El Evangelio de las Cenizas 5
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El fardo pesaba veintiséis kilos y le habían pagado por veinticuatro.

Lo pesó ella en la báscula del almacén, delante del hombre, con las dos manos en la carga y los pies juntos: veintiséis y medio con la lona. El hombre dijo que la lona no contaba. Marcelle dijo que la lona subía el puerto igual que el café.

Se quedaron en veinticinco. Cuatro francos el kilo hasta Seix, y los pagaba a la vuelta.

Lo ató ella. Nadie le ataba la carga desde los diecisiete años: dos vueltas por debajo, una por arriba, las correas cruzadas al pecho y el nudo a la izquierda, para poder soltarlo con la derecha si había que soltarlo corriendo.

Dentro iban paquetes de café tostado envueltos en papel de estraza, tabaco en hoja prensado en tablas y doce pares de alpargatas de suela nueva.

El café olía a través de la lona. Eso era lo malo del café.

Salió de la borda a las cinco menos cuarto, con luna suficiente para la pista.

Aquel mes amanecía a las ocho y diez y se hacía de noche a las cinco y veinte.

Nueve horas de luz. Ella contaba siempre desde una hora antes del alba hasta media hora después del ocaso, que son casi once, y de esas once había que quitar dos por si acaso.

Nueve horas para subir mil doscientos metros, pasar y bajar quinientos por el otro lado hasta la cabaña.

El viento venía del sur desde el mediodía anterior.

Con el viento del sur la nieve del collado grande se queda dura por la mañana y se pone blanda a las once, y en la nieve blanda un hombre con veinticinco kilos deja un rastro que se ve desde el otro lado del valle.

Por eso no fue por el collado grande. Fue por el paso de la izquierda, que es doscientos metros más alto y tiene una canal donde el viento del sur barre y no deja nada.

En la canal hay que subir con las manos treinta pasos. Con el fardo, sesenta.

Hasta el hayedo fue de noche. Después vino la primera luz y con la primera luz el frío de verdad, que no es el de la noche: es el de la hora en que la nieve se entera de que va a salir el sol.

Se paró en la última haya, se comió medio pan con tocino y bebió del odre dos tragos y no más, porque el agua pesa y hay fuentes arriba que no se hielan.

Se ató el pañuelo por debajo de la barbilla y subió.

De la última haya a la canal, dos horas y diez.

Subió a paso de treinta y cinco: treinta y cinco pasos, parar, respirar seis veces, treinta y cinco pasos.

Ese paso lo aprendió de un pastor de Sentein que la llevaba de cría a por las ovejas perdidas, y no lo cambió nunca, ni en el cuarenta y tres, cuando detrás iban hombres de ciudad con zapatos de ciudad que se paraban cada quince y llegaban al collado sin poder hablar.

Eso se había acabado. Desde el verano ya no había hombres que pasar. Los que pasaban ahora iban al revés y no los pasaba ella.

La canal estaba como tenía que estar: helada, azul, barrida. Clavó los tacones y subió los sesenta pasos con las manos en la nieve. Arriba había cuarenta metros de viento de frente y el fardo hacía vela; se puso de lado y anduvo de lado.

En el collado no se para. Se mira y se sigue.

Miró. Abajo, al sur, el valle estaba limpio y no había humo en ninguna de las tres bordas.

A la izquierda, en la pala, había un rastro de la semana anterior medio borrado, de dos o tres hombres que habían subido en fila y bajado en fila.

Ese rastro no era suyo. Al norte, hacia su lado, la carretera de abajo con dos coches parados a la entrada del pueblo, que a esa distancia son dos puntos, y podían ser dos coches de aduanas o podían ser dos coches.

Bajó por la vertiente de la sombra, que estaba dura y era peor para las rodillas y mejor para el rastro.

En la cabaña había un hombre y una mula.

El hombre le dio un papel con el peso, ella lo miró, dijo veinticinco, él dijo veinticinco, y le pasó el fardo a la mula.

Le dieron un tazón de leche con café del que ella llevaba.

Estuvo dentro doce minutos. No se sienta uno cuando aún faltan tres horas, porque después las piernas no arrancan.

A las cuatro y veinte estaba en la pista y con luz. A las cinco y media, en Seix, de noche.

El hombre del almacén contó cien francos y luego los volvió a contar porque se le había ido un billete debajo de la báscula.

—El jueves hay otro —dijo—. Puede que dos.

—El jueves va a nevar.

—¿Y?

—Que si nieva son cinco el kilo. Con nieve nueva se tarda el doble y se hace el rastro solo.

El hombre dijo que a cinco no le salían las cuentas. Ella se puso el abrigo, se guardó los cien francos en el bolsillo de dentro y le dijo que las cuentas no eran cosa suya, que ella subía y bajaba.

—Cuatro y medio.

—Cinco.

—¿Y si mando a otro?

—Manda a otro.

Había cuatro que subían por allí aquel invierno. Uno tenía cincuenta y tres años y las rodillas de un hombre de cincuenta y tres años. Dos eran hermanos y no salían con nieve. El cuarto era bueno y bebía.

—El jueves a las cinco menos cuarto —dijo el hombre.

Marcelle se comió el resto del pan de pie, junto a la báscula, y se fue andando a su casa, que estaba a dos kilómetros y medio de allí, cuesta arriba.

En casa dio a su madre setenta francos para la semana y metió los treinta restantes en una lata de achicoria que tenía en el fondo del armario, con lo de octubre y lo de noviembre.

Había mil ciento veinte. Unas botas de montaña cosidas, de las de verdad, valían novecientos, y las suyas aguantaban un invierno más si les ponía tacos nuevos.

Aquella noche se durmió a las nueve. El jueves nevó, y fueron cinco el kilo.