7
Estuvieron veintiún días en la espluga y bajaron a Caussou de noche.
En la espluga se come lo que suben. Subieron dos veces: pan, habas secas, una orza de aceite y sal.
La segunda vez subió un chico de doce años que hizo el melhorament tres veces, como le habían enseñado, y se quedó mirando a Guiraut con la boca abierta hasta que Amiel le dijo que se fuera antes de que lo echaran en falta.
Las noches eran largas y no había nada que hacer, así que dos de aquellas noches Guiraut sacó el libro y leyó.
Leía con un candil de mecha alimentado del aceite de la orza, con el libro apoyado en las rodillas y a un palmo de la cara.
Leía despacio y en voz alta y en su lengua, que es como se lee para otros.
Amiel escuchaba con los ojos cerrados. Poitevin escuchaba media hora y luego se dormía. Hugon no cerraba los ojos.
Del libro habían salido, en veinte años, cuatro sermones que Guiraut sabía decir de memoria y que había dicho en Fanjeaux, en Laurac y en Montsegur, y en veinte casas de tejedores donde no cabían quince personas y se metían veinte.
A Guiraut se le cerraron las manos en la espluga. La derecha peor que la izquierda. Le quedó la piel nueva rosa y tirante y el libro le tocaba en la palma como una lija, así que se envolvió el cuero con un trapo y lo llevó del lado de dentro del brazo.
En Caussou los metió en la borda un hombre que llevaba dando de comer a los suyos treinta años.
Comieron pan y habas y una trucha que el hombre había cogido aquella tarde, partida en cuatro. Después el hombre se sentó en el suelo delante de ellos y estuvo callado un rato.
—¿Y los demás? —dijo.
—Los demás no bajaron —dijo Amiel.
El hombre asintió con la cabeza y siguió sentado. Nadie dijo nada más de eso. Se durmieron temprano, en el pajar, y el hombre les dejó dos mantas y se llevó las botas de Poitevin para coserlas.
Al día siguiente subieron a Prades por el camino de los carboneros.
Aquel año la primavera venía tarde. En las umbrías había nieve podrida hasta media ladera y los arroyos iban gordos. Andaban de noche o al amanecer y dormían de día, y comían una vez, y a veces no comían.
En Prades hubo un problema con el pan.
En Prades había una casa de dos hermanas que daban de comer y en la casa había gente de fuera: un carretero y su mozo, esperando a que bajara el agua.
Las hermanas les dieron de cenar a todos en la misma mesa.
Al carretero le pusieron tocino. A ellos les pusieron habas, y el carretero preguntó por qué a aquellos cuatro no y a él sí.
—Están de ayuno —dijo la mayor.
—¿En abril?
—Están de ayuno —dijo la mayor otra vez, y le sirvió más vino, y el carretero se olvidó.
Poitevin comió deprisa y con la cabeza baja. Después, fuera, dijo que en la mesa de una casa donde hay forasteros no se cena, se cena antes o se cena después.
—Entonces no se cena —dijo Hugon.
Salieron de Prades a la mañana siguiente sin ver al carretero, que dormía.
De Prades a Usson hay medio día por el río y una subida al final. Llegaron con luz, que fue la primera vez que llegaron a un sitio con luz desde la cuerda, y desde el camino se veía la torre encima de la peña y el humo de dos casas.
Arriba había gente de los suyos. Un diácono viejo, dos mujeres, cuatro o cinco creyentes de la casa y un muchacho.
El muchacho se llamaba Duran y era de Mirepoix.
Tenía veintidós años, la cara de un chico de dieciséis y las manos de uno de treinta, y llevaba dos años consolado.
Lo habían mandado allí en otoño con el diácono porque abajo se había puesto malo.
Lo primero que hizo fue el melhorament delante de los cuatro, uno por uno, y a Guiraut le dijo el nombre de Guiraut, que se lo sabía.
—¿De qué me conoces?
—De Fanjeaux. Vos dabais la lección los domingos. Yo tenía nueve años y me llevaba mi madre.
