6
A Rémi le enseñó el folio un jueves a las seis, cuando ya no quedaba nadie en la planta, y se lo enseñó con una intención concreta: que se lo tirara abajo.
Eso era lo razonable. Ella llevaba nueve días con aquello y nueve días es tiempo de sobra para enamorarse de una tontería. Rémi era latinista, había hecho su tesis sobre fórmulas notariales del Mediodía y tenía la virtud de no querer que las cosas fueran interesantes.
Lo llevó a la sala de seminarios porque allí había proyector y el folio pedía pantalla grande.
Rémi leyó la cláusula dos veces sin decir nada. Después se levantó, se acercó a la pared y leyó la tercera con la nariz a un palmo de la pantalla, que era lo que hacía siempre y que no servía absolutamente de nada con un fotograma de microfilm.
—¿De dónde sale el nombre?
—Del Apócrifo de Juan. Y de dos textos más del mismo lote.
—No. De dónde sale el nombre —dijo—. Ese nombre no aparece por primera vez en 1945, Inés. Está en Ireneo.
Se lo dijo sin ningún triunfo, con las manos en los bolsillos, y a ella se le fue el suelo dos centímetros.
Estaba en Ireneo. Claro que estaba en Ireneo: en el libro primero, en el capítulo de los ofitas, el hacedor del mundo se llama así con todas sus letras y dice que es dios y que por encima de él no hay nadie.
Y el Adversus haereses se imprimió en el siglo XVI, y no había biblioteca de jesuitas decente que no lo tuviera, y desde luego lo tenían en París en 1666.
—Vale —dijo ella—. Ya está. Un erudito del XVII con Ireneo en la mesa.
—Yo no he dicho eso.
—Lo has dicho.
—He dicho de dónde sale el nombre. —Rémi volvió a la mesa y se sentó de lado en la silla—. Ahora dime tú por qué no te vale.
Ella tenía la respuesta desde el segundo día y se la dio ordenada, porque delante de él le salía sola.
Uno: Ireneo da la bravata y da el nombre, pero no da la refutación. Lo del celo no está: es el argumento de que si no hubiera otro no habría de quién estar celoso, y ese está en los coptos, y está en el mismo sitio del texto, detrás de la bravata y antes de los nombres.
Dos: Ireneo no da el segundo nombre. La cláusula sí, y con su glosa detrás.
Tres, y este era el que le importaba: van los tres en el mismo orden. Bravata, refutación, nombres. Un hombre que copia de Ireneo copia lo que hay en Ireneo. No añade un argumento que en Ireneo no está y que resulta que sí está en un papiro que nadie había visto todavía.
Rémi la dejó terminar y se quedó un rato mirando la pantalla.
—Es bueno —dijo—. No es concluyente, pero es bueno.
—¿Qué le falta?
—Le falta lo de siempre. Que puede haber existido un texto latino perdido con las tres cosas y en ese orden.
No lo tenemos, pero eso no significa que no lo hubiera: nosotros trabajamos con el dos por ciento de lo que se escribió, y el dos por ciento no es una muestra, es lo que sobró.
Del Interrogatio hay una copia del XV y una edición de un dominico del XVII, y del original no hay nada, y a nadie se le ocurre decir que el Interrogatio no existió.
—Ya.
—Y si existió ese texto latino, tu tejedor de Laurac está diciendo la verdad y tú tienes entre manos la cosa más gorda del siglo. Que también es posible. Yo solo digo que las dos son posibles y que con esto —señaló la pantalla con la barbilla— no se puede elegir.
—Se puede colacionar.
—¿Contra qué?
Y ahí estaba. Contra nada. El registro medieval no existe, y no existe de la manera más completa: no hay descripción, no hay signatura antigua, no hay noticia posterior al inventario.
Lo que hay es la copia del XVII, que es a la vez el testimonio y el problema.
Si mañana apareciera el original y no llevara la cláusula, se acabó la discusión en cuarenta segundos. Y no va a aparecer.
—Entonces por filología, no —dijo ella.
