9
En Saint-Girons le dijeron que preguntara en el almacén de la carretera de Aulus, y en el almacén le dijeron que volviera el jueves porque el jueves bajaba la chica.
Henri Sarremejane volvió el jueves. Llegó a las siete de la tarde con la americana al brazo, la camisa pegada a la espalda y una carpeta debajo del sobaco, porque hacía treinta y uno a la sombra y él era de los que llevan carpeta.
—Es una chica —le había dicho el del almacén.
—Ya me lo ha dicho usted.
—Se lo digo otra vez para que no ponga la cara.
Puso la cara. La chica tenía diecinueve años, un metro sesenta y dos o tres, las muñecas de un peón caminero y un vestido de verano limpio, y estaba sentada en un cajón junto a la báscula comiéndose un melocotón.
—Buenas tardes —dijo él—. Perdone: esperaba a un señor de cincuenta años, con boina, malencarado y con una mula.
—El de la mula es mi tío y no pasa desde el treinta y ocho.
—Entonces tengo suerte.
—Todavía no lo sabe.
Le gustó. A Henri le gustaba la gente que contestaba, y en veinte años de facultad había aprendido que eso no abunda.
Se sentó en el otro cajón y le explicó el asunto, y se lo explicó entero, porque él era incapaz de explicar la mitad de nada.
Tenía en Pamplona un corresponsal, don Fermín, un hombre de casi setenta años que trabajaba con los papeles del reino y con el que llevaba carteándose desde antes de la guerra.
Don Fermín le había preparado una caja. Dentro iban ciento y pico placas de vidrio, positivos en papel de unos protocolos notariales de la Ribera, dos cuadernos de notas de puño del propio don Fermín y una tirada de separatas de una revista que allí publicaban sin parar y que aquí no llegaba.
—Y no llega —dijo Henri— porque la frontera está cerrada desde febrero.
Militarmente cerrada. Eso quiere decir que no es que haya cola en la aduana: es que no hay aduana.
El correo lo devuelven o lo abren, y si lo abren y ven ciento y pico placas de vidrio, la placa de vidrio es un objeto sospechoso.
Es lo más inocente del mundo y lo más sospechoso del mundo, porque en una placa de vidrio se puede fotografiar cualquier cosa.
—Sé lo que es una placa —dijo Marcelle.
—Perdón.
—¿Cuánto pesa la caja?
—Ahí es donde no le puedo ayudar. Don Fermín escribe: una caja de madera del tamaño de dos zapateros . Es un hombre exacto para las fechas y poético para los pesos.
—Once o doce kilos, si son placas. El vidrio pesa. ¿Cuántas placas?
—Ciento diez, dice. Trece por dieciocho.
Marcelle miró al techo tres segundos.
—Catorce kilos con la caja. Y con las separatas, quince. Es poco.
—¿Poco?
—Yo subo veinticinco. Quince kilos es un día perdido para nada, así que le va a costar lo mismo que veinticinco.
—Me parece justísimo.
—No le he dicho cuánto es.
—Me sigue pareciendo justísimo.
Ella se rio con la boca cerrada y le dijo el precio, y él lo aceptó sin regatear, y eso, por lo que se le notó en la cara a ella, fue un error de principiante que decidió no cobrarle.
Después vino la parte que a él le gustaba, que era la parte de los detalles.
—A ver si lo he entendido —dijo Henri—. Usted sube por un puerto, allí hay un hombre esperando, le da la caja, y usted baja. Eso es todo.
—Eso no es nada de todo.
—Corríjame. Se lo pido en serio: llevo veinte años corrigiendo a la gente y es un placer que no se agradece hasta que te lo hacen a ti.
Marcelle se limpió los dedos del melocotón en el pañuelo antes de hablar. Y le corrigió tres cosas.
La primera, que arriba no hay ningún hombre esperando.
Un hombre esperando arriba es un hombre que lleva dos horas quieto en un sitio donde no hay nada que hacer, y eso se ve a un kilómetro.
Se sube al mismo tiempo desde los dos lados y se llega abajo, al collado, con un cuarto de hora de margen.
