El Evangelio de las Cenizas 13
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En el tren de las siete y cuatro, entre Saint-Sulpice y Marssac, Inés abrió por costumbre la edición digital del periódico y leyó dos noticias que no tenían nada que ver la una con la otra.

La primera era una nota de ocho líneas. Décès de Pere Solanich . Antiguo colaborador de los archivos departamentales, ochenta y siete años, hallado por un vecino en el portal de su casa la noche del jueves. Caída doméstica. La casa parroquial de la Madeleine anunciaría el funeral.

La segunda estaba arriba del todo, con foto. Incendio en el polígono norte durante la madrugada. Bomberos de Albi y de Gaillac. Sin heridos. Afectado el edificio anexo de los archivos departamentales.

Leyó las dos otra vez. Después se quedó mirando el respaldo del asiento de delante hasta Albi, que fueron once minutos.

En el archivo la puerta estaba abierta y no había nadie en el mostrador.

Al fondo, en la sala, tres personas de pie alrededor de un teléfono.

El auxiliar que le había cogido la papeleta el día anterior salió de un despacho con una carpeta, la vio, y se paró en seco como quien se acuerda de algo horrible.

—Señora. Sus cajas.

—Ya lo he leído.

—No, es que... sus cajas estaban preparadas. Las apartaron ayer por la tarde en un carro, arriba, junto al montacargas, para traerlas esta mañana a primera hora.

—¿Arriba dónde?

El chico tenía veintitrés años y no sabía qué cara poner, porque no le habían enseñado esa cara en ningún sitio.

—Primer piso. Ala oeste. Es donde está todo el 47 J.

Fue andando hasta el polígono, que eran veinticinco minutos, porque no se le ocurrió coger un taxi hasta que ya llevaba diez.

No había fuego. Eso fue lo primero que la desarmó: se imagina uno un incendio y lo que hay es un edificio mojado.

La nave estaba en pie, con la fachada norte negra desde el primer piso hasta el alero y el andamio torcido, con la lona derretida colgando en tiras.

En el suelo había una lámina de agua sucia que llegaba hasta el bordillo y en el agua flotaban trozos de cartón.

Olía a quemado, sí, pero sobre todo olía a cartón mojado, que es un olor de mudanza y no de catástrofe.

Dos coches de gendarmería, un camión de bomberos y un perímetro de cinta. Dentro del perímetro, la directora del archivo con un abrigo encima del jersey y un hombre de sesenta años con casco blanco y carpeta.

La directora la reconoció y le hizo un gesto para que pasara la cinta.

—Estaba usted ayer aquí.

—Estaba ayer aquí.

—Pues es usted la última persona que ha trabajado con ese fondo.

El del casco blanco levantó la cabeza.

Era el perito de la compañía y llevaba desde las seis y media haciendo su trabajo, que consistía en hacer preguntas que en aquel sitio no tenían respuesta. Fue con ellas dos paseando por el borde del perímetro, señalando con el bolígrafo, y las hizo todas en voz alta.

—Primer piso, ala oeste. Ahí es donde ha estado el foco y es donde peor está. Yo lo que necesito es el contenido y el valor. ¿Qué había ahí arriba?

—Fondos privados —dijo la directora—. Entradas por donación y por depósito, sobre todo de los años setenta y ochenta. Y series del siglo XX de dos ayuntamientos.

—¿Y eso qué vale?

—Eso no vale nada. En el mercado no vale nada. Son papeles de familias.

—Señora, yo no puedo poner «no vale nada» en un expediente. Tengo que poner una cifra, y la cifra la sacamos del inventario. Deme el inventario y le pongo un valor.

—Hay repertorios.

—¿Pieza a pieza?

—No. Por unidad de instalación. Caja tal, correspondencia, tales años.

—Entonces yo sé que había una caja —dijo el perito, sin ninguna crueldad, con el bolígrafo en el aire— y no sé lo que había dentro de la caja.

