El Evangelio de las Cenizas 12
15%

12

La llamada le entró a las nueve y diez, mientras bañaba al niño, y la cogió con una mano mojada porque en la pantalla ponía Eychenne y a Eychenne se le coge siempre.

—Buenas noches, Aurélien. Es una tontería. ¿Le pillo?

—Nunca me pilla.

—Me ha llamado esta tarde Pere Solanich, de Albi. Le conoce, creo. Un archivero de la vieja escuela, jubiladísimo. Me llama dos veces al año para preguntarme por mi salud y para decirme que ya no se lee latín.

Sentenac se sentó en el borde de la bañera. El niño le puso una esponja en la rodilla.

—Sí.

—Hoy ha tenido una visitante. Una investigadora del consorcio de Toulouse, española.

Está trabajando sobre el fondo Sarremejane, y me lo cuenta a mí porque yo soy el que le va a poner reparos, según él.

Ha pedido cuatro cajas de correspondencia y ha pedido la de peritajes.

Del cuarenta y seis al cuarenta y nueve.

—Ya.

—Solanich es un hombre escrupuloso y me ha dicho, textualmente, que le parecía de recibo avisarme antes de que la señora empezara a preguntar por el depósito del cuarenta y ocho, no fuera a ser que la Fundación se enterara por un artículo.

Se lo digo por si a los abogados les gusta enterarse antes que después.

—Se lo digo mañana a Rieutord.

—Y hay un detalle que le va a hacer gracia —dijo Eychenne—. La investigadora se apellida Aranguren Sarremejane. Es su nieta.

—¿Nieta de quién?

—De Henri Sarremejane. La hija de la hija.

—Una pausa muy corta—. Está haciendo lo que hace todo el mundo con su abuelo a los cuarenta años.

No me preocupa lo más mínimo, y le diría que es hasta conveniente: si alguien va a mirar ese fondo, mejor alguien de la familia.

Buenas noches, Aurélien. Salude a Claire.

Colgó.

Sentenac sacó al niño del agua, lo envolvió, lo secó, le puso el pijama y le leyó siete páginas de un libro de un topo que tenía un problema con la lluvia.

Después bajó, se sirvió dos dedos de algo y se quedó de pie en la cocina, con la mano en el respaldo de una silla, ordenando el asunto en columnas.

La casa en la que estaba de pie era de 1951 y la había comprado su abuelo.

El despacho de la plaza, de 1949. El bufete, tres notarios y siete empleados, de los cuales su hermana era uno.

El apellido, de la misma época. Y todo eso salió de dos años buenos, el cuarenta y ocho y el cuarenta y nueve, en los que un notario de una ciudad de nueve mil habitantes hizo más operaciones que en los quince anteriores, porque medio país estaba moviendo cosas que no podía mover a la luz y hacía falta alguien que supiera redactar.

En el cuarenta y ocho entró la colección.

Sesenta y una piezas, de golpe, con acta y con inventario, aportadas a un patronato cultural recién constituido por cinco señores del Ariège, con una procedencia declarada anterior a 1939 y unos certificados que sostenían esa fecha.

Con eso se levantó la Fundación. Con los honorarios de eso se levantó lo demás.

Él no había hecho nada. Tenía treinta y ocho años, gestionaba un patrimonio y pagaba una hipoteca de la reforma de la buhardilla, y no había robado un cuadro en su vida. Su abuelo tampoco había robado un cuadro. Su abuelo había redactado.

Pero él era el que estaba, y la ordenanza del cuarenta y cinco no ha prescrito, y las restituciones se hacen contra los que están.

Miró el reloj del horno. Las diez menos veinte. Le dijo a Claire que se le había quedado un asunto en el despacho y que igual tardaba, y cogió el coche.

Ciento cuarenta kilómetros. Llegó a Albi a las once y media.

Solanich vivía en el segundo piso de una casa vieja del barrio de la Madeleine, con la puerta de la calle abierta porque el portero automático llevaba estropeado desde el otoño. Sentenac subió y llamó, y tardaron un minuto largo en abrir.

El hombre estaba en bata y con el pelo blanco de haber estado tumbado. No pareció asustarse. Pareció, sobre todo, ofendido por la hora.

—Vengo de parte de la Fundación Sarradour. Perdone. Es por lo que ha hablado usted esta tarde con el profesor Eychenne.

—Son las once y media de la noche.

—Lo sé. Cinco minutos.

Lo dejó entrar hasta el rellano y no más allá, con la puerta del piso entreabierta y la luz de la escalera, que era de esas que se apagan solas y hubo que darle dos veces.

Sentenac dijo lo que había preparado en el coche.

Que la Fundación no tenía nada que ocultar.

Que llevaba seis años colaborando con la administración.

Que si alguien iba a escribir sobre el depósito de 1948 lo lógico era que hablara antes con ellos, para no publicar un error.

Que le agradecería mucho que, si la señora volvía, le diera su teléfono.

El viejo lo escuchó entero, con las manos en los bolsillos de la bata.

—No.

—¿Perdón?

—Que no le voy a dar el teléfono de usted a una investigadora que ha venido a consultar un fondo público.

Y le voy a decir otra cosa, ya que ha hecho el viaje.

Yo llevo cuarenta años callado por un hombre que era mi maestro y que me dio de comer, y me lo he callado porque él no puede defenderse.

Pero callarme no es mentir, y desde luego no es telefonear a nadie para avisar de que viene una señora con un carné de lectora.

—Yo no le he pedido eso.

—Usted ha venido de Foix a las once y media de la noche.

Y se dio la vuelta para entrar en su casa.

Sentenac le puso la mano en el brazo. Fue eso: le puso la mano en el brazo, por encima del codo, para que no se fuera, y le dijo espere.

El viejo se soltó de un tirón que no tenía fuerza pero sí prisa, y al soltarse giró el cuerpo, y el bastón no estaba en su mano porque el bastón estaba dentro, junto a la puerta.

Estaban a paso y medio del primer escalón.

Fue muy rápido y no hubo ningún ruido, o hubo dos: el del hombro contra la barandilla y el otro, el de abajo. La luz de la escalera se apagó a la mitad y él tuvo que bajar a oscuras, palpando, y volver a darle al botón desde el rellano de abajo para ver.

Le buscó el pulso en el cuello con dos dedos durante un rato largo, arrodillado, y se los cambió de sitio tres veces, como si el problema fuera dónde ponerlos.

A la una menos cuarto estaba otra vez en el coche, en una calle en cuesta, con las manos en el volante y sin haber arrancado.

El hombre le había dicho una cosa más al principio, cuando todavía hablaban como personas: que las cajas ya estaban pedidas y que la señora las tenía a las nueve de la mañana en la sala.

Puso el navegador. El depósito anexo de los archivos departamentales estaba a seis minutos, en el polígono de la salida norte, y a esa hora no había nadie.

Cuando llegó vio el andamio de la fachada, la lona suelta en la esquina, la furgoneta del electricista aparcada delante desde hacía meses, y una ventana del primer piso con el marco descolgado que llevaba así, probablemente, todo el invierno.