Si el otro no está en ese cuarto de hora, no está, y se baja con las manos vacías y se vuelve otro día.
La segunda, que el sitio y el día no se dicen por carta. Se dice el mes, y dentro del mes se dice «después de la luna nueva», y quien está al otro lado sabe leer eso.
Y la tercera, la que a Henri le hizo sacar el lápiz.
—A los que suben nos para lo mismo que a todo el mundo.
La niebla, la nieve y el agua. Con niebla no se pasa, no porque no se vea: porque el que viene de enfrente tampoco te ve a ti y os cruzáis a treinta metros.
Con agua, tampoco, porque los arroyos de arriba se ponen en una hora y no se vuelven a poner bien en dos días.
Así que si su caja tiene que estar aquí en agosto, dígame agosto.
Si me dice el 12 de agosto, le digo que no.
—El 12 de agosto no —dijo Henri, escribiendo—. Agosto.
—Agosto.
—Señorita, esto es exactamente lo que llevo veinte años intentando meterle en la cabeza a mis alumnos y no lo consigo.
—¿El qué?
—Que la geografía manda. Yo trabajo con documentos de hace setecientos años, y en esos documentos hay gente que tarda seis semanas en hacer lo que un mapa dice que se hace en diez días.
Y entonces llega un señor de París y escribe que el documento está mal fechado.
Y no. Lo que pasa es que en octubre llovió.
—En octubre llueve —dijo Marcelle.
—Ya lo sé. Ahora lo sé.
Le enseñó la carpeta. Sacó dos positivos de los que ya tenía, tamaño postal, de una hoja escrita apretada, y se los puso delante, y le explicó que aquello era una copia hecha en el siglo XVII de un papel del siglo XIII, y que el copista del XVII se saltaba palabras cuando estaba cansado, y que se sabía que estaba cansado porque las mayúsculas se le caían hacia la derecha.
Marcelle miró los dos positivos ocho segundos.
—¿Y esto para qué sirve?
—Para nada —dijo él, encantado—. Todavía para nada. Sirve dentro de treinta años, cuando alguien pregunte una cosa que hoy no se le ha ocurrido a nadie, y entonces resulta que la respuesta estaba en la línea catorce, y quien la copió aquel día pensaba en la cena.
—Ya.
—Es el oficio menos urgente del mundo. Por eso lo llevo tan bien.
Quedaron en la última semana de agosto. Ella le dijo el nombre del pueblo de abajo y él lo anotó, y ella le dijo que no lo anotara, y él tachó lo que había anotado con dos rayas y se lo enseñó tachado, y ella dijo que así valía.
Le pagó la mitad allí mismo, en billetes, encima del cajón. No hubo papel, ni recibo, ni nombres apuntados en ningún sitio: el del almacén los miró desde la puerta mientras cerraba un candado y no se acercó.
—La mitad antes no la paga nadie —dijo ella.
—¿Y qué se hace?
—Se paga todo al final, y si el género se pierde no se paga nada. Y el del almacén se queda un tercio por ponernos en contacto a usted y a mí, y ese tercio se lo va a quedar igual aunque yo me caiga por un barranco.
—Entonces está usted trabajando a comisión y sin seguro.
—Estoy trabajando.
—Yo prefiero pagar la mitad antes —dijo Henri—. Si usted no vuelve a aparecer, habré aprendido una cosa importante sobre mí mismo por muy poco dinero.
—Una cosa —dijo Marcelle cuando él ya se iba—. ¿Qué hago si arriba me dicen de abrir la caja?
—¿Quién se lo va a decir?
—Nadie. Le pregunto qué hago yo si pasa.
Henri se quedó parado en el sol con la americana al brazo y lo pensó de verdad, que era otra cosa que hacía y que no hace casi nadie.
—Ábrala usted —dijo—. Si alguna vez lleva algo mío y le preguntan, ábrala delante de quien sea. Ahí dentro no hay más que papel viejo, y el papel viejo tiene esa ventaja: no hay manera de explicar para qué sirve, y por eso nadie se lo quita a nadie.
—Muy bien —dijo Marcelle—. Última semana de agosto.