11
El despacho del notario Sentenac tenía una alfombra que se había comido dos guerras y un reloj de pared que atrasaba, y las dos cosas daban una impresión excelente.
—Profesor. Perdone la hora.
—No la perdono, pero pase.
Sentenac se rio como se ríen los notarios, que es una vez y en el sitio exacto. Tenía cuarenta y tantos años, el pelo con brillantina y unos gemelos que valían más que el traje. Había en la mesa una carpeta de cartón atada con cinta y, en la silla del rincón, una cosa envuelta en una manta militar.
—Es un asunto de nada —dijo—. Una sucesión. Hay que repartir entre tres hermanos y no se ponen de acuerdo en el valor de un cuadro.
—Yo no soy tasador.
—Ya lo sé. Necesito otra cosa. Siéntese, que le van a traer café de verdad.
Quitó la manta.
Era una tabla pequeña, de roble, de unos treinta por veintidós, con marco moderno.
Una Virgen con el Niño y un donante arrodillado en el ángulo, paisaje de río al fondo, la clase de pieza que salió a docenas de los obradores de Amberes en el primer tercio del XVI y que se vendía por Europa como se venden hoy las postales.
Henri se levantó y se acercó, y a partir de ahí ya no hizo caso a nadie durante diez minutos, que es lo que le pasaba siempre.
La miró con la luz de la ventana y después con la lámpara de la mesa puesta de lado. Repintes en el manto, un barniz amarillo de finales del XIX, una junta abierta un milímetro y bien pegada. Le dio la vuelta.
El dorso estaba biselado, como debe estar.
Tenía la marca del gremio quemada en la madera, arriba a la izquierda, y eso era buena señal.
Tenía un número escrito con tiza blanca en el travesaño, de una tiza gorda de las de marcar bultos.
Y tenía, en el ángulo inferior derecho, un rectángulo de madera más clara, de cuatro centímetros por dos, con restos de cola y con dos marcas paralelas de cuchilla: el sitio donde había habido una etiqueta y donde alguien la había quitado raspando.
—Amberes, hacia 1520 —dijo—. Obrador, no maestro. La tabla es buena, la pintura es de encargo y el donante lo pintó otra mano peor. Vale lo que valen estas cosas, que no es mucho, y si un hermano se pelea con otro por esto es porque llevan pegándose desde 1912.
—Perfecto. Eso mismo. ¿Me lo pone por escrito?
—Se lo pongo por escrito ahora mismo.
—Y la procedencia.
Henri se quedó con la tabla en las manos.
—La procedencia no la sé.
—Claro que no la sabe. La sabemos nosotros: colección particular de la región, entrada en la familia antes de la guerra. Lo que hace falta es que un hombre de su nombre certifique que la ha examinado y que la vio en su momento.
—¿En qué momento?
—Antes del treinta y nueve —dijo Sentenac, sin ninguna inflexión—. Digamos en el treinta y siete. Usted iba mucho por casas particulares en el treinta y siete.
Trajeron el café. Henri se sentó y no lo tocó.
Sabía perfectamente lo que estaba pasando, y lo que le sorprendió es que le sorprendiera.
En Toulouse se hablaba de eso en los pasillos desde el año anterior.
Se hablaba de muebles, de relojes, de cuadros que habían salido de pisos vacíos de París y de Burdeos entre 1942 y 1944, cargados por hombres con listas, y que habían bajado al sur en camiones porque el sur era donde no había habido bombardeos.
Lo llamaban «la mudanza». No era un robo con máscaras: era un servicio, con formularios, con almacenes y con obreros que cobraban un jornal.
Vaciaban el piso entero —la vajilla, las sillas, las sábanas, los libros— y lo mandaban en vagones al este, a las ciudades alemanas bombardeadas, para que la gente que se había quedado sin muebles tuviera muebles.
Lo bueno se quedaba por el camino. En el cuarenta y tres le habían pedido a un colega suyo de la facultad que fuera un martes a mirar unos libros en un depósito de Burdeos y que dijera cuáles valían, y el colega fue, y cobró, y en el cuarenta y cinco seguía dando clase.
Y se hablaba, sobre todo, de la ordenanza.
Sentenac se la explicó él mismo, y se la explicó bien, que es lo que le dio a Henri la medida del hombre.
