8
El sábado a las diez estaban delante de la casa con la llave que les había dejado el sobrino del dueño, y hacía dos grados.
La casa era la misma de hacía año y medio, lo cual, según Bea, ya era una noticia. Fachada de piedra y revoco, dos alturas y una borda pegada por el norte. Puerta de castaño con el clavo de arriba suelto. Dentro olía a cerrado y a leña vieja.
Fueron sala por sala, como las otras cuatro veces, y como las otras cuatro veces Bea fue diciendo lo que había que hacer y en qué orden.
—Cubierta primero. Eso son veinte mil y no se discute. Luego el suelo de arriba, que hay dos vigas que a mí no me gustan. Luego el baño. La cocina es lo último, la cocina se puede vivir cinco años con una placa y un fregadero.
—Veinte mil de cubierta.
—Veintidós, con andamio. Me lo dijo Patxi en octubre y en octubre eran veinte.
En la pared del norte, a media altura, la humedad había subido dos dedos más que en septiembre. Se veía porque en septiembre Bea había hecho una raya a lápiz con la fecha, en la piedra, junto a la ventana. Debajo estaba la otra raya del otro invierno.
Inés se quedó mirando las dos rayas más tiempo del que hacía falta.
—Ya —dijo Bea—. Es una casa vacía sin calefacción. Es lo que hacen.
Salieron a la parte de atrás. Había una higuera y detrás de la higuera el prado del vecino, con seis vacas quietas mirándolas, y detrás el monte, que a esa hora tenía la mitad de arriba en la niebla y la mitad de abajo en el sol.
—Ciento cuarenta y ocho —dijo Bea—. Lo ha dicho el sobrino esta mañana. En noviembre eran ciento cuarenta y dos.
—¿Seis mil en tres meses?
—Seis mil en tres meses. Y dice que si en junio no está firmado lo vuelve a poner con la agencia de Alsasua, porque el tío está en la residencia y hay que pagarla.
—¿Y con la agencia cuánto sería?
—Con la agencia sería ciento sesenta y cinco y con doce visitas antes que la nuestra.
Volvieron al coche. Bea condujo hasta Etxarri sin decir nada del tema, hablando de un perro que se había comido un calcetín, y aparcó delante del banco, que estaba cerrado, porque era sábado.
—El martes a las cinco —dijo—. Es la tercera cita, Inés. La primera la movimos en octubre por lo de tu congreso, la segunda en enero por lo de tu congreso, y el de préstamos ya me ha preguntado si estamos las dos de acuerdo.
—¿Eso te ha preguntado?
—Textualmente. Con mucha educación. Me preguntó si la otra titular estaba de acuerdo, y yo le dije que la otra titular vive en Francia.
—Puedo el martes.
—¿Puedes el martes?
—Puedo el martes.
Bea la miró un segundo y arrancó.
A las doce y veinte le sonó el teléfono, que era el teléfono de trabajo y sonaba distinto. Escuchó nueve segundos, dijo que salía, y salió.
—Un parto en Arbizu. Te dejo en casa de mi hermana.
—Voy contigo.
—No vas a hacer nada.
—Voy contigo igual.
Era una vaca de segundo parto con el ternero atravesado.
Bea se puso el mono, se lavó hasta el hombro, se enjabonó el brazo con una cosa que olía a hospital y estuvo veinte minutos con el brazo dentro del animal mientras el ganadero le sujetaba la cabeza y le decía cosas en voz baja a la vaca.
Después salió una pata. Después la otra.
Después pusieron las cuerdas y tiraron los dos hombres, y el ternero cayó al suelo de golpe, entero, mojado y humeando en el frío, y no se movía.
—Ahí —dijo Bea, sin mirar a Inés—. La paja.
Inés le acercó la paja. Bea le metió una brizna en la nariz al ternero y el ternero estornudó y sacudió la cabeza, y todo el mundo se relajó a la vez.
Estuvo dos horas. Inés hizo lo que le fueron diciendo, que fue sujetar una linterna, mover el coche y traer un cubo, y las tres cosas se las explicaron.
En una investigación es capaz de saber si una mano es del mismo copista que la de tres folios antes; allí no sabía ni dónde ponerse para no estorbar, y se lo dijeron dos veces, con toda la amabilidad del mundo.
De vuelta, Bea conducía con las manos todavía rojas del agua fría.
—¿Y lo tuyo qué tal? —dijo.
—Lo mío tiene siete líneas en un registro que no debería tenerlas.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Es que no lo sé.
—Explícamelo.
Inés empezó a explicárselo y Bea la interrumpió a los cuarenta segundos, en el segundo semáforo de Etxarri, para preguntarle si eso quería decir que alguien había mentido.
Inés dijo que a lo mejor. Bea dijo vale.
Y siguieron hablando de la vaca, que era lo que había pasado aquel día, y del ternero, que iba a vivir.
Aquella noche cenaron en casa de Bea, en Pamplona, y sacaron la carpeta.
La carpeta era de gomas, azul, y llevaba dentro los tres presupuestos de cubierta, la nota simple, el certificado energético y una hoja cuadriculada con la cuenta hecha a mano por Bea en septiembre y corregida tres veces.
—Ciento cuarenta y ocho más gastos son ciento cincuenta y siete —dijo Bea—. Tenemos cuarenta y dos entre las dos. Piden el treinta por ciento, o sea cuarenta y siete. Nos faltan cinco, que los pone mi madre y no se habla más del asunto, y luego hay que meter veintidós de tejado el primer año.
—Y el préstamo.
—Ciento diez, a veinte años, que a los sesenta y nueve yo no voy a estar metiendo el brazo en una vaca. Seiscientos ochenta al mes. Y tú pagas cuatrocientos noventa en Toulouse.
—Cuatrocientos noventa más gastos.
—Pues eso. —Bea puso el bolígrafo encima de la hoja—. Mil doscientos al mes por vivir en dos sitios, dos años y medio.
—El contrato de Toulouse acaba en 2027.
—El contrato de Toulouse acaba en 2027 y lo vas a renovar.
Inés no dijo que no. Cogió la hoja, miró la letra de Bea, que era de médico, y calculó por su cuenta lo que costaba el billete de tren de aquel fin de semana, que eran noventa y seis euros, y lo que costaban los diez que había hecho el año anterior.
—El martes firmamos y ya está —dijo.
—El martes firmamos la solicitud. Firmar, firmar, se firma en junio.
El domingo por la mañana Inés dijo que si querían llegaban a ver a su abuela antes de comer, y luego miró la hora del tren y dijo que mejor en marzo.
Comieron con la hermana de Bea. A las cuatro y diez la dejó en la estación de autobuses.
—El martes a las cinco —dijo Bea.
—El martes a las cinco.
El martes a las once y media de la mañana, Inés escribió un correo a la casa de manuscritos de París pidiendo hora para consultar un volumen, y en el correo puso que podía ir cualquier día de la semana siguiente.
A las doce le contestaron ofreciéndole el último martes del mes.
Y ella dijo que sí antes de acordarse, y cuando se acordó ya estaba dicho y era la una.
Llamó a Bea a las dos. Bea escuchó, dijo que vale, dijo que llamaba ella al banco, y colgó porque estaba entrando en una explotación.
La cita se movió al 24 de marzo, a las cinco. Inés la apuntó en el calendario del teléfono, y en el asunto puso: banco Bea — no mover .