Y si no sé lo que había dentro, cuando la familia del donante venga a preguntar qué se ha perdido, ustedes le van a tener que decir que no lo saben.

Eso es lo que se pierde aquí. No es el dinero.

Es que a partir de esta noche, de lo que había en esa ala, la descripción es todo lo que existe.

Si la descripción decía «varia», pues ha ardido «varia».

La directora llevaba desde las cinco de la mañana con el plan de emergencia en la mano y hablaba como se habla cuando se lleva cuatro horas repitiendo lo mismo por teléfono.

Lo del ala este todavía se podía salvar: no había ardido, se había mojado, y el papel mojado tiene cuarenta y ocho horas antes de que empiece el moho.

Había llamado a Toulouse y a Burdeos. Venía un camión frigorífico a mediodía.

Se congela, se paletiza, y luego se liofiliza a lo largo de dos o tres años, si hay presupuesto, y cuando vuelve el papel está ondulado y las tintas corridas y se puede leer casi todo.

—¿Y el ala oeste?

—El ala oeste no se moja ni se congela —dijo el perito—. El ala oeste se barre.

Después bajó la voz un punto, no por delicadeza sino por oficio, y le preguntó a la directora quién tenía la contrata de la instalación eléctrica, desde cuándo, y si había partes de trabajo firmados de las últimas dos semanas.

Dijo que la primera hipótesis de los bomberos era el cuadro de la planta primera y que, si eso se confirmaba, el expediente cambiaba de sitio: dejaba de ser un siniestro del asegurado y pasaba a ser la responsabilidad civil del instalador.

Dijo que en esos casos se hace un peritaje contradictorio y que él pediría los restos del cuadro antes de que nadie tocara nada.

Inés se oyó preguntar una cosa que no había decidido preguntar.

—¿Y los repertorios dónde están?

—En la sala de lectura —dijo la directora—. Los originales mecanografiados están en la sala. Menos mal.

—El de 47 J no. El de 47 J lo tenía el señor Combelles encuadernado en un solo ejemplar y está en la sala, sí. —Se paró—. Está en la sala.

—Está en la sala —repitió la directora—. Sí.

Y las dos hicieron a la vez la misma cuenta, y la directora se llevó una mano a la boca, y a Inés le dio tiempo a pensar, con una precisión que después le pareció obscena, que ella tenía cuarenta y una páginas de aquel repertorio copiadas a lápiz en cartulinas, dentro del bolso que llevaba colgado del hombro en ese momento, a un metro de un hombre con un casco blanco.

Su transcripción no valía nada. No es un instrumento de descripción, no está autenticada, no es más que la letra de una investigadora en unas fichas.

Y era el mapa. Era la lista de lo que había existido hasta la noche anterior, cota por cota, con las fechas extremas, incluida una que decía 47 J 19. Expertises et certificats, 1946-1949 .

Volvió al centro a pie por el mismo camino.

Pasó por la calle de la Madeleine sin haberlo decidido. La puerta de la casa estaba abierta, como la noche anterior y como todo el invierno, y en el suelo del portal había serrín y alguien había puesto un ramo de flores de las de gasolinera apoyado contra el primer escalón, sin tarjeta.

Se quedó ahí un minuto y medio.

Habían pasado veinticinco horas desde que ella se había sentado enfrente de aquel hombre y le había leído en voz alta una cota y dos fechas, y había visto cómo se quitaba las gafas y las limpiaba mucho más rato del que hace falta para limpiar unas gafas.

Eso era todo lo que tenía. Un hombre de ochenta y siete años se cayó por una escalera de piedra en una casa sin ascensor, que es la cosa más frecuente del mundo, y un edificio con andamios y una instalación eléctrica a medio cambiar se quemó de madrugada, que es la segunda.

No cogió el tren de las 13.40. Se sentó en el murete de enfrente, con el bolso en las rodillas y con las dos manos encima del bolso, y esperó al de la tarde.