—Por filología, no.
—Pues por física.
Rémi levantó las cejas y ella se lo explicó, y le salió ordenado, porque llevaba dos días pensándolo sin haberlo puesto en palabras.
Si la cláusula la escribió el escribano del XVII con la campaña de copia, la tinta es la misma que la de los tres folios de alrededor y el trazo se hizo en la misma semana.
Si la escribió otro, en otro momento, con otra tinta, eso se ve.
No hace falta tocar nada: fluorescencia, multiespectral, un análisis de ductus hecho con una imagen decente. Cuatro horas de laboratorio.
—Es que además —dijo— la posición ya es rara. La cláusula está al pie, pegada, sin blanco, y la deposición siguiente empieza con una capital más grande.
—O el escribano apretó porque le quedaba poco folio.
—O el escribano apretó porque le quedaba poco folio, sí.
—Hay una cosa que te va a preguntar todo el mundo antes que yo —dijo Rémi—, así que te la pregunto yo.
La edición de 2011 se hizo con el manuscrito delante.
No con esto. Con el volumen abierto, en la sala, folio a folio, y la hicieron tres personas que llevan la vida en esos registros.
Si en ese folio hubiera algo raro en la tinta o en el trazo, ¿no lo habrían visto?
—Habrían visto lo que se ve leyendo.
—Es que se pasaron dos años leyendo.
—Se pasaron dos años estableciendo un texto —dijo Inés—.
Que no es lo mismo. Un editor mira la letra para leerla, no para fecharla.
Si la mano imita bien la del volumen y la tinta se parece, un editor transcribe y sigue, porque su trabajo es que el lector tenga el texto, no dudar de que el escribano sea el escribano.
Y encima pusieron una nota. La nota está ahí porque el pasaje les chirrió.
—La nota está ahí porque el nombre no está atestiguado.
—La nota está ahí porque les chirrió, Rémi. Si no, no se pone nota, se transcribe y se acabó.
Rémi hizo un gesto que quería decir que eso era interpretación y no argumento, y tenía razón, y ella lo sabía.
—Inés. —Se rascó la ceja—. ¿Tú sabes lo que estás pidiendo?
—Cuatro horas de laboratorio.
—Estás pidiendo que una casa saque de reserva un volumen de la colección de Colbert, que se lo mande a un laboratorio con custodia, que abra un expediente, y que todo eso conste.
¿Y con qué justificación? Con la de una investigadora del consorcio que cree que una deposición del Lauragais cita un texto copto.
Va a haber una reunión, y en la reunión alguien va a preguntar si esto se ha publicado, y la respuesta es que no, y entonces te van a decir que lo publiques primero.
—Si lo publico primero, lo que digo es que hay un testimonio medieval de una transmisión egipcia.
—Sí.
—Y no lo puedo sostener.
—No.
—Y si no lo publico no me dan el análisis que me permitiría sostenerlo.
—Ahí es donde estamos —dijo Rémi—. Yo te firmo la petición, si quieres. Pero te la van a devolver, y no por mala fe. Te la van a devolver porque tienen razón.
Se quedaron los dos mirando la pantalla, con la sala a oscuras y el proyector zumbando, hasta que él dijo que se le iba el tren de las siete y diez.
Inés apagó el proyector y bajó la pantalla a mano, que era la única que quedaba de esas.
Después se quedó sentada en la sala vacía haciendo la cuenta, que le salió corta.
Por el texto no se decide, porque falta el término de comparación.
Por el laboratorio no se decide, porque el laboratorio se abre con un expediente y el expediente se abre con lo que ella todavía no tiene.
Quedaban los dos extremos del hilo y no el hilo: por dónde pudo llegar a un pajar del Lauragais una cosa así, y quién tuvo delante lo que hace falta tener delante para escribirla.
Lo segundo era una lista de personas. Eso, por lo menos, era contable.
Recogió el mando, apagó las luces de la sala y se fue a la máquina de café del pasillo, que a esas horas ya estaba en modo de ahorro y tardaba lo suyo en despertarse.