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El módulo de citas era lo más tonto del sistema y lo que más contento ponía a la gente de París.
Hacía una cosa sola: cuando en una deposición aparecía un trozo de texto que se parecía a algo de la biblioteca de referencia, lo marcaba en verde y proponía la fuente.
Casi siempre era el Evangelio de Juan, porque los bons omes predicaban con Juan.
A veces era Mateo. Dos o tres veces por semana era un falso positivo de esos que dan risa: cuatro palabras corrientes que coincidían con cuatro palabras corrientes de un salmo.
El de aquel martes proponía como fuente un texto copto de la biblioteca de Nag Hammadi, en su traducción latina de trabajo, con un índice de confianza del noventa y uno.
Inés lo leyó, se rio con la nariz y bajó a la siguiente alerta. A los diez minutos volvió.
No volvió por el noventa y uno. Volvió porque el pasaje marcado no eran cuatro palabras corrientes: eran siete líneas, con un nombre propio dentro.
Un volumen de la colección Doat, folio 211 vuelto.
Deposición de un tejedor de Laurac, Bernardus Vitalis, recibida el 4 de mayo.
Una deposición como doscientas: que oyó, que estuvo, que comió con ellos, que su mujer no sabía nada.
Y al final, pegada al pie y sin blanco de separación, una cláusula añadida.
Item dixit quod audivit dictos hereticos legentes in quodam libro, quod ille qui fecit mundum dixit: «Ego sum Deus et non est alius preter me.
» Et dixerunt quod in hoc mentitus est, quia si non esset alius non esset zelotes, et qui zelat alterum confitetur.
Et vocatur in eodem libro Ialbadaoth, qui et Sacla dicitur, quod interpretatur cecus.
Lo leyó tres veces en la pantalla y a la tercera lo leyó en voz alta, en castellano, despacio, porque traducir en voz alta es la única manera que tiene ella de saber si ha entendido.
«Ítem, dijo que oyó a dichos herejes leer en un libro que aquel que hizo el mundo dijo: Yo soy Dios y no hay otro sino yo.
Y dijeron que en esto mintió, porque si no hubiera otro no sería celoso, y quien cela a otro confiesa.
Y en el mismo libro se le llama Ialbadaoth , al que también llaman Sacla, que se interpreta ciego. »
Se quedó quieta con las dos manos en el borde de la mesa.
La primera mitad no tenía nada de raro. Que el dios del Génesis mintiera al decir que no había otro es doctrina corriente de los bons omes , está en las deposiciones, está en las polémicas de los que los combatían, y cualquier registro del Lauragais da tres o cuatro versiones.
Lo del celo tampoco: es la clase de argumento que se le queda en la cabeza a un analfabeto, porque es un chiste. Si no hay otro, ¿de quién estás celoso.
Lo que no había visto nunca era el nombre.
En la literatura de los bons omes el hacedor del mundo se llama el diablo, o Lucifer, o Satanás, o lo malvatz .
No tiene nombre de arconte. No lleva glosa.
El nombre con esas sílabas, con esa segunda etiqueta pegada y con la traducción del apodo, no está en el Interrogatio Iohannis , ni en el ritual de Lyon, ni en Moneta de Cremona, ni en Durand de Huesca, y ella se pasó dos años haciendo el índice de nombres de todo eso para una tesis que ya nadie cita.
Está en El Cairo. Está en unos papiros de tapas de cuero que un campesino sacó de una jarra al pie de un cerro en diciembre de 1945.
Abrió la fuente que proponía la máquina, que era lo que había que hacer antes de seguir pensando.
Le costó un cuarto de hora dar con una traducción decente y otro cuarto con la concordancia, porque no era su campo y se le notaba: iba por el índice como quien busca una calle en una ciudad donde ha estado dos veces.
El pasaje estaba. El que hizo el mundo dice que es dios y que no hay otro; y hay quien le contesta que en eso mintió, y que el celo lo delata. El bicho tiene tres nombres y los tres se dan seguidos. Uno de ellos era, con dos letras bailadas, el que tenía delante en el folio.
