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Ella pidió cita por correo. Le contestaron a los cuatro días diciéndole que las cajas estaban en el depósito anexo y que el plazo de comunicación era de veinticuatro horas, y añadían, en una posdata, que si le interesaba el fondo había un antiguo colaborador de la casa que había trabajado con el señor Combelles y que estaría encantado.
—Pere Solanich —dijo el hombre, dándole la mano.
En la lista de la sala, esa mañana, el auxiliar había escrito «M. Solanich (Pierre)», y él había mirado la lista y no había dicho nada.
Tenía ochenta y siete años, un bastón que apoyaba en la silla y no en el suelo, y la cortesía tranquila del que ya no administra nada.
Iba dos mañanas por semana. Estaba terminando un índice onomástico de un fondo notarial que, según dijo, no le interesaba a nadie y que se iba a acabar antes que él, y no parecía que ninguna de las dos cosas le pareciera mal.
Hablaron una hora larga y hablaron bien.
Combelles, dijo, era de los de la vieja escuela: llegaba a las ocho, se ponía el guardapolvo gris y no salía del depósito hasta la una.
Había hecho el fondo Sarremejane en seis meses del setenta y cuatro, él solo, con una máquina de escribir y una lupa, mientras llevaba además el servicio educativo y las restituciones de microfilm.
—Y anotaba todo —dijo Solanich—. Todo. Esa generación tenía la manía de la nota.
Si abría una carpeta y encontraba un sobre sin fecha, se pasaba dos días buscando la fecha, y cuando la encontraba escribía un papelito y lo metía dentro.
Papelitos por todas partes. Hoy eso lo llamarían intervención sobre el documento y les daría un ataque.
—Es que es intervención sobre el documento.
—Es que es.
—Y hay otra cosa que le tengo que decir —dijo Inés, porque llevaba la mañana pensándolo—. Reordenó el fondo por materias.
Solanich se apoyó en el respaldo.
—Reordenó el fondo por materias.
—Está en su propia introducción. Classement thématique .
Cátaros, notariado, epigrafía, correspondencia, varia.
Y eso es un desastre, señor Solanich, y usted lo sabe mejor que yo.
Un fondo personal se describe en el orden en que lo dejó su productor, porque ese orden es información.
Cuando usted separa la correspondencia de las notas y las notas del expediente al que pertenecían, ya no hay manera de saber qué estaba haciendo el hombre en marzo de 1954 y con qué papeles encima de la mesa.
Ha convertido un archivo en una biblioteca.
—En 1974 se hacía así.
—En 1974 ya se sabía que no.
—En 1974 lo sabían en París —dijo Solanich, sin subir la voz—.
Aquí éramos dos y medio y entraban ocho fondos al año, y el señor Combelles tenía instrucciones de sacar instrumentos de descripción, no de discutir teoría.
Y le voy a decir una cosa: si él no hace ese repertorio en el setenta y cuatro, este fondo no lo describe nadie hasta 2005 y usted no está sentada aquí.
Un instrumento discutible es infinitamente mejor que ninguno.
—En eso tiene razón.
—Ya sé que tengo razón.
Lo dijo sin dureza y ella se rio, y él también, y después él miró un rato la mesa.
—Y de todos modos usted tiene razón en lo otro —dijo—.
Lo que quedó fuera de orden no se puede reconstruir.
Yo se lo dije una vez, al final, cuando ya éramos dos viejos, y él me contestó que él sabía perfectamente lo que había hecho y que lo importante lo tenía apuntado.
Y era verdad: lo tenía apuntado. En sus cuadernos, que no son del archivo.
Un hombre que se pasa treinta años describiendo lo de los demás y deja lo suyo en un armario de su casa.
—¿Y dónde están esos cuadernos?
Solanich tardó un segundo de más.
—En su casa estuvieron. Cuando murió, la familia me dijo que me llevara lo que quisiera, y me llevé lo que no era del archivo, porque si lo hubiera metido aquí habría tenido que inventariarlo y no me correspondía. Papeles privados de un particular. Notas de trabajo. Nada.
—¿Y usted los ha mirado?
—Yo los he guardado —dijo—. Son dos cajas.
El repertorio de Combelles era un mecanografiado de cuarenta y una páginas con las correcciones a mano, encuadernado en cartoné, y no existía en ninguna otra parte.
Inés pidió permiso para copiarlo. Le dijeron que fotografiarlo no, por el estado del papel, pero que copiarlo a mano todo lo que quisiera.
El depósito anexo se lo enseñó el auxiliar desde la ventana del pasillo, porque ella preguntó por qué las cajas tardaban un día: era una nave de dos plantas a kilómetro y medio, en el polígono, adonde habían ido a parar los fondos privados y las series del XX cuando el edificio se quedó pequeño.
Tenía andamios en la fachada norte y una furgoneta de un electricista aparcada delante.
Estaban renovando la instalación desde noviembre y llevaban dos meses de retraso, y por eso las comunicaciones eran de un día para otro y no de dos horas.
Estuvo dos horas y media copiando a lápiz, artículo por artículo, con las cotas, los títulos y las fechas extremas.
47 J 1-4. Correspondance reçue, 1926-1971.
47 J 5-9. Notes de travail et transcriptions, s.d.
47 J 10-13. Cathares. Dossiers thématiques, 1938-1968.
47 J 14-17. Notariat toulousain. 47 J 18.
Épigraphie. 47 J 19. Expertises et certificats, 1946-1949.
47 J 20. Varia. Photographies, coupures de presse, diplômes.
Cuando llegó al 19 levantó la cabeza. Solanich estaba tres mesas más allá, con su índice.
—Señor Solanich, perdone. El 47 J 19: expertises et certificats , 1946-1949. ¿Esto qué es?
El hombre no contestó enseguida. Se quitó las gafas y se puso a limpiarlas con el faldón del jersey, y siguió limpiándolas más tiempo del que hace falta para limpiar unas gafas.
—Peritajes —dijo—. Los profesores hacían peritajes. Se les pedía un informe sobre una pieza, sobre una fecha, sobre una letra, y lo firmaban y cobraban unos honorarios. Era normalísimo.
—¿Para quién los hacía?
—Para quien se los encargara.
—¿Está la correspondencia con los clientes en el 1-4 o va con el 19?
Solanich se puso las gafas. Tenía la cara del color del papel del repertorio y las manos completamente quietas encima de la mesa, y a Inés se le ocurrió, con toda la lógica del mundo, que era un hombre de ochenta y siete años al que acababan de decirle que iban a revolver los papeles de su maestro.
—Eso lo tendrá que ver usted en la caja —dijo—. Yo lo describí hace cincuenta años y no me acuerdo.
—Lo describió el señor Combelles.
—Eso he dicho.
Se levantó, cogió el bastón y le dijo que se cansaba a media mañana y que le pidiera al auxiliar las cajas para el día siguiente, que el plazo era de veinticuatro horas y que si las pedía antes de las doce las tendría a las nueve.
En la puerta se paró.
—¿Usted qué busca, exactamente?
—Siete líneas —dijo Inés—. En un registro de la colección Doat. Mi abuelo las citó en un artículo de 1954 y quiero saber cómo llegó a ellas.
Solanich estuvo un momento mirándola.
—Su abuelo era un hombre muy querido en esta casa —dijo, y se fue por el pasillo con el bastón en la mano izquierda y sin apoyarlo.
Inés pidió al auxiliar las cajas 1 a 4 y la 19 para el día siguiente a las nueve. Firmó la papeleta a las 12.05 y el auxiliar se lo pasó igual.