, de 1963, ocupaba tres carillas y era la de un hombre mayor que se ha quedado sin nadie con quien hablar de lo suyo: preguntaba por la salud del canónigo, se quejaba del catálogo de una exposición de Rodez y dedicaba media carilla a defender la fecha de un dintel que él leía de una manera y los demás de otra.

Las postales eran de vacaciones y una era de Cauterets.

Inés leyó dos veces la de la escalera de tijera.

Sabía que su abuela había sido fotógrafa cuarenta años, porque en su casa las paredes estaban llenas de bodas de gente desconocida y porque en el garaje de Pamplona seguían las catorce cajas que su madre llamaba las cajas de negativos, apiladas desde el noventa y ocho donde el coche.

Lo que no sabía era desde cuándo, ni de dónde le había venido, ni que en 1953 se subiera a las escaleras de las iglesias del Tarn detrás de su marido.

En aquella casa las cosas de su abuela no se contaban tampoco. No por lo mismo, o eso creía ella.

Lo que había ahí no era información. Era una letra.

Era una letra pequeña, inclinada a la derecha, con las mayúsculas separadas del resto de la palabra, con los grupos de dos eles pegados por abajo y con una manera de cerrar la ge, en dos tiempos, que ella no había visto en ninguna otra persona.

En su casa había una lista de la compra suya en un cajón y una dedicatoria en un libro, y ya está.

Nunca había tenido ocho páginas de él delante.

Estuvo con las cartas toda la mañana. Copió a lápiz las dos que no le servían para nada, porque quería tener la letra.

No lo que decían: cómo estaban hechas las palabras.

Una letra no se aprende mirándola, se aprende copiándola, y eso lo sabe cualquiera que haya pasado un invierno delante de un cartulario: la mano descubre en media hora las tres o cuatro cosas que el ojo no ve en una semana.

A las doce y media, mientras devolvía las carpetas, le preguntó a Estèbe por qué le había abierto todo a la primera. Se lo preguntó de verdad: llevaba tres años pidiendo permisos a instituciones públicas y sabía cuánto tardan.

—Porque me lo pidió usted por escrito y porque existe y porque no hay motivo para no enseñarlo.

—Hay casas que encuentran motivos.

—Hay casas que encuentran motivos —dijo él—.

A nosotros nos ha salido carísimo encontrarlos.

Aquí llevamos veinte años con la instrucción de que lo que hay se enseña, y yo estoy de acuerdo con la instrucción, y además soy demasiado viejo para pasarme la mañana pensando qué le conviene a alguien que se murió en 1971.

—¿Y si lo que hay es feo?

—Entonces se enseña igual. Yo no soy el dueño de esto: soy el que abre por las mañanas.

—¿Le sirve? —dijo Estèbe a la salida.

—Todavía no. Pero es lo primero que tengo desde el incendio que no se ha quemado.

Él se puso el abrigo y dijo que la acompañaba a la plaza, que iba por el mismo lado. En la puerta de la catedral se paró.

—¿Ha entrado usted alguna vez?

—De turista, hace veinte años.

—Entonces no ha entrado. Cinco minutos.

Dentro hacía cuatro grados menos que fuera y olía a piedra fría. Había ocho o diez personas repartidas por la nave y una máquina de monedas al principio del coro para encender la luz de las capillas durante tres minutos.

Entraron por la puerta del sur y anduvieron por la nave hasta el fondo, hasta ponerse debajo del órgano y darse la vuelta.

El Juicio Final ocupa la pared entera del oeste.

Está pintado hacia 1480, y es de las cosas más grandes que se conservan de aquello.

Abajo, los condenados, ordenados por pecados, con su rótulo cada uno y en francés: los soberbios, los avaros, los lujuriosos, los perezosos, cada grupo en su compartimento, con su castigo escrito encima para que se supiera de qué se le acusaba a cada cual y por qué le pasaba lo que le estaba pasando.

Encima, los resucitados, cada uno con el libro de su vida colgado del cuello, abierto, con las cuentas de lo que ha hecho a la vista de todos.

Encima de eso, los ángeles, la gloria y las trompetas.

Y en el centro, donde tiene que estar el que juzga, hay un boquete.

Es un vano rectangular de unos ocho metros de alto, con su moldura y su arco, abierto de arriba abajo en la mitad exacta de la composición.

Detrás se ve la capilla de la base del campanario.

Los condenados siguen a la izquierda y a la derecha, los libros siguen abiertos, las trompetas siguen sonando, y donde iba el Cristo Juez hay una puerta.

—Mil seiscientos noventa y tres —dijo Estèbe—. Lo hizo la casa. Se necesitaba paso a la capilla de abajo y se abrió por donde se abrió. No hubo guerra, ni herejes, ni revolución: hubo un cabildo que necesitaba una puerta y doscientos años en los que esto no le importaba a nadie.

—¿Y no hay ni un dibujo de antes?

—No hay nada. Sabemos lo que falta porque sabemos cómo se pintaban estas cosas. Iba Cristo, la Virgen, san Juan y la cruz. Pero de este de aquí, de cómo era el de aquí, no queda ni una descripción.

Un grupo de turistas pasó por detrás con un guía que hablaba en holandés, y el guía dijo 1693 y todo el grupo levantó la cabeza a la vez.

Inés estuvo mirándolo un rato más. Un hombre resucitado de la fila de abajo, a la derecha del boquete, sostenía su libro con las dos manos y lo enseñaba hacia el centro, hacia donde no había nadie.

—Tengo que coger el tren —dijo.

—La acompaño hasta la esquina. Y llame usted cuando quiera volver, que aquí no hay lista de espera.

Fuera hacía sol y bajaba viento del norte por la calle. Estèbe le dio la mano, le dijo que sentía mucho lo del señor Solanich, que había sido un buen hombre y que llevaba treinta años yendo a la misma misa de nueve, y se fue con las manos en los bolsillos.

Inés se guardó en el bolso la carpeta con las dos cartas copiadas y fue andando a la estación, y en el andén, esperando, sacó una y volvió a mirar la manera que tenía su abuelo de cerrar la ge.