No era un eco. No era un tema que viaja. Era el mismo argumento en el mismo orden, con el nombre pegado detrás, en un pajar del Lauragais, contado por un hombre que no sabía firmar.
Consta: que en un registro copiado en el siglo XVII de un original del XIII hay una cláusula con ese nombre. Eso está en el folio y lo puede ver cualquiera.
Se sigue: que si el tejedor oyó de verdad lo que declaró, el libro que le leyeron en voz alta en un pajar del Lauragais contenía un texto cuyos únicos testigos conocidos estuvieron bajo tierra en el Alto Egipto hasta hace ochenta años.
Escribió las dos frases en una ficha, a lápiz, y debajo escribió: comprobar contra el original medieval .
Lo del nombre deforme, por cierto, jugaba a favor. Un notario que oye una palabra que no ha oído nunca la escribe como puede; los nombres raros salen de las deposiciones abollados y no hay más que ver cómo escriben los nombres alemanes. Que estuviera mal era lo normal. Que estuviera, no.
Se fue entonces a la imagen, que es adonde se va.
El fotograma del 211 vuelto estaba tomado de un microfilm de hace cincuenta años, y ampliado al máximo se convertía en una nube de grises con forma de renglón.
Se distinguía el cuerpo de la letra y poco más.
La cláusula ocupaba el pie del folio, debajo de la deposición del tejedor y encima de la siguiente, que empezaba con una capital algo mayor.
Parecía la misma mano de todo el volumen.
Parecía la misma tinta. A esa resolución le habría parecido la misma mano un dibujo de un niño.
Anotó debajo: ver el volumen en París . Y al lado, entre paréntesis, la cota entera, porque a una sala de manuscritos no se va a preguntar: se va con la cota.
Tardó cuarenta minutos en llegar a lo que ya sabía y no había querido pensar todavía.
El registro del que sale ese folio no existe.
No es que esté mal conservado ni que falten cuadernos: no existe.
De los diez libros del inquisidor solo se copiaron dos en el 609 y ese no es uno de ellos, y del volumen medieval no queda constancia después del inventario de mediados del XVII.
Lo que hay es la copia. Lo que hay es exactamente esto: un cuadernillo mandado copiar a mediados del siglo XVII por un presidente de la Cámara de Comptos que quería papeles para un pleito de jurisdicciones, hecho por escribanos a sueldo, y una nota de colación al final del volumen que dice que se cotejó con su original.
Con su original, que ya no está.
Abrió el otro cajón mental, el ordenado, y fue a la edición impresa.
Porque lo primero que hace una paleógrafa antes de creerse que ha encontrado algo es mirar si lo encontró otro.
Hubo una edición crítica de esos volúmenes en 2011, con introducción, aparato y traducción, hecha por gente que sabe lo que hace y que trabajó con el manuscrito delante y no con fotogramas de microfilm.
Las siete líneas están.
Están enteras, transcritas con su lectura, con su folio y su fecha, dentro de la deposición del tejedor, en la página que le tocaba. Y llevan nota. La nota dice, en francés y en dos líneas:
Passage obscur. Le nom n'est pas attesté ailleurs dans le corpus occitan; voir Sarremejane 1954, p. 213, qui y voit un apocryphe dualiste non identifié.
Inés leyó la nota, y después la línea de la bibliografía al final del volumen, con el título del artículo y el nombre de la revista y el año, y el apellido, que era el suyo por parte de madre y que llevaba viendo en notas a pie de página desde los veintidós años. Cerró el archivo.
Quince años impresas. Quince años en una edición seria, en las bibliotecas que importan, citadas seguramente por alguien en algún congreso.
Nadie había levantado la mano. Y no porque nadie leyera: porque para que a alguien se le encendiera algo tenía que haber leído a la vez ese registro y aquellos papiros, y esas dos cosas no se leen en el mismo edificio, ni en la misma carrera, ni con el mismo diccionario.
Sacó la ficha, le pasó una raya a la primera línea —la del original medieval— y escribió al lado, en el hueco que quedaba: no hay contra qué .