—La ordenanza del veintiuno de abril del cuarenta y cinco —dijo— hace una cosa que no había hecho ninguna ley francesa: presume la mala fe.
Usted compra un cuadro en el cuarenta y tres en una sala pública, con su factura, delante de testigos, y en el cuarenta y cinco aparece el propietario o quien quede de su familia y a usted le anulan la venta.
Y no le pagan. Y da igual que usted no supiera nada, porque la ley dice que en aquellos años había que saber.
Es una ley moralmente irreprochable y prácticamente insoportable, y el resultado es el que usted se imagina.
—¿Cuál?
—Que nadie quiere comprar nada que no tenga papeles anteriores al treinta y nueve.
Todo el mercado del país está parado por el mismo motivo.
Y entonces hay dos clases de piezas: las que tienen papeles y las que los perdieron.
Y las que los perdieron no son necesariamente robadas, profesor: son de gente que se fue, o de gente que vendió corriendo, o de casas que se vaciaron sin inventario.
La mitad de los papeles de este departamento se quemaron por el frío en el invierno del cuarenta y uno.
—Y esta tabla los perdió.
—Esta tabla no ha tenido papeles nunca. Es de pueblo. Estaba en una casa, la casa se deshizo, y ahora hay que repartirla entre tres.
Henri le dio la vuelta otra vez, despacio, y puso el pulgar encima del rectángulo raspado.
—Aquí había una etiqueta.
—En todas las tablas ha habido una etiqueta —dijo Sentenac—. Los marchantes ponen etiquetas y los que compran las quitan porque afean. Mi padre las quitaba con vapor.
—Estas las han quitado con cuchilla.
—Mi padre no tenía vapor.
Y se rieron los dos. Eso fue lo peor de todo el asunto, y Henri lo supo mientras se estaba riendo: que se rieron los dos.
Escribió el certificado a mano, allí, en un pliego con membrete del notario, y lo escribió muy bien, porque lo hacía muy bien.
Dos párrafos técnicos sobre la tabla, el soporte, la marca, el estado y la atribución, con la prudencia justa — obrador amberino, primer tercio del siglo XVI — y sin una sola palabra que un colega pudiera discutirle.
Y luego escribió el tercer párrafo:
El abajo firmante declara haber examinado la presente tabla en el año 1937, en colección particular del departamento del Ariège, y haberla vuelto a examinar en el día de la fecha, siendo la misma pieza.
Lo leyó dos veces. En los dos primeros párrafos no había una sola frase falsa. En el tercero había dos.
Firmó.
Sentenac secó la tinta con el papel secante, sopló, y sacó del cajón un sobre que ya estaba preparado, lo cual quería decir que la cifra estaba decidida desde antes de que él entrara.
Eran cien mil francos.
Henri se los guardó en el bolsillo de dentro sin contarlos, porque contarlos delante habría sido peor, y en la calle, andando hacia la estación por la orilla del Ariège, hizo la cuenta que hace cualquiera: cinco meses de sueldo. Después hizo otra.
Un pasaje de Marsella a Alejandría en tercera, ida y vuelta, cuatro mil quinientos. Una pensión en El Cairo, de las que llevan cuarenta años en manos de la misma familia griega, sesenta piastras al día. Dos meses de eso. El resto para lo que hubiera.
En el andén se le puso delante, sin que él lo llamara, un pasillo del segundo piso de un edificio de la calle des Écoles, en 1926, con veinticuatro años, y un señor muy amable explicándole que la campaña de aquel invierno estaba cubierta y que tenía que entender que las plazas eran las que eran.
Aquella noche, en Toulouse, escribió tres cartas.
Las dos primeras eran de trabajo. La tercera iba a un condiscípulo suyo de aquellos años, un hombre menor que se había quedado dando vueltas alrededor de Egipto toda la vida y al que él no escribía desde antes de la guerra, y decía, después de dos párrafos de cortesía, una sola cosa concreta: que si él pensaba pasar el invierno o la primavera en El Cairo, le agradecería mucho que le dijera cómo estaba el mercado, quién compraba, quién vendía y a quién había que ir a ver.
La echó al buzón de la esquina antes de subir a cenar, para no releerla por la mañana.