Aquella noche comieron todos en la sala de abajo y hubo, por primera vez en un mes, pan blanco y aceite y peras secas.
Y aquella noche se habló de la bolsa.
La sacó Amiel y la puso en el suelo, en medio, sin desatarla, y dijo lo que traían y de dónde venía. El diácono viejo la miró y no la tocó.
—¿Cuánto?
—No lo he contado.
—Cuéntalo.
—Lo contaron arriba y está sellado. Si lo abro aquí, tengo que volver a sellarlo y no tengo con qué. Va como está hasta donde tiene que ir.
—¿Y dónde tiene que ir?
Ahí empezó y duró hasta que se apagó el fuego.
El diácono dijo que aquello era el depósito de la iglesia y que el depósito de una iglesia se queda con la iglesia, y que iglesia eran ellos, los que estaban allí sentados, y los que quedaban por las bordas del Sabartès y del Razès, y las viudas, y los que estaban presos en Carcasona esperando a que alguien pagara por sacarlos.
Amiel dijo que ellos no eran la iglesia entera, que la iglesia entera había cabido hasta marzo en un cerro y que lo que quedaba estaba al este, y que era al este adonde había que llevarlo: a Pallars, a Berga, a Castellbò, donde todavía se puede vivir sin esconderse todos los días.
Una de las mujeres dijo que con la mitad de eso se pagaba a los que llevan y traen, y sin los que llevan y traen no hay cartas, y sin cartas no hay iglesia ni al este ni al oeste.
El diácono dijo que él había visto lo que pasa cuando el dinero llega tarde. Dijo un nombre y dijo un año, y nadie le llevó la contraria.
Guiraut habló al final y habló poco.
—Yo llevo esto —dijo, y se tocó el brazo, donde iba el libro—. Cuando esto esté en un sitio donde se pueda copiar, la bolsa que la lleve quien quiera.
—Y hasta que esté, ¿de qué comemos? —dijo Poitevin.
Y entonces habló el muchacho, que no había abierto la boca en toda la noche.
—De nada —dijo Duran—. Perdón. Quiero decir que de la bolsa no.
Todos lo miraron. Él se puso colorado y siguió, porque ya estaba dentro.
—Vosotros cuatro sois los que bajasteis.
Yo no. Así que lo digo yo y no falto a nadie.
Una noche a cubierto, con cena, son dos dineros por cabeza en cualquier hostal de camino.
Sois cuatro. Ocho dineros. De aquí a donde vais, si son cinco meses, son ciento cincuenta noches.
Ahí dentro va, seguro, para tres mil noches. —Se paró—. Y no se pueden gastar ocho.
—No se pueden gastar ocho —dijo Amiel.
—Entonces hay que dormir fuera, hay que trabajar por la comida, y hay que rodear los sitios donde os conocen. Eso es lo que estoy diciendo. Que la bolsa es lo que os va a hacer ir despacio.
El diácono se rio por lo bajo, sin alegría, y dijo que el chico contaba bien.
Se acostaron tarde. A Guiraut le pusieron una cama de verdad, con jergón, y no durmió: se pasó media noche pensando en dónde había en el mundo una casa con pergamino, tinta y alguien que supiera escribir su lengua, que estuviera lo bastante lejos y lo bastante callada.
Salieron a los tres días, y salieron cinco.
Duran pidió ir. El diácono dijo que no. Duran dijo que abajo, con el diácono, era una boca más y un peligro más, y que arriba, en el camino, un hombre joven que carga y que hace las cuentas vale para algo. El diácono lo miró un rato largo y le puso la mano en la cabeza, y eso fue el sí.
Y la primera noche fuera de Usson durmieron los cinco al raso, en un bosque de pinos, sobre agujas y con la lluvia entrando entre las ramas, con una bolsa sellada en medio del círculo que hacían los cinco cuerpos, y por la mañana Poitevin dijo que había contado tres mil noches en el techo.