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Su madre llamaba los martes, y aquel martes llamó a las nueve y veinte, que era su manera de decir que había esperado a que Inés cenara.
—¿Te pillo?
—Me pillas fregando.
—Pues déjalo, que te oigo el agua.
Inés cerró el grifo con la muñeca y se puso el teléfono en el hombro. En la mesa de la cocina tenía el folio impreso en tamaño grande y cuatro cartulinas puestas en fila, y llevaba desde las siete moviéndolas de sitio como quien hace un solitario que no sale.
—Es lo de la residencia —dijo su madre—. Han subido la cuota.
—¿Cuánto?
—Cuarenta y dos euros al mes. Lo mandan por carta y lo llaman actualización. Y luego está lo de la planta.
—¿Qué planta?
—La segunda. Dicen que estaría mejor arriba, que hay más personal por la noche. Yo lo he visto y es lo mismo, pero con el pasillo más corto.
—¿Y ella qué dice?
—Ella no dice.
Lo dijo sin dramatismo, como se dice que ha dejado de llover.
Su abuela tenía noventa y ocho años y llevaba dos sin frases enteras.
Decía sí, decía el nombre de su hija a veces, y una vez, en octubre, le había cogido a Inés la mano y le había mirado los dedos uno a uno como quien cuenta.
La sientan de nueve a una junto a la ventana del pasillo sur, que es la que da al aparcamiento y a un cedro, y ahí se está.
Cuarenta años haciendo fotos de bodas, de comuniones, de obras del ayuntamiento y de las crecidas del río, y ahora mira un cedro cuatro horas al día y nadie sabe si lo ve.
—Entonces súbela.
—Ya la he subido. La carta la tengo aquí.
Dice: actualización del precio de la plaza conforme al índice y a la revisión del grado .
Y luego, en la hoja de detrás, la fisioterapia aparte, doce euros la sesión, dos por semana, y la lavandería aparte si quieres que le marquen la ropa.
Se la marcan con el nombre en una cinta cosida por dentro del cuello. Eso son ocho euros al mes.
—Págalo.
—Lo pago desde julio. Te lo cuento para que sepas en qué se va. Y te llamo por el papel: hay que firmar la actualización las dos, porque tú estás en la ficha como segunda familiar, y a mí me la han dado en mano. Te la escaneo esta noche, la firmas y me la mandas.
—Mándamela.
—Y hay que ir pensando en un poder, porque cada vez que hay que mover un euro me piden a las dos y tú estás donde estás.
—Cuando vaya en junio lo hacemos.
—Cuando vayas en junio. Ah, y me han pedido una foto de ella de joven para la puerta de la habitación. Lo hacen con todos, dicen que ayuda a que la encuentren.
—¿Cuál has llevado?
—Una de cuando tenía veintitantos, en la nieve, con un fardo a la espalda y unas botas horrorosas. Está en el álbum de la mesilla desde siempre. La eligió ella y la puso ella; yo solo la he fotocopiado.
—¿Y la reconoce?
—Yo qué sé, Inés. Y del vaciado siguen las cajas en el garaje, que ya me dirás tú qué hago yo con catorce cajas de negativos.
—No las tires.
—No las tiro. Pero pesan y están donde el coche.
Hubo dos segundos de nada, que en su madre no era una pausa sino un cambio de vía, y a Inés le dio tiempo a verla venir.
—Del coche te tengo que contar —dijo su madre—. Cuatrocientos ochenta euros por una correa. Y cuando fui a recogerlo, el chico me dice que la próxima vez avise antes.
Era la técnica y era perfecta. No se negaba a hablar de nada: contestaba con exactitud a una pregunta que no le habías hecho, con su cifra y su detalle, y para cuando te dabas cuenta ibas por otra calle y de vuelta no había.
Inés la había visto hacérselo a su padre, a los vecinos, a un cura, a una notaria.
Y se la había visto hacer a sí misma en una comisión científica en octubre, con las mismas dos milésimas de silencio antes de cambiar de vía, y aquel día no supo si darse la enhorabuena.
Dejó que contara lo de la correa. Cuando acabó con la correa preguntó por Bea, que era la otra vía y también la sabía coger.
—¿Y la casa?
—En el banco. Falta una firma y una tasación.
—Esa casa lleva dos años faltándole una firma.
—Lleva año y medio.
—Bueno.
Ese «bueno» de su madre valía por un párrafo, y encima tenía razón. Inés se cambió el teléfono de hombro y miró el reloj del horno, y calculó que le quedaban ocho minutos antes de que su madre se despidiera diciendo que era tardísimo.
Después dijo lo que llevaba una semana sin decir.
—Estoy con unos fondos de Toulouse.
—Ajá.
—Registros del XIII. Copias del XVII, más bien. Ha salido una cosa rara en un volumen y no sé todavía qué es.
—¿Eso es lo de las brujas?
—Eso no es lo de las brujas.
—Como salió en el Diario que estabas con lo de las brujas.
—Salió hace dos años y en tres párrafos, y luego salió otro señor explicando por qué estaba equivocada, y ese fue más largo.
—Ese no lo vi.
Lo había visto. Su madre veía todo lo que se publicaba con su apellido y no comentaba nada, que es otra manera de la misma técnica.
—Pues no. Esto es otra cosa —dijo Inés—. Es probable que acabe teniendo que citar al abuelo.
En aquella casa se decía «el abuelo» y no se decía el apellido, y el apellido, sin embargo, estaba en todas partes: en el lomo de tres libros del salón que nadie abría, en la lápida, en una placa de una sala de la biblioteca departamental del Tarn adonde fueron sus papeles cuando murió, y en las notas a pie de página de media disciplina.
Inés lo llevaba de segundo. En Francia no lo usaba nadie; en España lo leían en voz alta cada vez que la presentaban en un congreso, y siempre había alguien de setenta años que levantaba la mano al final para preguntarle si de los Sarremejane de Toulouse, y ella decía que sí y el hombre decía qué barbaridad, y ahí se acababa.
Su madre no se alteró. Nunca se alteraba, y ese era el problema: no había manera de saber si le había dado en algo, porque el tono era el mismo tono con el que hablaba de la correa.
—Tú cita a quien tengas que citar.
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
Inés miró las cuatro cartulinas de la mesa. La primera tenía dos frases y una raya encima.
—Que a lo mejor tengo que preguntar cosas. En Toulouse, en Albi. A gente que lo trató.
—Pregunta.
—Te lo digo por si te molesta.
—A mí no me molesta nada —dijo su madre—. Yo llevo cincuenta y cinco años viviendo en Pamplona y aquí nadie sabe quién era, y se está muy bien.
—Mamá.
—Que preguntes, Inés, que yo no te estoy diciendo que no preguntes. Te estoy diciendo lo que hay.
—¿Y qué hay?
Y entonces su madre dejó los dos segundos de nada, pero no cambió de vía.
—Yo no pregunté nunca y he sido feliz. Tú verás.