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La llamada de Albi le entró el viernes a las ocho y cuarenta.
—¿Comandante Cazenave? Le llamo de los archivos departamentales del Tarn. Usted nos hizo una solicitud de comunicación en noviembre. Sobre el fondo Sarremejane.
—Sí. Le llamo porque esta noche ha ardido nuestro depósito anexo y ese fondo estaba allí.
Cazenave anotó la hora en el margen, que era lo que hacía siempre, y dejó de mirar la pantalla.
La oficina eran treinta y cinco personas para todo el territorio nacional, un ala de la tercera planta, y una base de datos con ciento veinte mil objetos robados que se alimentaba con fotografías malas de las denuncias de las comisarías.
Ellos no perseguían cátaros ni tesoros ni maldiciones: perseguían facturas.
Un bien cultural que se mueve deja tres papeles —quién lo tenía, quién lo vendió y quién lo aseguró— y el trabajo consistía en ordenar esos tres papeles antes de que se murieran los que los firmaron.
En el caso Sarradour se le habían muerto ya dos.
La saisine venía de una reclamación de 2020.
Una familia de Burdeos, cuatro nietos, uno de ellos de ochenta y un años.
En noviembre de 1943 vaciaron el piso de sus abuelos —los abuelos habían salido de allí en agosto y no volvió ninguno de los dos— y del piso salieron, según el inventario que hizo la propia gente que lo vació, ciento sesenta y ocho lotes, y en el lote 41 había deux tableaux anciens, école flamande .
En el inventario de aportación de la Fundación Sarradour, fechado en octubre de 1948, figuraban dos tablas flamencas con la mención collection particulière, Ariège, antérieure à 1939 , y esa mención iba respaldada por certificados de peritos.
Ese era todo el caso. Dos frases contradictorias sobre el mismo objeto, separadas por cinco años y por una guerra.
Y con eso no se detiene a nadie. El expolio prescribió hace setenta años, los que vaciaron el piso están muertos, y los cinco señores que constituyeron el patronato en 1948 están muertos también.
Lo único que no prescribe mientras dura es la receptación, porque en Francia se considera que el que tiene la cosa la está recibiendo cada mañana que se levanta; y por eso el trabajo no consiste en probar quién robó, sino en probar qué sabía el que hoy la tiene.
Es decir: en probar que la procedencia declarada es falsa y que la fundación no podía ignorarlo.
Lo que sostiene esa procedencia son los certificados. Y el acta de octubre de 1948 la levantó, autorizó y protocolizó un notario de Foix llamado Sentenac, cuyo nieto era hoy el administrador del patrimonio de la fundación y le cogía a Cazenave el teléfono a la primera con una amabilidad impecable.
—¿Y el ala oeste? —preguntó por teléfono.
—El ala oeste es donde estaba.
—¿Y los certificados?
—Comandante, yo no sé lo que había dentro de esa caja. Lo que sé es que la caja estaba ahí.
Salió a las diez y cuarto y llegó a Albi a las cuatro, y por el camino hizo las llamadas que había que hacer, que eran de competencia y no de investigación.
La muerte del archivero no era suya. Eso lo tuvo claro desde el kilómetro treinta: un hombre de ochenta y siete años caído en su escalera es una intervención de la brigada territorial, un médico, un informe y un archivo, y si alguien decide que hay algo más, será el fiscal de Albi.
El incendio tampoco era suyo, en principio: un siniestro es de los bomberos y del seguro, y si hay indicios de intencionalidad pasa a la sección de investigación de la gendarmería del departamento.
Lo suyo era el contenido. Lo suyo era que en ese edificio había papel que respaldaba una procedencia que su expediente sostenía que era falsa, y que ese papel había desaparecido cuatro meses después de que él lo pidiera por escrito.
Al fiscal adjunto se lo dijo así, con esas palabras, y el fiscal adjunto le contestó lo que contestan todos: que le mandara una nota, que él la uniría, y que de momento la causa era un incendio con hipótesis eléctrica.
—Los partes del instalador —dijo Cazenave.
—Se los van a pedir.
—Yo pediría también el registro de accesos del depósito y las cámaras del polígono.
—Comandante, en el polígono hay dos cámaras y las dos son de una concesionaria.
—Pues las de la concesionaria.
Llegó al anexo con la luz de la tarde. Ya no había bomberos. Había cinta, un vigilante y un camión frigorífico con el motor en marcha, y dos chicas con mono blanco y mascarilla metiendo cajas mojadas en palés.
Y había una mujer de cuarenta y tantos con un abrigo bueno y unas botas malas, agachada junto a un palé, mirando las etiquetas de las cajas sin tocarlas.
—Señora, esto está precintado.
—Estoy mirando las cotas —dijo ella—. No he tocado nada. Y no lo voy a tocar, porque si lo toco y se rompe, se rompe.
Se levantó, se sacudió la rodilla y le tendió la mano, y dijo un nombre y un consorcio de edición de registros de inquisición, y él le dijo su grado y su oficina, y ella hizo un gesto muy pequeño con la boca.
—¿Policía?
—Policía.
—¿Y qué se le ha perdido a la policía en un fondo de un medievalista muerto en 1971?
—Dos tablas flamencas —dijo Cazenave—. ¿Y a usted?
—Siete líneas de una deposición de 1245.
—Ya.
—Ya —dijo ella.
Y ahí se quedaron los dos, con el ruido del camión frigorífico, midiéndose con esa cortesía exacta que se tienen los oficios que se desprecian por defecto.
Él la había visto cien veces: el universitario que cree que un policía no distingue un pergamino de una servilleta.
Y sabía lo que ella estaba viendo, porque también lo había visto: el funcionario que va a llegar, remover un archivo, no entender nada y marcharse.
—¿Usted estuvo aquí ayer? —dijo él.
—Ayer por la mañana. Copié el repertorio del fondo entero a mano y pedí cinco cajas para hoy a las nueve.
Cazenave sacó la libreta.
—¿Qué cinco?
—Uno a cuatro y diecinueve.
—La diecinueve —dijo él, y escribió el número, y no dijo nada más durante cuatro segundos, que fue el tiempo que tardó en decidir que aquella mujer le iba a estorbar durante meses.
—¿La diecinueve le interesa?
—La diecinueve la pedí yo en noviembre.
Ella no dijo nada. Se ajustó la correa del bolso en el hombro, un gesto de nada, y él lo archivó también, porque llevaba veintiséis años archivando gestos de nada.
En el coche, ya de noche, escribió la nota para el fiscal en cuatro párrafos y se la mandó a sí mismo para pasarla a limpio el lunes. Después se quedó un rato con el móvil en la mano.
En veintiséis años había devuelto cuatro cuadros.
Cuatro. Uno a un señor de Metz que se puso a llorar y le pidió perdón por ponerse a llorar; dos a un museo de Praga, que mandó una carta de agradecimiento en checo; y el cuarto a una sociedad de gestión de herencias de Ginebra, que mandó un mensajero.
Arrancó y se metió en la autopista pensando en dos cosas a la vez: en que el hombre de ochenta y un años de Burdeos se iba a morir antes de la vista, y en el tono exacto en que iba a tener que pedirle a aquella mujer una copia de lo que hubiera copiado a lápiz, para que no se le riera en la cara.